Raza y racismo / Yerbamala - LJA Aguascalientes
26/11/2022

Raza y racismo son un problema serio que añadir al amplio catálogo nacional e internacional de asuntos sin resolver. Empezaremos por señalar algunos coloquialismos de uso extendido y frecuente: “avaro como un judío”, “te engañaron como a un chino”, aquello fue una “cena de negros”, eres el “prietito en el arroz”, o bien los clásicos denigratorios reservados a los pueblos indígenas: “nacos, indios, prietos, salvajes”, o como no, uno brutalmente estúpido: “mejorar la raza”. Todos los citados y tantos otros, dicen mucho de una sociedad como la nuestra, edificada sobre la premisa de la supremacía blanca, la diferencia y el privilegio. 

Curiosamente, la cuestión racial afecta, al menos en países como Estados Unidos, a muchas más personas que a los negros (en especial a hispanos o latinos, y muy señaladamente a los mexicanos, pero también a los asiáticos o a los indígenas, entre otros grupos minoritarios). Refería, por ejemplo, un atónito José Vasconcelos en la década de los 40 del siglo pasado: “En los Estados Unidos rechazan a los asiáticos; […] lo hacen porque no les simpatiza el asiático, porque lo desdeñan y serían incapaces de cruzarse con él. Las señoritas de San Francisco se han negado a bailar con oficiales de la marina japonesa, que son hombres tan aseados, inteligentes y, a su manera, tan bellos, como los de cualquiera otra marina del mundo. Sin embargo, ellas jamás comprenderán que un japonés pueda ser bello” (Castañeda, 2020). 

Respecto del lenguaje y sus cargas negativas, siguiendo a Urdanibia (Giz, 2014), baste recordar que Heidegger decía que el lenguaje “es la casa del ser”. Por la misma época, afirmaba Wittgenstein que “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”, o de otro modo: “Allí donde están las fronteras de mi lengua, están los límites de mi mundo”. Luego, decía Barthes que el lenguaje encierra, a pesar de la voluntad del hablante, una importante carga de ideología, pues al fin en el acto de hablar se usan términos cargados por el uso de significados acumulados de una manera inconsciente, sin reparar en lo que encierra su semántica alimentada a lo largo de la historia. 



 

Esto se traduce, por ejemplo, en los abundantes guiños o giros sexistas o machistas que habitualmente se emplean en el lenguaje, y de ahí la importancia de un uso incluyente del mismo, que no es ni puede ser, como muchas y muchos pretenden, una mera decisión lingüística, sino que es eminentemente política. Por ahora me refiero solo al uso del término «raza», para hablar de seres humanos. Así, la palabra “raza” da a entender que dentro de la humanidad hay muchas diferentes, a pesar de que todos los humanos, en la clasificación zoológica, pertenecemos a la “clase” de los mamíferos, al “orden” de los primates, a la “familia” de los homínidos, al “género” homo y a la “especie” sapiens. Ya otras veces, siguiendo a Bendesky y otros, hemos sostenido que alomejor los humanos no somos tan “sapiens” como pretendemos, a la luz de nuestra conducta social e individual cotidiana, pero dejaremos esa discusión, también, para otro mejor momento. Así que en principio y según las ciencias de la vida, entre los seres humanos, sean del color que sean, no hay diferencia mayor que la del aspecto. Por lo tanto, y en palabras de la genética, resulta ilusorio querer establecer “límites o fronteras entre razas que, manifiestamente, son en relación de continuidad las unas con las otras” (Urdanibia, 2014).

Ya desde los tempranos setenta del siglo anterior, se afirmaba con base a la evidencia científica, que la noción de raza humana no tenía fundamento genético alguno. Aun así, sobre todo en el mundo anglosajón, se usa habitualmente la palabra “raza”. Valga el ejemplo de que en las universidades yanquis se enseña aun algo llamado “biología de las razas”… del mismo modo que en otras se presenta como digna de máxima seriedad la narración creacionista, haciendo contrapeso a las teorías evolucionistas de Darwin. Eso sí, tal modernidad se justifica apuntando que: “racial studies need not imply racist conclusions” (los estudios sobre las razas no deben conducir a conclusiones racistas)… Podría añadirse, del mismo modo, que compaginar las enseñanzas de Darwin con unas narraciones fantásticas de siglos antes de nuestra era, no significa agravio alguno, sino: “libertad de enseñanza”. Podemos decir entonces que hablar de “raza” no es un dato espontáneo de la percepción y del conocimiento, sino que es una idea construida a partir de elementos que pueden ser tanto rasgos físicos como costumbres sociales, que pueden ser particularidades tanto de orden lingüístico como jurídicas, y que bautizados como ‘raza’, están reagrupados y homogeneizados bajo el decreto según el cual todas estas cosas son en definitiva fenómenos biológicos” (C. Guillaumin).

En este orden de cosas, las diferencias y el rechazo a los otros vienen de lejos. En lo que hace al racismo original nuestroamericano, basta asomarse a los tiempos de Colón para observar cómo frente a ellos “europeos”, los indígenas a los que “descubrieron” eran diferentes, y por supuesto inferiores. A partir de tal época se inició una taxonomía que diferenciaba y jerarquizaba a los seres de diferentes colores y costumbres. Se iban poniendo así las bases ideológicas para la justificación del colonialismo, la esclavitud, la segregación racial, la pureza de raza, el apartheid y los diferentes genocidios posteriores. 

En lugar destacado de la historia de la barbarie humana, queda el desplazamiento y comercio de unos once millones de personas africanas a las Américas (que se dice fácil, pero que equivale más o menos a la población total de Portugal o de Chile, en la actualidad, por ejemplo) entre los siglos XV y XIX, para ser esclavizados. Y valga recordar que no fue sino hasta la década de los sesenta del siglo pasado, es decir, cien años después del final de la guerra civil, que los negros recibieron el derecho al voto o al libre tránsito en Estados Unidos. Así las cosas, el empeño por distinguir a los humanos en “razas” (cuando de hecho no se trata más que de una cuestión de mero tono de piel) y el empleo de tal término, aunque sea de modo inocente, no conducen más que a seguir –nolens volens– o por fuerza, el camino de los prejuicios y de la distinción entre “los verdaderamente humanos” y los “salvajes”, indudablemente inferiores. 

No es extraño entonces que haya sido la lucha por los derechos civiles en EUA la que por décadas nos lo ha dejado claro: de Rosa Parks a Luther King, de Mohamed Alí a Colin Kapernic, pasando por Malcolm X, Spike Lee o tantas y tantos otros, porque lo cierto es que entre los humanos solo hay una raza, que es la raza humana. Hoy, después del reciente incendio antirracista en más de 50 ciudades de Estados Unidos por múltiples razones de injusticia social evidentes, viene al caso la frase de la académica y activista Angela Davis: “en una sociedad racista no es suficiente con no ser racista, tienes que ser antirracista”.

 


@efpasillas


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