Anne Carson: la sobrecogedora alegría de lo sublime/ Extravíos  - LJA Aguascalientes
24/10/2020


Anne Carson ha sido galardonada este año con el Premio Princesa de Asturias. En esta ocasión se trata de una distinción que engrandece sobre todo a quien la otorga y que tiene la virtud de llamar la atención sobre una obra que ciertamente no es muy conocida no sólo entres quienes no suelen leer poesía sino también entre quienes sí lo hacen. Las razones pueden ser varias y entre ellas quizá una de las de mayor peso sea su extraordinaria y radical singularidad. 

Leer a Carson supone exigencias poco usuales, pero también proporciona retribuciones y gozos también inusuales. Anoto cinco razones personales en torno a ello. 

Uno: la profundidad de su indagación. Todo texto de Carson se propone como un viaje, una incitación a transitar por la superficie y las honduras de, por ejemplo, el deseo, el curso del tiempo, el dolor y el duelo, el encuentro y el desprendimiento del ser amado, la decreación: su poesía siempre es una búsqueda -punzante, disolvente, irónica- de aquello que nos devuelve, así sea fugazmente, una imagen humanizada, inadvertida más intuida, de nosotros mismos. 

Dos: los alcances de su visión. El mundo que recorre ese tránsito está en continua expansión, su paso va disolviendo las fronteras entre lo antiguo y lo moderno, el saber letrado y la sabiduría del día a día (“Sófocles y mi madre -ha dicho Carson- están juntos, uno al lado de la otra. Si es un paisaje continuo en el pensamiento, ¿por qué no debería ser lo mismo en la escritura?”), entre la acotación biográfica filial o conyugal y el examen erudito del amor. Así, Carson ha dado al mundo clásico una contemporaneidad inquietante; ha sabido reunir a Homero con Beckett, a Simónides de Ceos con Paul Celan, a Virginia Woolf con Tucídides; ha aproximado a Keats con el pathos del tango; encontrado a Longino en Antonioni, e imaginado a Kant preguntándose sobre la Monica Vitti de El Eclipse; ha trazado las líneas de convergencia entre Safo, Marguerite Porete y Simone Weil; y, en fin, ha reconocido en la voz de Emily Brontë y de Emily Dickinson su circunstancia más próxima, más íntima. 

Sin evadir nunca la contingencia y el azar, Carson no deja de escudriñar, en asediar lo esencial.

Tres: el ímpetu y fuerza de su lenguaje. Harold Bloom escribió: “Carson es un volcán totalmente activo”. Su poesía, sus ensayos irrumpen como una erupción que abre grietas cognoscitivas, que remueve placas emocionales, su lava se dilata iluminando y dejando ver la luz de la herida, abrasando la piel de la memoria, la dermis del deseo, la membrana de la belleza. 

Sin embargo, la resonancia de esta voz no surge de la estridencia o destemplanza, sino de la justa adecuación de su decir, de la sobriedad y ponderación a la que conduce el reconocimiento de que el lenguaje es la vía para el conocimiento de uno mismo y de los otros, pero también el camino para la decreación del yo, para precipitar la disolución anhelada. Así, en la voz de Carson es posible escuchar la mitigación del dolor, la cavilación sosegada, el anhelo silencioso, el rumor de lo que ya no es o de lo que puede ser. En el núcleo de ello está la dura constatación de que solemos ser, más que testigos involuntarios, los arquitectos de nuestra propia ruina, pero también de que es factible poder aprender a vivir aceptando nuestra perenne condición contradictoria.

Cuatro: la feliz mixtura de la poesía, ópera, ensayo, el comentario erudito, la apostilla biográfica, la escenificación teatral. En Carson encontramos una argamasa de formatos artísticos, de lenguajes, de voces y sonidos, de olores e imágenes, que se resuelve en una textura expresiva única por su intensidad y capacidad para desconcertarnos tanto por su precisión dramática como por su densidad de saberes y experiencias. “Cada libro, ha dicho Carson, es una constelación de escritos que se mueven en torno de un pensamiento central. El movimiento se organiza intuitivamente. Quiero establecer un ritmo de pensamiento y un efecto visual en las páginas: esto afecta el ritmo con el que el pensamiento impacta la mente del lector”.

Perecería que hay aquí también un imperativo lúdico, un gusto por deslizarse por los hallazgos de ese movimiento del pensamiento y la sensibilidad. De este gozo (en el cual el lector se ve invadido), más que de una frívola intención vanguardista, nace y se nutre la mixtura de formatos que hay en la obra de Carson.

Cinco: En Espuma (Ensayo con rapsodia): sobre lo sublime en Longino y Antonioni, Carson cita a Longino donde este describe el júbilo de acceder a lo Sublime: “Tocado por lo verdadero sublime, tu alma se alza naturalmente, se eleva hacía una orgullosa altura, se llena de alegría y vanagloria como si ella misma hubiera creado esta cosa que ha escuchado”. Línea aparte, Carson añade: “Sentir el júbilo de lo Sublime es estar dentro del poder creativo por un momento, compartir algo de la vida extra eléctrica por el hallazgo del artista, desbordarse con él”.

Sentir ese alzamiento del alma, esa alegría de la que habla Longino y compartir algo de esa vida extra eléctrica, es justo lo que nos ofrece la lectura de Carson. Esta nota ha querido sólo ser un modesto testimonio de reconocimiento y agradecimiento por ello.

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