Derribar estatuas, un juicio al pasado – LJA Aguascalientes
21/09/2020


“…Y que se cuiden los iconoclastas. Ya lo advirtió Jean Cocteau: El riesgo de un destructor de estatuas es convertirse en una”

Carlos Monsiváis

 

El movimiento “Black lives matter” inició en 2013 en respuesta a la absolución del capitán Zimmerman, quien un año antes había matado a un joven de color de 17 años, Trayvon Martin, en Florida. En 2014 el movimiento toma nueva fuerza al protestar por la muerte de otro joven de color, Michael Brown, a manos de un policía blanco. Es entonces cuando ya se convierte en una organización que se ha ido extendiendo por Estado Unidos, Reino Unido y Canadá. 

Esta organización tiene como finalidad la de terminar con la supremacía del hombre blanco, así como la agresividad que sufren las comunidades negras por parte de los cuerpos policíacos y del propio gobierno. Esta organización se ha vuelto más presente en los últimos años, pero donde realmente ha adquirido visibilidad es a raíz de la muerte de George Floyd, en Minneapolis, quien fuera asfixiado por un policía blanco que oprimió la rodilla contra su cuello durante más de ocho minutos. 

Este cruel y lamentable acto ha generado protestas no sólo en Estados Unidos, sino también en España, Bélgica, Reino Unido y otros países. Protestas que han incluido vandalismo y destrucción de estatuas de personajes que, a juicio de los manifestantes, han promovido la esclavitud y el racismo, directa o indirectamente. Entre ellas está, inexplicablemente, la de Colón, a quien muchos consideran más un explorador que un conquistador, pero supongo que cuando la masa se exalta, la historia brilla por su ausencia.

Sabemos que los monumentos y las estatuas han sido, desde siempre, una buena manera de imponer la ideología vigente, por ello son la representación de la historia y de los valores de una determinada época. Son mucho más visibles y permanentes que cualquier otra forma de expresión artística, ya que suelen colocarse en lugares privilegiados, como jardines, plazas o grandes avenidas. Las estatuas siempre están presentes, así que destrozarlas es como manifestar una destitución simbólica del poder que las mandó erigir en su momento. 

La historia de la humanidad ha tenido muchos ejemplos de esa destitución simbólica, ejemplos que tuvieron un gran impacto emocional y mediático. ¿Cómo olvidar la destrucción de las estatuas de Lennin, Stalin, Saddam Hussein, Khadafi y hasta del mismo Hugo Chávez? Y si nos alejamos un poco más en el tiempo recordaremos que tal vez el primer destructor de estatuas fuera Moisés, quién no dudó en lanzar las Tablas de la Ley, contra el becerro de oro, que era también una destrucción simbólica de la idolatría. Este pasaje está en el Éxodo, el segundo libro de la Biblia. 

Juzgar una historia, que se dio en un contexto específico, con un pensamiento actual es ingenuo y destruir sus vestigios o quitar personajes de la misma, nos deja sin referentes, buenos y malos, además de que no arregla nuestro presente. Lamentablemente el pasado no se puede borrar y somos lo que somos como producto de ese pasado. 

Sabemos que la historia la escriben los vencedores, pero con estas agresiones a las estatuas de ciertos personajes, pareciera que la quieren reescribir aquellos que se consideran los vencidos y si es así, no estaría mal reflexionar si nuestra sociedad es mejor que la del pasado o si tenemos el suficiente conocimiento y sobre todo la calidad moral para juzgarlo.

Sin embargo, creo que es necesario revisar ciertos hechos y tomar la decisión de remitirlas a las salas silenciosas de un museo, únicamente por el valor artístico que tienen y tenerlas como evidencia de lo que no se debe volver a repetir. No cabe duda de que en la historia de todos los países hay pasajes vergonzosos que fueron inmortalizados en obras de arte, pero que no por ello merecen seguir en su pedestal y ofender con su presencia los espacios públicos. 

Por otro lado, creo también que este fenómeno de destrucción de estatuas está muy ligado a la pérdida de identidad de los países en un mundo globalizado, pero lo atribuyo de una manera especial a la enorme cantidad de migrantes que llegan a países ricos en buscar de una mejora, misma que no logran en la mayoría de los casos. Ellos siguen sintiéndose segregados e injustamente tratados, herederos de aquellos que sufrieron esclavitud, dolor y desprecio. Muchas estatuas nunca habían sido cuestionadas y permanecían incólumes decorando los espacios. Tal vez era necesario que vinieran a hacerlo aquellos que durante siglos tuvieron la rodilla sobre el cuello. 

No obstante, pienso que destruir o mirar tanto hacia atrás nos puede paralizar y dejaremos de ver lo mucho que necesitamos construir. Yo lamento que el tema de racismo y la desigualdad, en el que hay mucho que trabajar, se esté desviando hacia un debate sobre si se deben destruir o no las estatuas. Es tan espectacular el hecho que el objetivo principal se está diluyendo. Me gustaría cerrar mi reflexión con esta magnífica frase sobre la costumbre de mirar al pasado de, Boris Cyrulnik, neurólogo y psiquiatra francés: 

(…) Contemplaba tan a menudo ese grabado, que adquirió para mí un valor moral: eso es lo que ocurre cuando se piensa en el pasado. La sal de nuestras lágrimas nos transforma en estatuas y la vida se detiene. No vuelvas la vista atrás si quieres vivir. ¡Adelante. Adelante! “Sálvate, la vida te espera”. 

 

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