La fábula de la cucaracha populista / Extravíos  - LJA Aguascalientes
26/01/2022

Las décadas recientes han sido pródigas en ofrecernos figuras políticas altamente susceptibles a la autoparodia y la sátira. Más aún, parecería que en muchos de ellos existe un indócil ánimo de ser una versión ridícula de sí mismos. 

Esto es particularmente notorio, aunque no de manera exclusiva, entre los líderes y populistas de varios países. Sea en Estados Unidos, Brasil, México, Inglaterra, Francia, Italia, Hungría o Polonia, el populismo realmente ascendente no ha sido avaro en dotarnos de diversos personajes que, sin duda, sentarían del todo para animar una obra de Swifft, ese gran provocador y “contradicción andante”, para hacer eco a las palabras de Jesús Silva-Herzog Márquez (Por la tangente. De ensayos y ensayistas, Taurus, 2020).

Nada, entonces, se consideraría tan oportuno que recurrir a la sátira para tomarle el pulso a nuestro tiempo. 

Es lo que ha hecho Ian McEwan en su última novela, La cucaracha (Anagrama, traducción de Antonio-Prometeo Moya, 2020), donde, en un acto de inversión kafkiana, una cucaracha, “al despertar de un inquieto sueño”, se ve convertido en un humano, Jim Sams. 

Pero, a diferencia de Gregorio Samsa, Sams no es un simple comerciante de telas, sino el Primer Ministro del Reino Unido. Así, a la inicial extrañeza fisiológica del cambio y mientras se ajusta a su nuevo cuerpo, Sams añade pronto la no menos extraña revelación de que esta transformación no es azarosa ni un mero accidente de la evolución, sino que si tuvo lugar es porque habría que cumplir una misión, porque había un llamado del destino. 

Sams advierte, en efecto, que más allá de su voluntad, “había caído bajo la influencia de una fuerza rectora más grande… (que) se había sometido al espíritu colectivo. Y ahora era un elemento minúsculo de un plan cuya magnitud no podía abarcar ni entender ningún individuo”. 

Con alegría, presidiendo la junta de gabinete de ese mismo día, Sams repara que no está sólo en su misión, que todos sus Ministros, con excepción del de la cartera de Exteriores, son también cucarachas recién vueltas humanos.

Su tarea será recuperar el destino de su país, conformar un verdadero plan de sobrevivencia nacional, así ello signifique, por un lado, el enfrentamiento con las élites insensibles y corruptas y, por el otro, si es necesario, el desanudar los lazos económicos y comerciales con otros países que obstaculizan su soberanía.

La misión será, sin duda, difícil, pero cuentan con el fervor que da el saberse llamados por el destino. “Unidos por la valentía de hierro y la voluntad de triunfar. Inspirados por una idea tan pura y conmovedora como la sangre y la tierra. Impelidos por una meta que se eleva por encima de la mera razón y abarca un sentido místico de la patria, una idea tan sencilla y sencillamente buena y verdadera como la fe religiosa”.

Para echar andar este plan de sobrevivencia, el Primer Ministro y su gabinete asumen el Reversionismo, movimiento que no sólo les ofrece el sentido de trascendencia que requiere toda acción política cuando esta es entendida como una misión de regeneración moral, sino también un programa de acción que es visto como la única ruta para devolverle la grandeza a su país y que este recupere la trayectoria heroica de su historia, una trayectoria interrumpida, secuestrada por el advenimiento de los Avantistas, enemigos corruptos y ya desacreditados de la nación.

El reversionismo parte de una sencilla propuesta económica: “Que el flujo de dinero se revirtiera y todo el sistema económico, incluso la nación, se purificara, se purgara de absurdos, despilfarros e injusticias”. 

Al invertir el flujo de circulación monetaria usual en todo mercad0, el trabajador o empleado deberá ahora pagar a la empresa por el trabajo hecho, cuando los consumidores hagan sus compras, recibirán una paga por parte de los dueños de los establecimientos con base a los artículos adquiridos, los caseros pagarán a los inquilinos por ocupar sus casas, además se prohibirá el ahorro y las tasas de interés habrán de ser negativas, en tanto el Estado distribuirá regalos fiscales. Así, “la economía se incentivará, habrá trabajadores más cualificados, todo el mundo saldrá ganando…el resultado será el pleno empleo”.


En cuanto al comercio exterior se aplicarán las mismas reglas, y si Gran Bretaña estuviera sola en un principio, el éxito de su ejemplo no tardaría en convencer a los demás países de seguir su ruta. Confían en especial que los Estados Unidos los seguirá ya que cuentan con un presidente que al parecer está más que dispuesto a escuchar nuevas propuestas –y entre más alborotadoras, mejor– siempre y cuando no se le interrumpa sus sesiones de Twitter o TV.

Pero, si el resto de los países no se convencen de las bondades del reversionismo, –como parece ser el caso de Alemania según revela el encuentro del Primer Ministro con la Canciller alemana, en el que ésta sólo alcanza a preguntar “¿Por qué hacen esto? ¿Con que fin rompen su país?”– será bajo riesgo.

En todo caso, el Reversionismo en un solo país será motivo de orgullo, la expresión más diáfana de una auténtica soberanía nacional. Es lo que, después de todo y de acuerdo con los grupos focales, las encuestas y las señales de intención de voto, lo que el pueblo quiere. Y el pueblo nunca se equivoca. 

Sams y su equipo tendrán que maniobrar para lograr la aprobación de una ley en el Parlamento para que entre en vigencia estas medidas, y tendrán que decirle al pueblo, con el apoyo de los medios de comunicación y las redes sociales, de que este plan de acción es justo por el que votaron, que no hay ningún otro que exprese de manera tan clara y pulcra sus aspiraciones y necesidades. 

Buena parte de la novela trata de las triquiñuelas de que se vale Sams para llevar a buen término su misión que, según vamos percibiendo, no era, en el fondo, otra que generar un hábitat amigable para la preservación de las cucarachas. Su futuro dependerá de que el reversionismo fomente lo que necesitan para sobrevivir: “la pobreza, la suciedad y la miseria” entre los humanos por medio de “la guerra y el calentamiento global…las jerarquías inamovibles, la concentración de la riqueza, las supersticiones arraigadas, la maledicencia, las divisiones, la falta de confianza en la ciencia, el intelecto, en los extranjeros y en la cooperación social”.

Antes señalé que nada podría ser hoy tan oportuno como acudir a la sátira. Podemos añadir que, al menos en La cucaracha, hay también un evidente oportunismo, es decir cierta disposición por atender de manera urgente, diríase en tiempo real, a los asuntos de actualidad o a lo que, no sin una acusada presunción, podrían llamarse los grandes temas de nuestro tiempo. 

Esto nuevo en McEwan. Si en Sábado (2005) las cavilaciones de Henry Perowne personales y familiares tiene lugar con el telón de fondo del inicio de la guerra de Irak en 2003, en Solar (2011) es el cambio climático lo que aviva la vida de Michael Beard, físico que, para más señales, recibió el Premio Nobel, en tanto en La ley del menor (2015), la abogada Fiona Maye se siente inquirida por el conflicto de valores propios de una sociedad multicultural y, finalmente, en Máquinas como yo (2019), esa suerte de relato contrafactual, la historia de Charlie y Miranda deviene en una reflexión sobre la condición humana a partir de la aparición en sus vidas de Adán, criatura de la primera generación de seres creados por las nupcias de la biología y la inteligencia artificial (No sorprendería que en alguna próxima novela se ocupe de la pandemia que hoy nos fatiga a todos).

Y, si bien no hay nada que recriminar en si por esta sensación de urgencia, hay que reconocer que en ello hay también un riesgo de obsolescencia del cual no siempre se sale bien librado. Hasta ahora, McEwan lo ha hecho con decoro literario, esto es, al decir de Martin Amis, “la concordancia entre estilo y contendí, junto a lograr el peso justo, la armonía.” (El roce del tiempo, Anagrama, traducción Jesús Zulaika, 2019). 

Con todo, y al menos para mí muy personal gusto, creo que lo mejor de la obra de McEwan no se encuentra en esa zona, sino en libros como Primer amor, últimos ritos (1989), Niños en el tiempo (1989), El placer del viajero (1991), Los perros negros (1993), Ámsterdam (1999), Entre las sábanas (2000), Expiación (2002) y Operación dulce (2013).

Siguiendo, entonces, la pista a los dilemas de nuestra actualidad, La cucaracha se presenta como una sátira sobre el Brexit y los populismos que le acompañan. Menos ambiciosa que sus anteriores novelas, de hecho es más bien una nouvelle, La cucaracha es una obra más bien ligera y condescendiente consigo misma y el sentir político de su autor. Y si bien aquí se encuentra la acostumbrada elegancia de McEwan y algunas dosis del humor negro que lo distingue, no se encuentra, sin embargo, la indagatoria punzante, los pasajes inquietantes, el matiz profundo, la inteligencia que nos inquiera y, en ocasiones nos perturba.

En cierto pasaje de sus memorias, Christopher Hitchens (Hitch-22. Memorias, Debate, traducción de Daniel Rodríguez Gascón, 2011), anota que en las novelas Ian McEwan “casi siempre patrullan alguna frontera difícil entre lo especulativo y lo que no se ve y las formas en que vuelve a imponerse la realidad material”. 

Ese es el McEwan que se echa de menos en La cucaracha. Nos ha dicho que el Brexit era una estupidez y sus promotores unos cínicos, pero eso ya lo sabíamos. Demasiado satisfecho con su talante liberal y el tono sentencioso que este ha adquirido recientemente, McEwan lejos de explorar fronteras, de ir por aquello que no se ve, se queda en territorio seguro y no se aventura a ir más allá del gesto malicioso pero inofensivo y del remedo de la elite política, de modo tal que el espejo que pone ante ella apenas si alcanza para hacernos sonreír un poco y cerrar el libro con melancólica resignación.

La cucaracha nunca será el libro del siglo XXI, como se ha dicho de La metamorfosis lo fue del siglo XX, la “cristalizando de sus rasgos más hondos”. El que no podamos contar hoy con fábulas con esa invención tan rica y compleja puede ser también un signo triste del carácter de nuestros días.


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