Las tribulaciones de los maestros en tiempos de pandemia – LJA Aguascalientes
24/09/2020


Con la educación podemos llegar al techo del mundo sin movernos de nuestro escritorio

 Ramiro Manzano Núñez

 

La pandemia del coronavirus, Covid-19, impuso la educación a distancia en todos los niveles educativos, así que de buenas a primeras, nos encontramos dando clases en un nuevo ambiente, desarrollando nuevas metodologías y tratando de sobrevivir a esta modalidad. Así empezó la aventura de dar clases en tiempos de cuarentena.

En educación superior, algunas instituciones permitieron que los maestros únicamente pidieran a los alumnos que les entregaran proyectos y trabajos a través de la plataforma. Otras decidieron que era mejor que los alumnos recibieran las clases a través de una cámara, en tiempo real y respetando el horario que tenían. 

Los problemas no se hicieron esperar. Alumnos que no podían conectarse o que tenían estropeada la cámara; alumnos que en ese tiempo acompañaban a sus padres a cualquier tarea y pretendía escuchar la clase como si de un programa de radio se tratara; alumnos buscaron trabajo, aprovechando que no tenían que ir al campus y pretendían seguir la clase en plena actividad laboral; alumnos que se presentaban ante la cámara en pijama o en la cama abrazando su almohada y papás que olvidaban que sus hijos estaban en otra clase de “salón” y les gritaban que fueran a ayudarlos.

Los primeros días el panorama era desolador y tardaban entre 10 y 15 minutos para conectarse. Después hubo que iniciar una lucha para convencerlos de la necesidad de tomar las clases aseados, vestidos y como si estuvieran en clases. Poco a poco fueron aceptándolo, aunque nunca faltó el que, a última hora, se alisara el pelo para que no se le notara que acababa de levantarse. Otra lucha fue la de que apagaran sus micrófonos y mantuvieran las cámaras encendidas, porque sin previo aviso dejaban de estar en línea.

Los maestros, para ese entonces, ya habíamos dedicado muchas horas a preparar una clase atractiva, con muchos videos y toda la parafernalia necesaria para captar la atención de los estudiantes. A pesar de eso, la atención de algunos era nula, se les podía ver con cabeza inclinada atendiendo seguramente su celular. 

En cuanto a los trabajos que se les encargaba, el panorama tampoco era alentador. No aceptaban repetir lo que estaba mal porque, según ellos: “Hicieron su mejor esfuerzo” o porque “Consideraban que así estaba bien”. El caso es que no llevaban muy bien ni las clases en línea ni las tareas. A los maestros siempre nos quedó la duda de si, con tantas distracciones y tan poco tiempo de clase real, nuestros jóvenes estudiantes habrían aprendido algo. 

Sabemos que los maestros responsables, en tiempos normales, viven con el estrés constante que supone preparar clases, motivar a sus alumnos y lograr que adquieran el conocimiento. No obstante, con esta nueva modalidad, dicho estrés se estaba multiplicando por dos. Buscar materiales adecuados a cada tema y que además sean atractivos y pertinentes a lo que pretende enseñar, no es cosa fácil, a pesar de que en internet hay una gran variedad de ellos. No resulta nada sencillo tampoco competir con las redes sociales y los distractores del hogar con los que la atención de nuestros alumnos se desperdigaba. 

Con esta experiencia cada vez me convenzo más de que la educación a distancia no proporciona el mejor ambiente para el aprendizaje en niños y jóvenes que están en formación, sólo es buena como apoyo. Creo que resulta conveniente y apropiada para los que ya tienen una carrera y quieren seguir estudiando. Sé que no tenemos otra opción mientras dure esta emergencia, pero me preocupa enormemente que los alumnos estén perdiendo ciertos hábitos y que este sea un año muerto en lo que a aprendizaje se refiere. 

También debo reconocer que esta crisis nos está dejando muchos aprendizajes a los maestros y el más importante es el de empezar a ver a las nuevas generaciones con otros ojos. Ya basta de decirles que está bien todo lo que hacen o dicen, ayudémosles a ser críticos y exigentes con ellos mismos. Ayudémosles a entender el valor del esfuerzo, el trabajo bien hecho, la responsabilidad y el compromiso. 

No está bien, ni todo lo que dicen, ni todo lo que hacen y no es correcto que los maestros sigan permitiéndolo para no perder el apelativo de “buena onda” o para no tener que confrontarse con ellos. Tampoco está bien que los padres no les exijan para evitarle el sufrimiento a sus hijos. Estamos formando generaciones emocionalmente frágiles y con poca tolerancia a la frustración, que se quiebran ante cualquier obstáculo. 

La nueva pedagogía de la educación-show, fácil y divertida ha hecho mucho daño y tenemos que reflexionar al respecto y corregir el camino porque, si bien hay que adaptar la metodología a los nuevos tiempos, también hay que prepararlos para la vida. Me encanta la frase del educador y escritor francés, Daniel Pennac cuando dice: “¡Qué pedagogos éramos cuando no estábamos preocupados por la pedagogía!” y cuánta razón tiene.

Esta pandemia nos demostró que, como nunca, hay que fortalecer el espíritu de nuestros niños y jóvenes, extraer lo mejor de ellos mismos y prepararlos realmente para un mundo que ni los consentirá, ni los comprenderá y mucho menos les permitirá una segunda oportunidad. Cada vez hay menos empleos y los pocos que quedarán se destinarán a la gente fuerte y bien preparada.

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