La experiencia y la naturaleza/ El peso de las razones  – LJA Aguascalientes
24/09/2020


Nuestra vida es un cúmulo heterogéneo de experiencias. Quizá lo sea al nivel que Hume lo señalaba, y no seamos los animales humanos otra cosa que un conjunto sin centro de percepciones, razonamientos, expectativas, deseos, recuerdos y poco más. 

La psicología actual ha estudiado con detenimiento la experiencia humana. Estudios hay de sobra, por ejemplo, sobre la manera que tenemos de atender a nuestro entorno. La enorme mayoría del tiempo nuestra atención está centrada y fijada, sea en un objeto y uno de sus aspectos, en un objeto y varios de sus aspectos, o en varios objetos y uno de sus aspectos. Tan es un recurso limitado que nuestra atención resulta incapaz de atender a varios objetos y varios aspectos de ellos. Estas limitaciones también son temporales.

Nuestra capacidad de atender a nuestro entorno no sólo está limitada, sino que se agota en conservar la vida de manera cotidiana o en realizar tareas momentáneas que requieren fijar nuestra atención: cuando caminamos en una calle atendemos a los transeúntes que se cruzan en nuestro camino, cuando cruzamos la calle en no ser arrollados por un vehículo, cuando preparamos el desayuno en que no se quemen los huevos en la sartén, cuando charlamos en comprender las emisiones de nuestra interlocutora. Nuestra experiencia es una forma en ocasiones agotadora de llevar la vida de una manera funcional y segura. Las neurociencias han estudiado la saturación de esta agotadora y necesaria manera de llevar la vida. También han descubierto una posible cura.

Hace unos días releía la Crítica del juicio de Kant, y reparé en sus argumentos en favor de estar en contacto con la naturaleza, los cuales me impresionaron realmente (especialmente en el parágrafo 42). Kant simplemente dice que el interés intelectual en la naturaleza es favorable para la moralidad. Desde las neurociencias, Berman, Jonides y Kaplan concluyen que estar en contacto con la naturaleza tiene beneficios cognitivos. Aquí está el resumen de su interesante artículo: “Comparamos los efectos restauradores sobre el funcionamiento cognitivo de las interacciones con entornos naturales versus urbanos. La teoría de la restauración de la atención (ART) proporciona un análisis de los tipos de entornos que conducen a mejoras en las habilidades de atención dirigida. La naturaleza, que está llena de estímulos intrigantes, capta modestamente la atención de abajo hacia arriba, permitiendo que las habilidades de atención dirigida de arriba hacia abajo tengan la oportunidad de reponerse. A diferencia de los entornos naturales, los entornos urbanos están llenos de estimulación que capta la atención dramáticamente y además requieren atención dirigida (por ejemplo, para evitar ser atropellado por un automóvil), lo que los hace menos reparadores. Presentamos dos experimentos que muestran que caminar en la naturaleza o ver imágenes de la naturaleza pueden mejorar las habilidades de atención dirigida según lo medido con una tarea de dígitos hacia atrás y la Tarea de la red de atención, validando así la teoría de restauración de la atención”.

La contraparte no es menos sorprendente: estar en contacto con el medio ambiente urbano es realmente malo para nuestro cerebro. Jonah Lehrer, un gran divulgador de la ciencia, nos cuenta esta historia: “Me gustaría contarte una historia sobre una rutina de la vida moderna que es realmente mala para tu cerebro. Todos realizan esta actividad, ¡a veces varias veces al día! – y, sin embargo, rara vez nos damos cuenta de las consecuencias (…) ¿Qué es esta actividad peligrosa? (…) la actividad a la que me refiero es caminar por una calle de la ciudad. Cuando las personas caminan por la calle, se ven obligadas a ejercer control cognitivo y atención de arriba hacia abajo, y todo ese esfuerzo mental tiene un efecto temporal en su cerebro. Sólo ten en cuenta todo lo que su cerebro tiene que seguir mientras camina por una calle concurrida. Están las aceras llenas de gente y de peatones distraídos que deben evitarse; los peligrosos cruces peatonales que requieren que el cerebro controle el flujo del tráfico. (El cerebro es una máquina cautelosa, siempre en busca de posibles amenazas). Existe la red urbana confusa, que obliga a las personas a pensar continuamente sobre a dónde van y cómo llegar allí. La razón por la cual estas tareas mentales aparentemente triviales nos dejan agotados es porque explotan uno de los puntos débiles cruciales del cerebro. Una ciudad está tan abarrotada de estímulos que necesitamos redirigir constantemente nuestra atención para que no nos distraigan con cosas irrelevantes, como un letrero de neón intermitente o la conversación por teléfono celular de un pasajero cercano en el autobús. Este tipo de percepción controlada, le estamos diciendo a la mente a qué prestar atención, requiere energía y esfuerzo. La mente es como una supercomputadora poderosa, pero el acto de prestar atención consume gran parte de su poder de procesamiento. Con base en estos datos, sería fácil concluir que debemos evitar la metrópoli, que la calle de la ciudad es un lugar peligroso”.

Lehrer luego trata de poner en la mesa algunos argumentos a favor de las ciudades. Pero estoy claramente convencido de que evitar la metrópoli es lo mejor que en ocasiones podemos hacer por nuestro cerebro y por la salud de nuestras emociones.

 

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