Los amigos de Coca-Cola van por López-Gatell - LJA Aguascalientes
25/10/2020


  • Luego de que el subsecretario de Salud llamara “veneno embotellado” a los refrescos, emisarios de la industria de la comida chatarra retomaron viejas tácticas de ataque de las tabacaleras gringas, en un país donde la obesidad y la diabetes crecen sin control

 

EMEEQUIS/Témoris Grecko 

 

El subsecretario de Salud Hugo López-Gatell tiene abiertos muchos frentes de ataque, un número inusualmente alto para un funcionario de su nivel administrativo. Aunque es también inusual el periodo de crisis por el que el país está pasando, y es inusual que no esté a cargo de dar la cara por el gobierno un servidor público de rango ministerial.

Es el blanco favorito de quienes consideran sinceramente que la pandemia ha sido mal manejada en México, y también de los que desde antes de que empezaran los primeros casos ya trataban de utilizarla como arma contra el presidente López Obrador, entre rivales políticos y medios de comunicación.

Hay un grupo de interés muy poderoso, sin embargo, que resintió agravios de López-Gatell desde el principio de su gestión en Salud, que anticipa que le causará nuevos perjuicios, afectando sus negocios, y que ha jugado un rol importante en atizar la campaña de destrucción de la imagen y la autoridad moral del subsecretario.

 

Siete tácticas insanas

El guión lo inventaron los fabricantes de cigarrillos, en Estados Unidos, y desde entonces lo han seguido otras industrias que dañan la salud de la gente. Lo primero es ocultar la toxicidad de sus productos y desacreditar los estudios que la demuestran. Hoy en día, ya no se pone en duda que los fumadores sufren daños en el sistema respiratorio y pueden provocarse cáncer de pulmón. Pero por décadas, las tabacaleras financiaron organizaciones e institutos con científicos vendidos que producían investigaciones falsas, con las que contradecían a las de verdad, y por mucho tiempo crearon confusión en la opinión pública y en los planificadores de políticas gubernamentales.

Lo que no podían hacer con argumentos, además, lo conseguían con juego sucio: pagaban campañas electorales de diputados y senadores afines, compraban funcionarios y jueces, y lanzaban ofensivas contra los activistas, científicos, políticos y servidores públicos que promovían regulaciones para proteger la salud pública, tratando de destruir su reputación profesional o personal. 

Rob Moodie, de la Universidad de Melbourne, sintetizó estos métodos en un artículo titulado “Las siete tácticas que las industrias insanas usan para erosionar las políticas públicas de salud”: es el guión desarrollado por la industria del tabaco y que siguen al pie de la letra las del alcohol, el petróleo y el gas, las bebidas azucaradas y los comestibles ultraprocesados.

 

Veneno embotellado

En los últimos 30 años, los refrescos y los comestibles chatarra han ocupado las ciudades y gran parte de las zonas rurales de México. Ningún partido político ha logrado tener una presencia territorial tan extensa como la Coca-Cola. Las cadenas de las tiendas llamadas “de conveniencia” (Oxxo, 7 Eleven, Super K y otras) han barrido con los pequeños comercios, y sus anaqueles están saturados de productos industrializados mientras la comida fresca es arrinconada en espacios pequeños, cuando la hay. Y es más cara. Como el agua embotellada, que cuesta más que una Pepsi.

Es más fácil conseguir estas mercancías con exceso de sales, grasas, sodio y, especialmente, azúcar. Y en la medida en que se apoderaron de la superficie nacional, transformando los hábitos de alimentación de la gente, se desataron nuevas epidemias, principalmente de obesidad, diabetes e hipertensión. Los estudios demuestran que las bebidas y comestibles insanos y la falta de ejercicio son los responsables de enfermar a poblaciones en todo el mundo, pero especialmente en México: en obesidad y diabetes, el país supera a Estados Unidos y los demás países de América, y de hecho a todas las regiones del mundo con la única excepción de las islas del Pacífico.

Nada de esto es novedad. Ya en 2016, el entonces secretario de Salud José Narro emitió una declaración de emergencia por las epidemias de obesidad y diabetes. Pero no actuó contra ellas.

El 19 de julio, en un acto en Chiapas (si México es el mayor consumidor de refrescos en el mundo, ese estado es el mayor en el país), López-Gatell declaró: “¿Para qué necesitamos veneno embotellado en los refrescos? ¿Para qué necesitamos comer donas, pastelitos y papitas que además traen la alimentación tóxica?” La industria de las bebidas azucaradas lo acusó de “satanizar” su actividad. El 6 de agosto, el congreso oaxaqueño aprobó prohibir la venta de refrescos y comestibles chatarra a los menores de edad, seguido por el de Tabasco. La Coparmex replicó que la medida “afecta el bienestar de las familias oaxaqueñas”.

Políticos y columnistas acusaron a López-Gatell de ser responsable de decenas de miles de muertes y de querer ocultar el fracaso de la lucha contra la pandemia culpando a Coca-Cola, Pepsi y los refresqueros.


 

Cuando la chatarra mandaba

En 2016, mientras José Narro alertaba de las epidemias de obesidad y diabetes, en lugar de tomar medidas se sumaba a festejos autocelebratorios de Coca-Cola con Enrique Peña Nieto: el 8 de septiembre de ese año acudieron a instalaciones de la empresa a darle las gracias por sus contribuciones al país. Peña Nieto declaró: “Les puedo decir que el presidente la República toma Coca-Cola todos los días”.

Dentro de la Secretaría de Salud, funcionaba el Observatorio Mexicano de Enfermedades No Transmisibles, encargado de evaluar las medidas de protección de la salud pública. Estaba controlado por las industrias de las bebidas azucaradas y los comestibles ultraprocesados, que tenían la mayoría de los asientos con representantes directos o de “organizaciones ciudadanas” que ellos financiaban.

Una de las primeras medidas de López-Gatell, tras tomar posesión, fue disolver el observatorio y terminar con la práctica de acordar los pasos a seguir con los grupos empresariales. Así se determinó reemplazar el etiquetado anterior, que tenía información insuficiente y difícil de entender, por el que está entrando en vigor, simplificado y contundente al indicar si un producto es dañino.

Los críticos repitieron un argumento desgastado por el uso y el abuso: con unas etiquetas no se va resolver el problema de obesidad. Fue lo mismo que dijeron años atrás, cuando se limitó la publicidad dirigida a infantes y también cuando se aprobó un impuesto a los refrescos, y lo repitieron hace unos días con la prohibición en Oaxaca.

 

Transformar el ambiente alimentario

Irónicamente, su problema es que les van a dar la razón: cualquiera de estas medidas, por sí sola, no es suficiente para resolver las epidemias. Por eso hace falta una auténtica transformación de las condiciones que facilitan que nos sigamos enfermando.

El 23 de julio, en la conferencia vespertina sobre Covid, Ruy López Ridaura, director de control de enfermedades, explicó que el proyecto para proteger la salud incluye prevención sanitaria, ejercicio, mejorar las cadenas agroalimentarias para acercar a los productores al consumidor (lo que no les va a encantar a los Oxxos) y cambiar el ambiente alimentario, para que la comida de verdad no sea más cara y difícil de conseguir que los productos chatarra. 

Por eso están enojados con López-Gatell y podemos esperar que los ataques se sigan intensificando. Con el pretexto de la pandemia o cualquier otro.

 

@temoris

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