Recuerdos para los indignados sin memoria/ Sobre hombros de gigantes  – LJA Aguascalientes
24/09/2020


Creo que algo de lo peor que le puede pasar a una columna, es tener que reciclar algo escrito hace tiempo; y no por falta de ideas, sino por darte cuenta que el mensaje emitido sigue sin ser comunicado, y como la sociedad mantiene su rumbo en caída libre, “evolucionando” a su propia destrucción.

Vamos recordando: “en una cacerola con agua fría, se encontraba nadando plácidamente una rana; de repente se enciende un fuego lento bajo la cacerola, y empieza a calentar un poco el agua; la ranita encuentra una temperatura tibia y agradable por lo que sigue nadando alegremente. La temperatura va subiendo, la rana sigue nadando, hasta que ya no es tan agradable el agua, pero la rana no se asusta y sigue ahí. Llega un punto en que el agua está muy caliente, pero la rana está tan débil que no puede hacer nada, por lo que soporta la temperatura. La temperatura aumenta, hasta que la rana simplemente se cocina y muere. Pero si esta misma rana hubiera sido lanzada a la cacerola cuando el agua ya estuviera hirviendo, de un solo movimiento habría saltado afuera del recipiente”.

Si le preguntamos a Olivier Clerc que quiso decir con esta narración, seguramente nos diría que si toleramos las circunstancias que nos rodea e ignoramos lo que pasa, la situación empieza a escapar de la consciencia y nuestra indiferencia nos convierte en víctimas permisivas y cómplices de la violencia. Cuando una calle, una pared, o un puño se manchan de sangre, no hay indignación; pero que no se rayen unas imágenes de los “héroes” inventados por el Estado, porque se pide la crucifixión.

Si es más importante criticar la pinta o raya de unos objetos inertes, que trabajar por verdaderas soluciones para que el país no se manche de sangre, nos enfocamos en buscar quién la pague, en lugar de investigar qué lo ha causado. Es más fácil intimidar y presionar a las personas para que se doblen, desistan, se sometan, callen, y dejen de exigir ser tratadas humanamente. En lugar de buscar el origen del problema, se busca que las y los afectados vivan con emociones depresivas y almas destrozadas en el país inadecuado.

En el 2018, más de 3529 mujeres murieron en países de Latinoamérica, y nuestro país abarcó la mayor cantidad de hechos violentos en 3,580. En México, en los primeros cuatro meses de 2020, 987 mujeres fueron privadas de la vida en forma violenta, y si esas mujeres son indígenas o se encuentran en extrema pobreza o grupos vulnerables, son invisibles. Actualmente un promedio de 10 mujeres son privadas de la vida cada día.

Los feminicidios no solo destrozan vidas de mujeres; cuando la violencia priva de la vida a un ser humano, se mata a un número incontables de seres humanos. Pero nos importa más que se pinten cuadros “históricos”, olvidando que cuando mujeres exigen sus derechos y se manifiestan pacíficamente, las burlas y los memes están a la orden del día. Pero no hay de qué preocuparnos, en el tiempo en que se hicieron las críticas a las manifestantes, murieron aproximadamente 10 mujeres nuevamente. ¿Nos cocinamos o brincamos hacia fuera de la cacerola?

Reitero y vuelvo a reiterar: esta clase de situaciones son radiografías de nuestra sociedad, y nos muestra que estamos ciegos frente a los seres humanos vulnerables, olvidados y tachados por el sólo hecho de ser y estar vivos; y que no es posible que estemos olvidando a las mujeres como seres humanos plenas, que deben respetarse y reconocerse; que la perspectiva de género rechaza los estereotipos sociales que asignan características o roles a partir de las diferencias sexuales; y deben analizarse de todas las visiones, contextos, cuerpos, desarrollo de personalidades y demandas de satisfacción de necesidades de adecuación de las prácticas sociales y jurídicas vigentes en entornos patriarcales, donde se trata en forma diferente a las que deben ser tratados como iguales; que combaten esa discriminación generada por el ejercicio del poder desequilibrante y humillante; que pretende identificar las relaciones sociales desproporcionadas y estructuralmente desiguales, por simples “razones sospechosas” de incapacidad o inseguridad. Y que, tristemente, si la indiferencia fuera disciplina olímpica, los mexicanos nos mantendríamos en años consecutivos ganando la medalla de oro…

Nuestra lucha es por transformar la realidad, y no acomodarnos a ella (Paulo Freire).

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