Todas las palabras del mundo. A propósito de María Moliner / Extravíos  – LJA Aguascalientes
07/10/2020


Diccionario, no eres / tumba, sepulcro, féretro, /

túmulo, mausoleo, / sino preservación, /

fuego escondido, / plantación de rubíes, /

perpetuidad viviente / de la esencia, /

granero del idioma.

Pablo Neruda

 

Como todo adolescente engreído nunca estimé bien a los diccionarios. Les tenía cierta fobia, a la que no era ajena ni la pereza de consultarlos ni al hecho de que, como al mismo Neruda según escribe en su ‘Oda al diccionario’, me “visitó / la suficiencia / y me creí repleto y orondo”.

No fue sino hasta que la lectura llegó a ser uno de mis más felices hábitos que descubrí no sólo cuan simplona era tal arrogancia, sino, sobre todo, el deleite de recorrer sus páginas, de leerlo en búsqueda de definiciones precisas y de encontrar, una y otra vez, matices insospechados, significados misteriosos, y una y mil palabras que hasta entonces ignoraba que existían. 

Así, a la utilísima función de ofrecernos las definiciones de vocablos y voces, el diccionario añade el goce, estético e intelectual, de obsequiarnos cientos de palabras que, si estamos lo suficientemente atentos, habrán de ensanchar poco a poco nuestra comprensión del mundo, los motivos de asombro ante la potestad de las palabras y, desde ahí, ante la dichosa diversidad y complejidad de la vida. Sí, como suele decirse, todo lenguaje es una visión del mundo, el diccionario es una de las ventanas más vastas para apreciarlo.

De acuerdo a Antonio Alatorre (Los 1001 años de la lengua española, FCE-Colmex, 1979) el primer diccionario que se ocupó de establecer la definición o descripción, más que su traducción al latín, de las palabras en español fue el Tesoro de la lengua castellana o española de Sebastián de Covarrubias Orozco en 1611, diccionario que, advierte Gabriel Zaid, (Mil palabras, Debate, 2018), fue el primer diccionario de todas las lenguas europeas. 

El Covarrubias, dice Alatorre, es el primer diccionario “moderno, abundante en detalles, en ejemplos y, aún en información enciclopédica… (y que) se atuvo fundamentalmente a la lengua castellana hablada en sus tiempos y prestando mucha atención a la etimología”.

Cerca de cuatrocientos años después, se tiene una suerte de explosión demográfica en cuanto a la edición de diccionarios. Como advirtiese en 2000, Juan Gustavo Cobo Borda: “(Hoy hay) más de un centenar de libros sobre el uso del español circulando y agotándose, reeditándose y mejorándose. ¿Qué significa todo ello?”

Existen, pues, diccionarios de todo y para todos: desde el que atiende las dudas de los escolares urgidos de concluir una tarea, hasta el que responde los puntillos requerimientos del biólogo especializado en los temas, para muchos de nosotros, más ininteligibles, pasando, desde luego, por aquellos que resuelven las vacilaciones tanto del aprendiz de escritor como del más consumado hombre de letras.

En este contexto, por cierto, y para no extraviarnos en esta tupida flora lexicográfica, es más que atendible la relación de diccionarios recomendables que preparó Zaid, relación en que no podía faltar el fascinante Diccionario de Uso del Español (DUE) de María Moliner. 

El DUE es fascinante, en principio, por sus méritos lexicográficos y literarios, que fueron ponderados con entusiasmo por Gabriel García Márquez: “Moliner escribió…el diccionario más completo, más útil, más acucioso y más divertido de la lengua castellana.” La propia Moliner estaba al tanto del valor de su obra: “Si yo me pongo a pensar que es mi diccionario –apuntó en alguna ocasión– me acomete algo de presunción: es un diccionario único en el mundo”.

Pero, el DUE es también fascinante y aún asombroso por su propia historia, por el modo en que fue concebido, gestándose, madurando y, finalmente, floreciendo en un par de robustos volúmenes de tres kilos y 3, 352 páginas. 

Contra lo que podría pensarse, el DUE no fue producto de una sesudo equipo de filólogos dedicados de tiempo completo a integrarlo, ni fue auspiciado por una institución académica o una fundación privada, ni tampoco gozó de una cuota de generosos y pacientes suscriptores en espera de la obra por venir, ni su autora recibió remuneración o becas por su trabajo, ni se apoyó con un amplio y permanente equipo de asistentes, en fin, la señora Moliner contó para investigar más que sus libros y para escribir y corregir con más equipo que su Olivetti Pluma 22 y un puñado de bolígrafos, instrumentos de trabajo que nos resultan tan lejanos a  la tecnología informática que hoy nos parece indispensable aún para escribir un recado. 


La hechura del DEU es asombrosa porque es el magnificó fruto de una sola persona excepcional que tuvo la suficiente pasión por la lengua y las palabras como para emprender una obra de tal magnitud y ambición en condiciones tales que, para muchos, serían más que suficientes como para inducir al temprano abandono.  

Debemos a Inmaculada de la Fuente el poder conocer en detalle esta historia. En su libro El exilio interior. La vida de María Moliner (Turner, 2018), De la Fuente ofrece un animado y muy afectuoso acercamiento a la vida de Moliner y las diferentes empresas culturales en que estuvo involucrada, en especial su labor en las Misiones Pedagógicas, su trabajo como bibliotecaria y, desde luego, el DUE. 

Nacida en marzo de 1900 en Paniza (Zaragoza), Moliner no tuvo una vida plácida sino que hubo de sobreponerse a varios circunstancias nada fáciles en la familia materna (la nada graciosa huida de su padre del entorno familiar y las consecuentes penurias económicas durante su infancia y adolescencia), en el mundo educativo y laboral (las oportunidades para las mujeres eran, por decir lo menos, escasas), políticas (dado su trabajo en el gobierno republicano, fue sancionada por la depuración en las oficinas públicas con que iniciaron los años sombríos de la dictadura franquista), y, desde luego, de género (la misoginia estaba más que institucionalizada en las prácticas familiares, sociales, económicas, culturales y jurídicas).  

No obstante, Moliner siempre supo sobreponerse a todas estas circunstancias. Nunca aceptó que los muchos obstáculos que se le fueron presentando marcaran el límite de sus horizontes, el alcance de sus posibilidades. La resignación o la autoindulgente victimización nunca estuvieron en sus opciones. Su tenacidad, su renuncia a dejarse vencer por los dificultades, su innata aversión a la mediocridad, y una buena dosis de dignidad personal e intelectual, le llevó a concluir exitosamente sus estudios universitarios, ingresar y desenvolverse con algo más que solvencia en el mundo profesional asociado a la filología y los archivos y la bibliotecología y, cuando fue el momento, a emprender y concluir una empresa intelectual tan ambiciosa y compleja como el DUE.

Detrás de este itinerario había, sin embargo, algo más que firmeza de carácter, o mejor dicho, esa firmeza se nutría de una fe inquebrantable en la cultura y de la convicción de que el progreso sin cultura era un salto al vacío. De esta fe, de esta convicción nació su incansable compromiso por hacer llegar la cultura, sobre todo la del libro, a todas las regiones de su país, reto inmenso toda vez que, como anota De la Fuente, en esos años “44% de los españoles eran analfabetos, tasas que se duplicaban en los pueblos más abandonados”.

Su desempeño en las Misiones Pedagógicas a mediados de los treinta y su impulso a las bibliotecas escolares populares en las zonas rurales en esos mismos años, son un testimonio no sólo de la solidez de sus convicciones, sino también de su capacidad de trabajo, sus aptitudes organizativas y sus dotes persuasivas. En un informe de las actividades realizadas en 1933 asienta que se habían creado 3,151 bibliotecas rurales que fueron visitadas por 198, 450 adultos y 269, 325 niños y niñas. A esos datos añade que, estas Misiones “Constituyen una empresa de justicia social destinada a paliar el abismo inmenso que, en general, separa en nuestro país la ciudad de los centros rurales, y a favorecer una distribución más uniforme de la cultura”.

Para Moliner poner la cultura al alcance de todos no era una meta burocrática o una tarea ornamental: la cultura no era la loca de la casa, sino algo fundamental para la sociedad. En el prólogo al manual que preparó para los encargados de las bibliotecas populares al que tituló Instrucciones para el servicio de las pequeñas biblioteca, manifestó con toda claridad su certeza de que los pueblos demandan cultura ya que estos reconocen que: “(Sin) la cultura no hay posibilidad de liberación efectiva, solo ella ha de dotarles del impulso suficiente para incorporarse a la marcha fatal del progreso humano sin riesgo de ser revolcados…” 

Al respecto creo que vale la pena anotar que esta militancia en favor de la cultura tuvo que ver más con su invocada función civilizatoria y de justicia social que con imperativos partidistas o ideológicos. En alguna ocasión en que se le inquirió sobre su orientación política presentándole un menú de opciones en que apenas había lugar para el comunismo y el liberalismo, Moliner respondió que “nunca me he preocupado de definirme políticamente. Con esta actitud mía decidida y sincera…me libré ya para siempre de situaciones equívocas o ambiguas”.

Es claro que esta despreocupación por tener una identidad política, no significó de ningún modo negligencia cívica. Lejos de ello, como se anotó, Moliner dio muestras inequívocas de la firmeza de su compromiso cívico en su minuciosa y eficaz promoción en favor de las bibliotecas y el libro, en el fomento de la lectura y su tarea de preservar la transparencia y el buen uso de las palabras.

En este sentido el DUE, puede ser visto como la prolongación por otros medios, de esa militancia cultural. Lo comenzó a los 52 años en Madrid donde trabajaba en la Biblioteca de la Escuela de Ingenieros cumpliendo, con su diligencia habitual, tareas que, sin embargo, eran más bien tediosas y muy por debajo de su capacidad, experiencia y expectativas. 

Así, como expresó en una nota autobiográfica redactada en tercera persona para Gredos, la casa editora del DUE gracias en mucho al aval de Dámaso Alonso, “Empezó a sentir lo que puede llamarse la melancolía de la energías no aprovechadas” y, después de no poder concretar su idea de abrir un colegio, “su actividad derivó, sin que ella se diese cuenta que esa derivación tenía una razón profunda, a la redacción de un diccionario que sirviese de ayuda para el uso eficiente de nuestra lengua…y un buen día de febrero de 1952 trazó por primera vez en una cuartilla un esquema del diccionario que quería hacer”.

Esa razón profunda y esquiva tiene que ver con su amor a la cultura y los libros, pero seguramente también a su dilatada experiencia como archivista, docente y bibliotecaria, experiencia que le había llevado a percibir no sólo “lo defectuosamente que se emplean el español incluso personas de formación universitaria”, sino también la imperiosa necesidad de contar con un instrumento que ayudase a corregir tal hecho. Como apunta De la Fuente, más allá de la melancolía, “el Diccionario removía algo ya sembrado”.

Cuando empezó el DUE no era, entonces, una improvisada, tenía tras de sí una amplia trayectoria profesional y un extenso conocimiento en literatura, historia, gramática y filología que Moliner muestra página por página en el diccionario. Aunado a ello estaba la inventiva y vivacidad que imprimía a todo lo que escribía, su notable capacidad de organización y su disciplina y férrea dedicación a una empresa que le demandaba ocupar cada una de sus horas libres que le permitían tanto su obligaciones laborales en la Biblioteca de la Escuela de Ingenieros como el organizar y supervisar las rutinas domésticas en casa. 

La tarea le tomó quince años. La magnitud que adquirió la obra, la minuciosidad obsesiva de su investigación y la excelencia conseguida dejan ver que se trataron de tres lustros de un tenaz trabajo del que hoy todos nos beneficiamos. 

La primera edición se publicó en 1966-1967 y una segunda, con muchos cambios y adicciones, en 1998 y, ya fallecida la autora, una tercera y cuarta en 2007 y 2016 respectivamente. La historia de estas ediciones, sus cambios, correcciones y adiciones, su recepción en principio escéptica y celosa  por parte de los académicos de la lengua que contrastó con el gusto e incluso entusiasmo por parte de los lectores, es también digan de atenderse, pero al final del día, toda ella converge en el consenso de que, como Moliner señaló, se trata de una obra única.

El Diccionario de Uso del Español fue para Moliner la obra de su vida, consagró sus años más fértiles a su paciente y amorosa elaboración. Si Flaubert proclamó “Je suis Madame Bovary”, Moliner podría haber afirmado con igual o mayor contundencia, “Yo soy el Diccionario”.

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