¿Debemos confiar en nuestras mejores teorías científicas?/ El peso de las razones - LJA Aguascalientes
24/10/2021

Existe un viejo debate que involucra a muchas personas en torno a la pregunta que da título a esta columna. Hay quienes opinan que la ciencia sólo ofrece construcciones, igualmente susceptibles de influencias políticas y sociales que otras especulaciones que no son aceptadas por la comunidad científica. Por ello, no son más ni menos dignas de crédito que ellas. Otros opinan que las teorías científicas son más dignas de nuestro crédito que especulaciones de corte no científico, pero sólo aquellas partes o aspectos de ellas que involucran entidades observables: aquellas que percibimos sin ayuda de herramientas, instrumentos o supuestos teóricos que nos permiten evaluar e interpretar los datos y la evidencia

No obstante, por lo general las científicas y los científicos, así como la ciudadanía en general, suelen ser realistas: dan su confianza y piensan que obtienen conocimiento de las afirmaciones científicas. Creen que estas deben interpretarse de manera literal, consideran que las entidades de las que hablan (átomos, partículas subatómicas, agujeros negros…) existen, y piensan que pueden saber cómo es el mundo a partir de ellas. Por lo general, la gente piensa que la ciencia nos da una descripción verdadera y completa del mundo, y que podemos conocerla gracias al trabajo científico.

Esta afirmación suele llamarse “realismo ingenuo” y quizá sólo sea una leyenda. Pocas personas, cuando se detienen a pensarlo un poco, serían tan optimistas con respecto a los logros reales de la ciencia. Por ejemplo, la ciencia cambia, es un hecho, y muchas teorías científicas que en el pasado gozaban de consenso y aceptación han resultado ser falsas. ¿Qué nos dice que nuestras teorías actuales, aceptadas por la mayoría, no son como las pasadas? ¿Qué nos asegura que ahora no estemos en el error como en el pasado?

El debate parte de preguntas sensatas como las anteriores. Desde otra perspectiva, podríamos estar de acuerdo con que las actuales y sofisticadas teorías científicas seguramente son falsas: no obstante, no en su totalidad. Los realistas no ingenuos piensan que, aunque probablemente falsas, nuestras mejores teorías científicas tienen partes y aspectos que seguramente son verdaderos, y que estas partes y aspectos seguirán con el tiempo formando parte de nuestra concepción del cosmos. Si la ciencia no nos brinda toda la verdad y nada más que la verdad, nos aproxima a ella.

Así, un debate tosco e ingenuo se convierte en uno complejo e intrincado. Pues, si lo anterior es cierto, ¿qué partes de nuestras teorías científicas deberían ser dignas de nuestra confianza? ¿Qué entidades de las que nos hablan las y los científicos en verdad existen, y cuáles no son más que suposiciones más o menos justificadas? ¿Qué significa que las teorías científicas sólo nos aproximan a la verdad y no nos la otorgan?

Gran parte del trabajo teórico de quienes reflexionan sobre la ciencia busca responder de manera fina a estos cuestionamientos. Por lo general, se piensa que sólo debemos dar nuestra confianza a las mejores teorías que diseña la ciencia. Pero ¿qué hace a unas mejores que a otras?

Dos criterios suelen ofrecerse para realizar estas precisiones. Se dice que nuestras mejores teorías son aquellas que son maduras y no se cocinan ad hoc. La madurez suele medirse a partir del tiempo que una teoría lleva establecida dentro de una disciplina científica. Que no sean meras construcciones ad hoc suele evaluarse a partir del hecho de que no sólo busquen explicar fenómenos sorprendentes, sino que sean sometidas a escrutinio riguroso. No obstante, ambos criterios son vagos. Con respecto al primero, ¿cuánto tiempo debe sobrevivir una teoría dentro de una disciplina para considerarse madura? Con respecto al segundo, ¿debemos desechar consideraciones explicativas que no tengan capacidad predictiva? Con dependencia a nuestras respuestas, podrían algunos afirmar no sólo que la psicología carece de una teoría firmemente establecida, sino que la disciplina no es científica; o bien, que la biología evolutiva, dado que carece de capacidad predictiva, no es una teoría científica.

Por ello, suele considerarse que nuestras mejores teorías deben evaluarse como tal a partir de su éxito empírico: su capacidad para realizar, por ejemplo, predicciones novedosas y precisas; o explicaciones que tengan mucho mayor poder que sus rivales.

Nunca como antes preguntas sobre el alcance, los límites y las capacidades de la ciencia han sido tan relevantes. En la era de la posverdad requieren reflexión, respuesta y difusión. Una tarea inicial, como en cualquier investigación seria, comienza por plantear de manera adecuada, relevante y significativa las preguntas.

 


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