Notas sobre el triunfo de Biden/ El peso de las razones  - LJA Aguascalientes
31/01/2023

Se sabe, el sistema electoral de nuestro vecino del norte tiene reglas más complicadas que un mal juego de mesa. Desde el martes de la semana pasada quienes observamos con curiosidad e interés la jornada electoral nos embarcamos en un sube y baja emocional. Días antes las encuestadoras daban una victoria tranquila al partido demócrata y hablaban de una gigantesca ola azul. La noche del martes, para sorpresa de todas y todos, Donald Trump resurgía y se empezaba a recordar 2016. Las particularidades de esta elección en medio de una pandemia, la inmensa participación en los comicios de la ciudadanía, el tardío conteo de los votos por correo en algunos estados, entre otras contingencias, hicieron que muchas personas se fuesen a dormir preocupadas la noche del martes por la posible victoria del demagogo.

Fue hasta el sábado que las encuestadoras fueron reivindicadas: la victoria de Joe Biden sería por más de al menos 70 votos electorales, y esto se reflejaría en casi cuatro millones de votos de diferencia en el voto popular. Calmadas las aguas, el sábado algunas televisoras dieron la victoria a Biden y llevaron a Trump a comenzar su esperado raudal de descalificaciones, teorías de la conspiración y acusaciones de fraude electoral. El primer cambio del clima público se dio también en los medios y algunas redes sociales: cortaron la conferencia de prensa de Trump, borraron algunos de sus tweets, y se le empezó a señalar por lo que siempre ha sido: un populista mentiroso. El derecho a la verdad que tiene la ciudadanía fue vuelto a poner en la balanza frente a la libertad de expresión entendida fuera de todo marco evidencial.

En lo que me quiero concentrar en lo que sigue no es en lo que sigue en el proceso anterior a que a Biden tome la presidencia (Biden será el presidente número 46 de los Estados Unidos y las apelaciones a la prudencia no son más que filias ocultas por Trump). Quiero poner el foco en el discurso de la victoria de Biden, en sus conceptos centrales, que no son otra cosa que los inmensos retos que Biden y Harris tendrán que sortear cuando despachen desde la Casa Blanca: unidad, ciencia y verdad.

Unidad. Biden gobernará un país polarizado en extremo. Disponemos del diagnóstico desde hace cuatro años. Trump lo usó para llegar a la presidencia en 2016 y sacó de él un rédito político muy grande. Las y los norteamericanos pertenecen hoy a grupos más antagónicos que se refieren al otro grupo de manera más incivilizada, los polos se vuelven más homogéneos y cada vez son más distantes. Sabemos por las encuestas (las de Gallup son de lo más ilustrativas) que casi la mitad de la población del país vería con malos ojos que sus hijas o hijos tuvieran una relación sentimental con alguien del otro grupo. Frente a esta situación, Biden ha dicho que gobernará para todas y todos sus ciudadanos. Su discurso apeló de manera constante a la unidad y a sanar las heridas de la polarización. Este es su mayor reto, y dudo que lo logre en un periodo (incluso en un par de ellos).

Ciencia. Las y los expertos, durante la administración de Trump, fueron excluidos de los centros vitales de la sociedad. El gobierno de la posverdad y los otros datos ha llegado a su fin. Biden señaló, de entrada, que revivirá el Acuerdo de París, y que reunirá a científicas y científicos para que tomen el mando en la batalla contra la pandemia. Este reto es sencillo a nivel administrativo, y su triunfo ya basta para que las cosas cambien de manera significativa en su país. También será esta una llamada de atención para los populismos anticiencia del mundo entero. Su mayor reto, en este aspecto, consistirá en cambiar la percepción social con respecto a la ciencia y la experticia. Podrá hacerlo quizá en su primer periodo, pero las pulsiones demagógicas no abandonarán ni a su país ni al mundo de manera definitiva.

Verdad. No pasaron ni horas para que el triunfo de Biden repercutiera en una toma de postura de los medios de comunicación. Consideraron, de manera correcta, que no sólo los políticos tienen derecho a expresarse libremente, sino que, debido a una asimetría de posiciones, ellos tienen la responsabilidad de mediar entre dicho derecho y el derecho de la ciudadanía a la verdad. Biden promoverá ese papel de los medios, y el cambio será uno significativo.

Queda un punto que no me gustaría pasar por alto. ¿Por qué Trump no fue vencido con claridad desde un inicio? ¿Por qué dio una oposición mayor de la esperada? Esta particularidad de la contienda electoral norteamericana admite, al menos, tres hipótesis explicativas: (1) la fortaleza y atractivo del populismo, que no han menguado; (2) el fracaso de las políticas de la identidad y la relevancia del tema económico en el electorado; y (3) la gris candidatura del partido demócrata. Sobre estas hipótesis caben algunas precisiones: a) no son excluyentes; b) seguramente todas explican parcialmente el fenómeno; y c) no tienen tampoco el mismo poder explicativo. Por mi parte, y quizá peco de optimismo, creo que la (1) es la menos relevante, y creo que el auge del populismo sí está menguando, aunque no podemos perder de vista sus pulsiones aún presentes en la sociedad. La (2) me parece que es la que está mejor apoyada por la evidencia de la que disponemos (quienes votaron por Trump lo hicieron por razones económicas, y quienes no votaron por él no lo hicieron por razones económicas; en ambos casos en su gran mayoría, según las encuestas). Y (3) me parece una verdad de Perogrullo, pero que carece de suficiente poder explicativo para dar cuenta del fenómeno.

Ha ganado Biden, y no sólo nuestros vecinos, sino el mundo tiene mucho que celebrar. Lo que sigo sin entender es ¿por qué nuestro presidente no ha felicitado al ganador? Quizá eso merezca una reflexión independiente.

 


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