Sebald, la memoria y la política/ El peso de las razones  - LJA Aguascalientes
02/12/2022

El continuo de la obra de Claudia Galindo no puede comprenderse sin hacer una antigua distinción: aquella entre lo político y la política. En ocasiones, para realizarla, se apela a Aristóteles. Suele considerarse que lo político se refiere a la capacidad de los animales humanos para decidir sobre los problemas de la vida en sociedad, y de fundar y alterar la legalidad que rige la convivencia humana. En este sentido, lo político sería una diferencia específica de los animales humanos con respecto a los demás animales. Por el contrario, la política no sería más que la puesta en práctica de la lucha (idealmente reglamentada) por el poder. Esta distinción, así concebida, puede ser puesta en cuestión: por ejemplo, muchos otros animales superiores exhiben comportamientos políticos rudimentarios. No obstante, y por razones heurísticas, conviene mantenerla: lo político es un ámbito tanto de reflexión (como lo son lo moral, lo estético y lo epistémico) como de práctica (en el que los humanos tratan de resolver los conflictos que les competen para su convivencia; llamémoslos “problemas públicos”). Si tenemos dicha distinción en mente no resulta difícil ver un poderoso hilo conductor en la producción académica y científica de Galindo, así como un camino personal que la ha llevado de la ciencia política a la filosofía (incluso en sus credenciales académicas). La obra de Claudia Galindo se ha enfocado en tratar de capturar, tematizar, sistematizar y poner en el centro de la reflexión de su disciplina la negación política de lo político: las distintas formas en las que la lucha por el poder atrofia nuestra construcción de una comunidad saludable. En sus propias palabras: “los fracasos de la política” y “las razones que llevan a que los pactos de convivencia se rompan y sea el mismo Estado el que se vuelque en contra de los ciudadanos”.

No obstante, su obra no sólo tematiza las distintas formas en que la política niega lo político. A Galindo le ha interesado, aún con más pasión, lo que ella llama las distintas “estrategias de sobrevivencia de aquéllos a quienes se les han truncado sus destinos y cuáles han sido las vías para sobrevivir a la persecución, al destierro y, en síntesis, a la invasión del horror emitido siempre desde el poder, hacia la cotidianidad de sus existencias”. Para cumplir su tarea, Galindo ha explorado más de una vez el vínculo entre la memoria y la política. Ella piensa que son dos preguntas las centrales cuando nos detenemos a examinar dicho vínculo: “¿Hay eventos históricos que por su naturaleza traumática son bloqueados para su comprensión y nublan la memoria?, así como, ¿algunos acontecimientos de ruptura afectan los destinos de personas que incluso no estuvieron involucradas directamente en ellos?”.

El camino de Galindo que le ha hecho reparar en estas cuestiones tiene tintes personales que se han definido en su extraordinaria producción académica: ella, a veces de manera directa, y otras de manera indirecta, ha asistido con ojo analítico al fracaso de distintos proyectos para arribar a un mundo justo e igualitario: a través de los ojos de las hijas e hijos de quienes imaginaron utopías y luego fracasaron, incluso de cerca a través de la vida de sus padres. Pero también lo ha hecho haciéndose acompañar de la obra de Hannah Arendt, Walter Benjamin, Thedor Adorno, Winfried Georg Maximilian Sebald, entre otras y otros. Sus elecciones no son casuales: los resultados del Holocausto nazi constituyen un poderoso imaginario occidental para retratar el fracaso de la política (del proyecto moderno en general). Y más: los saldos de la modernidad se exhiben de manera más nítida en los campos de concentración nazi y en la barbarie de la Segunda Guerra Mundial.



 

Pero hay otra razón que explica las filias de Claudia Galindo: es en la obra de Arendt, Benjamin, Adorno y Sebald donde se cuestiona el otrora vínculo privilegiado entre la historia y la política. La historia ha sido usada para justificar a la política. Ha sido un instrumento de legitimación y olvido consciente y selectivo. Por ello Galindo busca dar un giro y poner al centro a la memoria. 

Consciente también de los posibles excesos de la memoria subrayados por Tzvetan Todorov, así como los excesos del olvido promovidos por los vencedores, lo que Galindo desarrolla es lo que Andreas Huyseen llama una “fenomenología del olvido y del recuerdo”. Esta elección contrasta con la vieja concepción de la historia científica, que relegó el testimonio de las víctimas al archivo muerto, y que ha sido en el pasado una gran cómplice del poder. En sus palabras: “El énfasis en la memoria ha permitido una aproximación a niveles de comprensión más profundos y ha dado un giro hacia la historia de las personas, de aquéllos que no fueron incluidos en los grandes relatos. En este sentido, interesa porque da posibilidades, no únicamente de futuro, sino de una probable correlación entre discurso de memoria y derechos humanos”.

En su último libro W.G. Sebald: Memoria, desarraigo y política, editado con elegancia por el equipo de trabajo de la Mtra. Martha Esparza de la Universidad Autónoma de Aguascalientes, y publicado a finales de 2019, Claudia Galindo se hace acompañar en su camino por Sebald, en el que encuentra una lectura crítica de la historia, semejante a la que realizara Walter Benjamin. También encuentra una relación estrecha entre la literatura, la historia y la temporalidad. Pues la memoria, a diferencia de la historia, se construye más a partir de una narrativa (fragmentaria y personalísima) que de una historia sólida, coherente y documentada por los vencedores. No por nada, el diario más prestigioso de Inglaterra, The Guardian, consideró Austerlitz de Sebald como el libro más importante del naciente siglo. Sebald no es un historiador, y eso agrada a Galindo: pues es la narrativa el mejor medio para recuperar las voces de las víctimas y los excluidos de los grandes relatos. En ello no hay nada de ocurrencia: Galindo ha comprendido su tiempo, en el que el Nobel de Literatura fue otorgado en 2015 a Svetlana Aleksiévich, quien como Sebald narra los saldos del fracaso de la política moderna, pero en este caso del proyecto comunista soviético a través de las conmovedoras voces de las y los distintos afectados. También ve en Sebald una crítica a las nociones de patria y poder (tan necesaria en un mundo en el que la migración, otro de los temas predilectos de Galindo, ya no es una excepción sino la regla), una reivindicación de la naturaleza ante un mundo atrofiado por la técnica fuera de cualquier marco que le otorgue sentido, la melancolía del progreso, y lo que a mí siempre me ha atraído más de Sebald: el lenguaje del destierro y la errancia y el vagabundeo como un tema literario y como un asunto incluso iniciático (que también están presentes en uno de mis autores favoritos, Joseph Roth).

Concluyo. La lectura del último libro de Claudia Galindo es, ante todo, provocativa, estimulante y agradable. Nos recuerda que debemos siempre ser escépticos ante la historia oficial. Nos recuerda la importancia de la memoria y su posible papel profiláctico en la política. Realiza un análisis minucioso de la obra de Sebald, para quienes hemos disfrutado y seguimos disfrutando de su lectura. Pone en el centro de la reflexión de su disciplina algunas conexiones que, aunque marginadas en su momento, gozan por fortuna de buena salud en la actualidad. Y, sobre todo, recomiendo no sólo la lectura de su último libro, sino de su obra en conjunto: Claudia Galindo, debido a la indeseable centralización académica en México, no ha sido leída como debiera. Sin duda es una de las pensadoras políticas más agudas de México, y W.G. Sebald: Memoria, desarraigo y política lo reconfirma.

 

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