USA… ¿y ahora qué?/ Extravíos - LJA Aguascalientes
27/05/2022

Las victorias, además de entusiasmo, suelen acompañarse de cierta disonancia cognoscitiva. Esto ocurre no sólo en las justas deportivas, también en las electorales. La celebración justificada arrincona o prefiere olvidar por momento todos los elementos que pudieran explicar no tanto la causa del triunfo sino, sobre todo, los que hubieran llevado a un desenlace diferente, a la derrota.

El riesgo es que ese momento no solo se prolongue de más, sino que se establezca como el horizonte privilegiado de esclarecimiento y de acción en el futuro inmediato.

Las elecciones recientes en los Estados Unidos nos pueden dar un ejemplo. La victoria de Biden sobre Trump puede muy bien abrir las puertas a lo que recientemente Samuel Moyn llamó la “gran evasión”, es decir el pretender dejar atrás “una era de horror y recriminaciones, y abrazar una restauración de los negocios como de costumbre” (“How Trump Won”, NYRB, 9-nov.-2020).

Y, en efecto, entender los resultados electorales como una mera rectificación, como una oportunidad para restituir la normalidad prevaleciente hace cuatro años, es omitir o, al menos subestimar, lo esencial: que la normalidad a la que se quiere volver es aquella que dio un nuevo aliento al estilo paranoide de la política norteamericana –tal como Richard J. Hofstadter la caracterizó a inicios de los sesenta del siglo pasado– estilo sin el que no se entiende la polarización de la vida pública norteamericana y que tuvo como su síntoma más acabado y ominoso los cuatro años de la presidencia de Trump.

Sí, la democracia permite rectificar a la hora de elegir autoridades públicas. Y, sin duda, los electores norteamericanos han dado un gran paso. Pero, eso no es suficiente para conjurar los demonios del autoritarismo o, incluso el, no por indeseable, improbable, retorno de Trump como candidato Republicano a la presidencia en 2024. 

En otras palabras, si los demócratas, los liberales y la misma izquierda norteamericana quieren sinceramente ir más allá de la restauración de una normalidad tan poco venturosa, y orientar sus esfuerzos a recomponer a fondo la sociedad, deberán abandonar, en primera instancia, su autocomplacencia moral y su arrogancia intelectual e ideológica. 

Un buen comienzo sería el escuchar y atender, sin prejuicios y sin condescendencia, lo que están diciendo los 70 millones de ciudadanos que votaron por Trump y, desde luego, también lo que han expresado las minorías mayoritarias que votaron por Biden y a las que posiblemente les debe su triunfo. Es factible que, yendo más allá de la acumulación de resentimientos y agravios, sólo escuchando ese crisol de voces tan diversas como discordantes, se encuentren las esperanzas, anhelos, ideas y propuestas que ayuden a reconstruir los principios de convivencia que hacen posible una sociedad decente, para usar el concepto de Avishai Margalit, donde las instituciones no humillan a las personas sujetas a su autoridad, y una sociedad civilizada donde los ciudadanos no se humillan unos a otros. 

No es posible, ni prudente, volver a ignorar o, peor aún, menospreciar dichas voces: haberlo hecho les costó y a los demócratas la presidencia en 2016, y, más grave aún, al país entero el tener le significó haber tenido entre 2016 y 2020 el peor gobierno en las últimas cuatro o cinco décadas.

Igualmente, será importante redirigir la economía de modo tal que, por un lado, se recupere el terreno perdido en cuanto a crecimiento y empleo y, por el otro se construya una respuesta solvente y eficaz a la desigualdad económica y social, desigualdad que, ya es una verdad de Perogrullo decirlo, está en la raíz del descontento social, el ascenso de la plutocracia y cierto descontento y desconfianza ante el funcionamiento (o disfuncionalidad) de las instituciones democráticas y liberales.


Durante su campaña y el mismo día de la elección, Biden evocó al gran experimento del New Deal rooseveltiano como una fuente de inspiración para reinstaurar una suerte de nuevo acuerdo social de perfil socialdemócrata. 

No es una evocación gratuita o extemporánea ya que, al parecer, entre las opciones más viables de salida a las crisis y contradicciones del capitalismo meritocrático liberal, está la configuración de una versión actualizada del capitalismo socialdemócrata (los conceptos son de Branko Milanovic) que, de acuerdo a la experiencia histórica, es el único arreglo institucional sobre el cual se puede acotar la concentración del ingresos y la riqueza sin obstaculizar el crecimiento, la innovación tecnológica ni la vigencia de los derechos ciudadanos y sociales. O, dicho de otro modo, se trata del acuerdo social con mayores posibilidades de equilibrar el interés público con el interés privado.

Una tercera, y no menos urgente tarea, será recomponer la institucionalidad de la gestión y vida pública del país. Si en algo fue consistente el gobierno de Trump fue en su embestida contra las instituciones democráticas –incluyendo desde la prensa hasta la oficina de censos, pasando por el ejército, el sistema judicial, las agencias de inteligencia, la administración pública, el sistema electoral, los partidos políticos, y la academia, por mencionar las más obvias–, labor que, si bien no fue, afortunadamente, exitosa del todo, si fue lo suficientemente incisiva y virulenta como para lesionarlas. Reconstruir el entramado institucional no es, desde luego, una tarea burocrática administrativa, sino que, si se aprovecha la oportunidad, representa una verdadera operación de ingeniería política para imprimirle una nueva vitalidad y funcionalidad a las instituciones responsables de asegurar la gobernabilidad democrática y liberal del país. 

Avanzar en este camino implicaría, como una externalidad positiva, el erosionar la aceptación de la que ahora gozan la mentira, la posverdad, los prejuicios, la sinrazón; significaría devolverle a la verdad, la argumentación, la empatía y la razón el lugar que les corresponde en la plaza pública.

Se trata, en fin, de una agenda en que las prioridades y acciones de gobierno han de dar un giro de 180 grados no, insisto, para restaurar una normalidad económica, política y social que por años ha mostrado su creciente disfuncionalidad –alta desigualdad, firme plutocracia, aguda división e irritación social–, sino para, más allá del razonable entusiasmo, encaminar al país hacía una ruta de reforma sensata, incluyente, civilizadora. Los ciudadanos americanos, además, no serían los únicos favorecidos de ello.


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