El valor de elegir/ Opciones y decisiones  - LJA Aguascalientes
29/09/2022

Este año 2020, tras el largo aprendizaje a que nos ha sometido la pandemia del covid-19, en realidad SARS-CoV2, nos percatamos cómo ha impactado de manera diferente a grupos diversos de la sociedad; mientras que a unos les ha hecho sonar alertas inevitables y apremiantes, para inculcarles ponerse en acción; a otros les ha causado hastío, cansancio, aburrimiento… que les mueve a dar un portazo en las narices a ese inoportuno virus, para regresar a sus rutinas anteriores, rehuyendo tan molesta irrupción y persistencia cotidiana.

En algunos más es causa profunda de cambio de vida, al haber perdido algún ser querido –cuando no sea centralmente el padre, la madre, un hijo, un hermano, una pareja–. En aquellos más allá les ha mutado seriamente su medio y modo de vida, de manera que han perdido trabajo, empresa, proyecto profesional, escolaridad ya sea inicial o avanzada. Lo cierto es que a nadie del planeta Tierra ha dejado indiferente o intocado; todos los habitantes del mundo hemos sido puestos en la línea del frente, que nos pone cara a cara con la realidad de la enfermedad, la vulnerabilidad de lo vital, la incertidumbre de no saber qué número somos en esa fatídica estadística de infección, recuperación y sobrevivencia o muerte.

En Aguascalientes, junto con los ya 13,583 casos registrados, y 1,438 decesos, al día 15 de diciembre, entre ellos se cuenta el óbito del Obispo Ordinario de nuestro estado. La Diócesis de Aguascalientes confirmó la muerte del obispo José María de la Torre Martín, quien perdió la vida a los 68 años víctima de covid-19 alrededor de las 3 de la tarde de este lunes 14 de diciembre. (Fuente: LJA.MX https://bit.ly/2LNWbQ7) el obispo de Aguascalientes se encontraba intubado en el Hospital Centenario Miguel Hidalgo tras complicaciones por coronavirus. De la Torre Martín fue obispo de Aguascalientes desde el 31 de enero de 2008. (Televisa.News. https://bit.ly/37sl24b).

Queda manifiesto el comunicado episcopal de México. Con gran tristeza y pesar comunicamos como Conferencia Episcopal que nuestro hermano, Mons. José María de la Torre Martín, Obispo de la Diócesis de Aguascalientes, ha sido llamado a la Casa del Padre, el día de hoy. Nos unimos en cercanía a través de la plegaria con su familia, su comunidad diocesana, los sacerdotes, miembros de la vida consagrada y de más fieles a los cuales amó y sirvió como pastor durante su vida. (Conferencia del Episcopado Mexicano, CEM, https://bit.ly/3r6YldQ).

Habida cuenta de todos y cada uno de estos conciudadanos fallecidos, unos más amados que otros, unos más cercanos que otros, unos más alejados de unos que otros, hemos indefectiblemente experimentando la importancia y trascendencia de sentir en nuestra piel el contacto que aquello que siendo “penúltimo”, pareciera que es lo único que importa; y dejara aquello que es “último” para después, en realidad, olvidado, pospuesto.

Cuando, lo que verdaderamente importa en materia de opciones y decisiones –dimensión ética/moral de nuestra vida– es aquello que por naturaleza y dimensión propia es último, es decir final, definitorio, decisivo. Me explico. Muchas cosas hoy nos ocupan y nos preocupan. Digamos, las compras en torno y en preparación de las fiestas navideñas, sean como regalos, prendas, comidas, bebidas, haberes, bienes, servicios. Nos abruman las check-lists que hemos hecho, y sus faltantes nos apremian a salir a las calles de la ciudad para encontrarlos, adquirirlos y así poder tachar lo que ya hemos obtenido. Una satisfacción que sentíamos apremiante.

Hacerlo a como dé lugar o al costo que sea, nos ciega a no ver los riesgos involucrados por contagio del Covid-19 u otro padecimiento estacional, particularmente debido al hacinamiento, del encuentro masivo. Riesgo que no implica sólo nuestra persona, sino a todas aquellas personas con quienes compartimos esta frenética carrera por obtención de lo que juzgamos necesario e infaltable, para los próximos “festejos” navideños y de Año Nuevo. Si lo observamos objetivamente, corremos riesgos concurrentes, no sólo por ocurrencia sino por concurso voluntario y abierto a la exposición vulnerable, de esa misma de la que estamos sensiblemente inermes, disponibles, querámoslo o no. 

Decía, pues, que elegimos como primario aquello que es penúltimo, los insumos perecederos o imperecederos pero que al fin, no son aquellas opciones que por naturaleza y derecho propio sí son últimas: la salud, el bienestar, el buen y pleno funcionamiento físico-psicológico-mental-espiritual, la paz orgánica, la sana convivencia interpersonal, familiar, social, simplemente dicho, la vida. En ética, en Bioética, en Moral, la perspectiva de las elecciones se da y se toma desde la óptica de las realidades últimas, no de las penúltimas.

Así como para el buen funcionamiento de un automóvil o un aparato mecánico o electrónico, o digital como los que tanto usamos y de los que somos tan afectos, debemos observar lógicamente su orden y dinamismo interno bajo el que fueron diseñados, so pena de dañarlos o hacerlos inoperantes. De igual manera, nosotros mismos estamos empacados con una organización interna, que ha sido maravillosamente pensada, diseñada y ejecutada. Misma que de no conocerla, respetarla y obedecerla, nos exponemos a neutralizarla, negándonos a nosotros mismos el buen y pleno funcionamiento de su excepcional hechura y capacidad operativa. 


Éticamente, estamos equipados por centurias de aprendizaje y experimentación de generaciones sucesivas de los llamados “homo sapiens-sapiens”. Para abreviar esos innúmeros experimentos de toma de decisiones éticas, expongo un esquema que ya he desarrollado en anteriores entregas. Sea el siguiente:

1º.- Visto desde lo más alto, observamos dos grandes campos: el campo visible y el campo de lo invisible.

  1. A) Del primero. El objeto de la moral visible lo constituye la conducta, los comportamientos de una persona. Podemos observar el que un individuo sea cortés, de buenas maneras, acomedido, servicial, puntual, responsable, simpático, empático, generoso, etc.; o en su defecto y por el contrario que un tal sea malcriado, impaciente, malhumorado, intemperante, iracundo, agresivo, rencoroso, vengativo, mentiroso, perezoso, etc. 

Todas estas notas visibles, observables, clasificables, sujetas a escrutinio y valoración ya sea positiva o negativa forman un campo fértil para la investigación de las llamadas ciencias de la conducta.

  1. B) Del segundo. Campo o ámbito de lo invisible. Lo constituyen características, cualidades, propiedades inherentes al ser o personalidad de un individuo. Y se puede imaginar como una serie de círculos concéntricos que integran el todo existencial de una persona. 

1) En donde, el círculo concéntrico más exterior –aunque no visible- lo conforman los valores. Cada sujeto debido a su capacidad de percepción y/o concepción de la realidad va integrando un elenco de valores que de alguna manera definen su carácter o sus más sentidas querencias; así tenemos a quien gusta de la “comunicación” como uno de su valores favoritos, otro elige la “honestidad”, aquel más prefiere la “rectitud de pensamiento”, otro más exalta la “solidaridad”; alguien valora más “el espíritu científico”; o no falta quien destaque “la exigencia de justicia”. Y así por todo un elenco de bienes y satisfactores de necesidad inherentes al ser humano. Lo cierto es que, al final, cada quien organiza este gran campo de los valores con base en un orden de prioridades. No basta con acumular valores, hay que asignarles un orden debido, para que tengan sentido y den significado a cada vida humana. 

2) El siguiente círculo concéntrico, ya no epidérmico, sino un poco más profundo que el anterior, lo habitan las actitudes. Estas no son otra cosa que formas permanentes de ser o de actuar. Lo que significa que ya no solamente se aprehende algo como digno de estima y de valoración, sino que se convierte en algo muy semejante a un hábito. Una forma consistente de interactuar con la realidad y con los otros en nuestro entorno. 

Las actitudes han transitado de la esfera de “los valores” a las formas consistentes y coherentes de responder a los requerimientos de nuestro entorno. De manera que, no basta con creer firmemente en la no-discriminación de personas en razón del color de su piel, raza, sexo, lengua o proveniencia social, sino que cada opción de hacer o no hacer se colorea, se matiza bajo la convicción de no excluir a nadie en razón de su ser o circunstancias. Sea hábil o discapacitado, inteligente o ignorante, masculino o femenino, de preferencias sexuales diferentes, o incluso transgénero por decisión personal. A cada cual se le recibe, acepta y valora por lo que es y no por los accidentes aparenciales de su color, su raza, su lengua, su proveniencia de clase, etc.

3) A un grado de profundidad mayor, está el círculo concéntrico de los principios ya sean del conocimiento o de la visión del mundo propia de una ética determinada. Para comenzar están los códigos de lo civil, de lo militar, del fuero ministerial o de representación pública. Cada ámbito o esfera de integración a una función social determina un campo especial, en donde privan determinados principios rectores tanto del conocimiento como del comportamiento ético. Ámbito en cuyas normas, reglas o principios propios inspiran, colorean y dan sentido a un comportamiento especial. Por ello el quebrantamiento de una norma militar puede merecer castigos proporcionales a la gravedad del principio violado o comprometido. Igual sucede con las llamadas “deontologías”, médica, clínica, militar, jurídica, ministerial, judicial, de Inteligencia, magisterial, etc. Este campo interior de la Moral, engloba todo un universo de creencias, valores y actitudes propias de la función social, política o económica de pertenencia. Este es el campo propio de lo que Gramsci designa como “Ética Militante”.

4) Le sigue el núcleo más íntimo de los círculos concéntricos No-Visibles, que constituye la Fe, o tipos de Fe que dicen referencia a una creencia religiosa, propiamente dicha. Dejo a este vuelo y vista de águila, la sensación de que “la moral” es algo más vital, importante y trascendente que una mera contrastación y selección de valores. Lo que va en juego es algo más importante que una modalidad o forma de aparecer ante el mundo, pues se trata de elegir un sentido de vida que dé satisfacción a nuestros más caros anhelos, cariños y amores de fondo. En esta línea, de lo que yo llamaría, de las “cosas finales” es en donde ubico nuestro actual ser y circunstancia frente a las realidades duras y crudas de la Pandemia, ser racional e inteligentemente precavido y cuidadoso, como para no jugarse la salud integral o la vida, en un volado tan efímero como para saltar al vacío de un riesgo mortal, por esas cosas a todas luces “penúltimas”. Y usted, ¿Ya eligió su línea definitoria?

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