Groseros/ Por mis ovarios, bohemias  - LJA Aguascalientes
30/09/2022

Más grosera es la metáfora que sobrevive aún en los cursos de sanidad pública, donde habitualmente se describe la enfermedad como una invasora de la sociedad, y a los esfuerzos por reducir la mortalidad de una determinada enfermedad se los denomina pelea, lucha, guerra.

 

Susan Sontag 

 

Me da una jícama y dos aguacates, por favor. Y en ese momento, el señor que despacha en el puesto del mercado y que no trae cubrebocas, se agacha para estornudar repetidamente, a lo que nos volteamos a ver una señora y yo, y abrimos los ojos como una señal de que ambas compartimos el espanto. Ora sí, ¿qué le voy a dar?, le pregunta el comerciante a la mujer. Oiga, pero mínimo póngase gel, ni cubrebocas trae, lo increpa ella, mientras el hombre hace como que no la oye y acomoda su puesto. No, de veras, señor, póngase gel y su cubrebocas, a lo que el señor la vuelve a ignorar, a ver, dígame qué va a comprar, y yo no puedo más que unirme a la exigencia, indignada por la evidente y grosera forma de ignorar la petición, señor, es que estornudó y así cómo quiere que le compremos algo; si no se pone gel y el cubrebocas nos vamos, ¿eh? voltea a verme la mujer y yo asiento. Pero el señor decide volver a ignorarnos y las dos al mismo tiempo damos la media vuelta, escandalizadas y ofendidas. Pero qué se cree, está loco si piensa que voy a dejar que así me dé las cosas, qué no está viendo. Nos perdemos entre los puestos.

Mientras caminaba a otro local, escuché un pinches viejas en mi mente. Este señor no lo dijo, pero el de días anteriores, sí, cuando yo iba entrando a ese mismo mercado y en la puerta un hombre joven escupió en el suelo a lo que yo le reclamé alterada, óigame, ¿pero qué le pasa, no está viendo la situación o qué? ¡No sea irresponsable!, levanté la voz y recibí un chasquido de lengua y por respuesta un ¿y a usted qué?, seguido de un pinche vieja a lo lejos.

En estos tiempos que siguen siendo de pandemia, ¿quién es el grosero, el que exige las medidas sanitarias o el que no las está cumpliendo? ¿Qué pasaría si a cada persona que nos encontremos en la calle le pedimos que se coloque bien el cubrebocas o que lo use? ¿Cuál va a ser la respuesta del otro si decimos que se aleje un poco de nosotros? Ninguna de estas solicitudes será una invitación al diálogo a la comprensión del otro para que se cuide y nos cuide. Terminaremos siendo unos groseros y ellos también.

Hace unos meses atrás, ya en contingencia, caminaba por el centro de la ciudad cuando vi una mujer que comía coco. La señora escupió el bagazo del coco en su mano y disimuladamente lo tiró al piso. Si bien en temporada precovid el gesto es desagradable, ahora me da horror.

Pero seguimos saliendo. Yo sigo saliendo. Mis pretextos: el mandado, una caminata nocturna cuando ya no hay tanta gente, la visita a casa de mi madre y mi padre, la salida a la tienda por un litro de leche. Al parecer me son inevitables esas salidas. Ahí me encuentro. Pisando los lugares que alguien escupió. Haciendo fila en lugares no esenciales como tiendas de ropa, de accesorios, de comida.


Pero a nadie le gusta ser grosero. Mantenemos las buenas maneras porque qué dirá el otro de nosotros cuando en Liverpool insistamos en que se retire esa señora con su careta ridícula, inservible y transparente para que deje ver su maquillaje impecable o ese señor que se baja el cubrebocas, o aquella familia donde los adultos se cubren la cara pero los niños andan como si nada desplazándose porque pues, son niños, no aguantan, se lo está quite y quite, no se sabe dejar puesto el cubrebocas.

¿Y qué han dicho de mí? Que soy irresponsable y a la vez exagerada. Una mamona. Pinche ridícula, yo que puedo estar en casa, yo que casi no salgo, pero mira toda a la gente que anda afuera, yo que salí, pero no debiste hacerlo, no era necesario. Pinche vieja. Todavía lo escucho. Quién y con qué superioridad moral se pone a dar lecciones de cuidados y seguridad en una pandemia, la primera del siglo XXI, si sale a la tienda por unas papas o va al bar por una cerveza ante la urgente necesidad de escapar del encierro, como una enfermedad que nos está desgastando mentalmente, el encierro; quién que tenga la suficiente consciencia de lo que tocan sus manos, si a cada rato se toca la cara, se rasca los ojos, se lleva cosas a la boca, se acomoda con los dedos el cubrebocas después de haberlos pasado por un pasamanos. ¿Quién?

Claro, claro, es bien fácil renegar de los covidiotas, esos que salen de fiesta y se mezclan con cientos de personas. Es muy fácil reprochar a los que asisten a misa porque no le tienen fe a ese dios al que se le pide que nos libre de todo mal. También nos lamentamos y compadecemos de los que tienen que salir a trabajar porque no les queda de otra, o covid o hambre, pero no es que nosotros contribuyamos mucho a que la pandemia termine, porque cómo es que se ayuda a controlar los contagios si no te encierras a piedra y lodo o vives en una burbuja de plástico como en aquella película de Travolta. Quién es responsable totalmente, pues…

Al parecer, no han sido suficientes las muertes ni desgracias ni tragedias como para entender qué sucede y qué debemos de hacer sociedad y gobierno. ¿Les suena aquello del Ingreso Mínimo Vital?

Hace unos días se filtró el audio, quién sabe si con fines publicitarios, de un Tom Cruise his-té-ri-co que a gritos le reprochaba a dos de sus empleados que no respetaron las medidas sanitarias en el rodaje de una película. No me importa si el actor hizo bien o mal, sino el observar que no hay manera de increpar a los otros a respetar las medidas. Si me vuelvo Tom Cruise y grito, soy una exagerada histérica; si pido las cosas por favor y de buen modo, al señor del puesto de verduras y a la señora de la careta inservible pero el maquillaje intacto les vale un rábano lo que yo les pida.

Y de nuevo, nadie quiere pasar por un culero. Un culero que diga por favor, aléjate o cúbrete el rostro sin que suene ofensivo. Apenas hace unos días en casa de mis padres llegó de visita un amigo de mis hijos sin cubrebocas. ¿Y tu cubrebocas?, lo interrogué. Es que salí rápido de mi casa [a la vuelta de la casa], pues no, no me parece, arriesgas a mis padres un montón al venir así, a lo que sólo vi cómo le cambiaba la cara ante mi reclamo. Pero no lo corrí. Se quedó casi toda la tarde en la sala de casa, sentado en un espacio, casi sin moverse, pero ahí estaba. Nadie lo “invitó” a retirarse. Entonces ¿quién termina siendo el verdadero grosero? ¿Hay manera de entender que es por nuestro bien no estar cerca, no vernos o no salir de casa, sin que eso se vuelva una ofensa, un desprecio, una falta de amor o de cariño o una grosería? Porque hasta hoy mis padres están bien. No quiero pensar en mañana.

¿Cuánto es salir lo menos? Aún no termino de comprar los regalos de Navidad. Necesito ir al cajero por dinero. Al súper por mandado. Quiero pasar Nochebuena con mis padres, los que siguen saliendo por los regalos y por los víveres cubiertos de gel y antibacterial en aerosol.¿Cómo es salir lo menos posible?

¿Hay alguna forma de llevar esta pandemia? ¿Cómo pretendemos aplazar la muerte?

Todos somos unos groseros irresponsables.

 

@negramagallanes


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Tania Magallanes
Tania Magallanes

Jefa de Redacción de LJA. Arma su columna Tres guineas. Fervorosa de lo mundano. Feminista.

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