Paradoja de la tolerancia/ Memoria de espejos rotos  - LJA Aguascalientes
22/05/2024

Mira y admira ¿qué hay en la ciudad? Dicen que es un elefante varado.

Algunos lo llaman el circo mundial, y hay quien acude a diario allí a vomitar

¿No es hoy un día precioso para explosionar?

Run rún – Nacho Vegas

 

Durante la Segunda Guerra Mundial, precisamente a partir del sorprendente ascenso y los atroces horrores del nazismo alemán y del fascismo italiano, el filósofo Karl Popper escribió los dos volúmenes de su obra La sociedad abierta y sus enemigos, que pudo ser publicada hasta 1945 en Estados Unidos. Este libro es un ensayo que busca prever y evitar a los enemigos de la intelectualidad, de la libertad, y de la democracia; así como alertar sobre el cariz totalitario de los movimientos políticos basados en el determinismo histórico, ensayando ideas que van desde Platón hasta Hegel.

El libro inicia con un planteamiento fundamental: “Si queremos que nuestra civilización sobreviva, debemos romper con el hábito de reverenciar a los grandes hombres. Los grandes hombres pueden cometer grandes errores; y, como el libro trata de mostrar, algunos de los más grandes líderes del pasado apoyaron el ataque perenne a la libertad y razón”. Y a partir de ahí se lanza contra los líderes que se autoproclaman como símbolos del pueblo y de la reivindicación histórica, por considerar que el culto a esas personalidades pone en riesgo a las democracias, acerca a las sociedades al totalitarismo, y atenta contra la intelectualidad y las libertades.

A pesar de que la premisa de la obra es vigente en la actualidad, y que puede ser libro de cabecera en el combate a los populismos; una de sus contribuciones más importantes se encuentra en la conocida Paradoja de la Tolerancia. En ésta, Popper advierte que las sociedades abiertas (aquellas que son tolerantes hacia todas las expresiones, sobre todo hacia las expresiones intolerantes) pueden tener en esa tolerancia la semilla de su propia destrucción, dado que permiten a los intolerantes ocupar reductos de poder desde los cuales van a reducir y destruir los marcos de tolerancia ante las expresiones distintas a las de ese grupo.

Me permito una cita larga, ya que la voz del autor es explícita en sí misma. En el volumen 1 de la obra, Popper afirma que “si no nos hallamos preparados para defender una sociedad tolerante contra las tropelías de los intolerantes, el resultado será la destrucción de los tolerantes y, junto como ellos, de la tolerancia. Con este planteamiento no queremos significar, por ejemplo, que siempre debamos impedir la expresión de concepciones filosóficas intolerantes; mientras podamos contrarrestarlas mediante argumentos racionales y mantenerlas en jaque ante la opinión pública. Su prohibición sería, por cierto, poco prudente. Pero debemos reclamar el derecho de prohibirlas, si es necesario por la fuerza, pues bien puede suceder que no estén destinadas a imponérsenos en el plano de los argumentos racionales, sino que, por el contrario, comiencen por acusar a todo razonamiento; así, pueden prohibir a sus adeptos, por ejemplo, que prestan oídos a los razonamientos racionales, acusándolos de engañosos, y que les enseñan a responder a los argumentos mediante el uso de los puños o las armas. Deberemos reclamar entonces, en nombre de la tolerancia, el derecho a no tolerar a los intolerantes. Deberemos exigir que todo movimiento que predique la intolerancia quede al margen de la ley y que se considere criminal cualquier incitación a la intolerancia y a la persecución, de la misma manera que en el caso de la incitación al homicidio, al secuestro o al tráfico de esclavos. Tenemos, por tanto, que reclamar, en el nombre de tolerancia, el derecho a no tolerar la intolerancia”.


De no atender la alerta de Popper, podemos estar cavando la tumba de la democracia, de la civilidad, de la laicidad del estado, y de las libertades. Esto aplica para todo; desde la imposición de políticas fundadas en motivos de credo, hasta el culto a la personalidad de los liderazgos que no permiten la crítica y el cuestionamiento al poder. Y el riesgo es grave, cuando tanto la ciudadanía como sus representantes administrativos, legislativos, electorales y religiosos, son integrados por grupos de personas que no son sólo ignorantes, sino incluso hasta mal intencionadas, al propiciar –por acción u omisión- que los intolerantes ocupen espacios de poder y de decisión sobre los asuntos públicos.

[email protected] | @_alan_santacruz | /alan.santacruz.9


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