Peligroso equívoco electoral/ Opciones y decisiones  - LJA Aguascalientes
29/09/2022

Todo México está emplazado a mirar con atención el horizonte electoral por el que habrá de transcurrir el año 2021, Gracias a la discusión pública que se ha instalado a lo largo y ancho del país sobre candidatos aspirantes, existe un verdadero desafío tanto de imaginación como de voluntad política que nos plantea a todos como ciudadanos electores, algunos considerandos desde los cuales podamos ir acomodando los argumentos diagnósticos que mejor se ajusten a la realidad local de que se trate, por un lado; y por otro lado, las ofertas programáticas específicas de las que se hacen portadores los partidos políticos contendientes; de manera que las visiones de la realidad construidas por cada equipo de campaña habrán de contrastarse entre sí, para probar su correspondiente valor interpretativo acerca del sitio o campo singular en contienda, y desde cuya lectura habrán de diseñar su respectivo modelo y programa de intervención gerencial. Simplemente dicho, se proyectan las alternativas de visión y oferta política que habrán de construir desde los datos duros y reales que cada evolución particular les arroja. 

Obtenida que sea –ante el electorado– esa apreciación subjetiva/grupal de la situación en que se encuentra el ser y el estar del distrito electoral en suerte, se verá sometida a la prueba del ácido que implica ajustar la oferta política que cada equipo contendiente propone como respuesta efectiva para aplicar como solución gerencial de gobierno. Este desde luego es el esquema teórico-práctico que debiera privar en el magno proceso electoral 2021, que siendo de comicios locales e intermedios a una Administración Federal, pareciera o se quiere trastocar como uno de mera naturaleza de Referendum, como aprobatorio o no de la actual gerencia del Presidente de la República. 

Evidentemente, éste es el interés presidencial y de su Movimiento/Partido Morena de trocar la más grande elección simultánea de gobiernos estatales y desde Lo Local municipal sostenida en el país, en una simple opción plebiscitaria aprobatoria de su gestión gubernamental y, por ende y extensión a sus propios candidatos partidistas para los cargos institucionales en juego, a nivel de cada jurisdicción electoral.

De manera que los cargos públicos a elegir, tanto de legisladores de los Congresos Estatales y Cámara de Diputados, como de los colegios de regidores y presidentes municipales, y gobernadores para 15 estados de la república, configuran de por sí un gran mosaico de opciones al servicio público, que no pueden ni deben admitir ser reducidas a un voto plebiscitario por el gobierno central del Estado Mexicano, por más que la voz autoritaria y centralista del presidente Andrés Manuel López Obrador así lo quiera convertir. Con la conveniencia adicional de empoderar y favorecer a candidatos de nivel local que no acreditan ni con su persona ni con la baja densidad social de su partido, representatividad social alguna en esta dimensión regional o extra-Cápite, de la Ciudad de México y el Gobierno Federal, amén de su conurbado Estado de México. Su meta particular es lograr la mayoría absoluta en el Congreso, para continuar en los años sucesivos un mandato centralizado al servicio del proyecto lópezobradorista, que hasta hoy ha probado ser de un país polarizado entre populistas e independientes, que no “conservadores” y “de élites” como se relativiza, y simultáneamente se demoniza.

Es en esta discusión pública que se debate no tan sólo la suerte de un gobierno trastabillante y errático en lo económico y en lo social –debido a la pandemia amenazante del sistema integral de Salud- y la persistente violencia contra la seguridad ciudadana y pública; sino también el supuesto proyecto histórico de 4ª Transformación histórica de la Nación. Por más que refuerce la visión de condena al pasado de corrupción, impunidad, conservadurismo y Neoliberalismo. Cosa de por sí indeseable, pero no aceptable bajo condición de entronizar una patente improductividad administrativa, crisis económica sistémica, todo bajo un mandato unilateral, centralista en un solo hombre y autoritaria, sin respeto alguno a las instituciones jurídicamente consagradas en la República. 

Descendamos a nivel micro, desde Lo Local, y veamos cómo el arreglo institucional hacia el que nos conduce una elección magna como la que habremos de protagonizar, no admite ser reducida a un mero libelo plebiscitario de “a favor” o “en contra” de un proyecto uninominal y centralista, por más que sea de la presidencia de la república. Ese asunto, ese valor supuesto hoy no toca, aquí no aplica, no es ni su injerencia ni su momento.

Resulta evidente que al descender a nivel efectivo de Lo Local, saltan a la vista las contradicciones de primeras, segundas y últimas instancias; desde luego que las hay. Pero, en fuerza de ellas mismas, hay que imaginar y diseñar la planeación y las estrategias electorales necesarias y suficientes como para resolver las inevitables tensiones existentes en nuestros sistemas políticos regionales y locales. 

En Aguascalientes, como en todos y cada uno de los estados de la Unión, la pasada elección federal de 2018, amén del nuevo régimen, dejó como secuela una baraja desconfigurada de partidos políticos –otrora dominantes y regentes–, todos calificados bajo el san Benito de “derrotados moralmente”, para hoy y para siempre jamás… que tienen que vivir de aquí en adelante bajo el ostracismo social de todo México. Cierto, el voto ciudadano mayoritario de México quiso zanjar drásticamente un estado de cosas indeseables prevalecientes como condición inamovible para su futuro. Pero, tampoco, inequívocamente, pretendió entronizar indefinidamente un proyecto absolutista, de centralismo autoritario y despectivo de las instituciones fundacionales del Estado Mexicano por más que pretenda erigirse como un hito incontrastable de su Historia, no importa a qué costo de vidas humanas, fortunas, haciendas, empresas e instituciones “del pasado”, sea. 

Bajo estos considerandos y supuestos, yo opino que es válido articular aquellas estrategias y alianzas partidistas a que haya lugar, a fin de hacernos y, en donde sea necesario, recuperar el poder de gerenciar un proyecto viable de recuperación tanto en lo económico, societal (en el más amplio sentido del término –lo que implicaría el todo de los llamados “programas sociales”–), incluyendo prioritariamente la Educación, la Ciencia y el impulso de la Tecnología; y en la estructuración fundamental de la población, el empleo, el salario remunerador, el trabajo digno, la equidad distributiva y la igualdad en atributos de la Justicia y la Seguridad ciudadana. Estos principios y valores son irrenunciables e inenajenables. Por lo que sumar hoy PAN-PRI-PRD et alii contra Morena y aliados no resulta una opción desechable.


Esa baraja partidista en lo político, desconfigurada por la coyuntura electoral preexistente y triunfante para el actual partido/movimiento en el poder, no puede ni debe asumir quedar “derrotada moralmente” per saecula saeculorum. Por la sencilla razón de que no tenemos, no contamos constitucionalmente ahora con otro sistema de partidos, tampoco la elección pasada fue un referéndum para cancelar la vida pública partidista, excepto la fracción triunfante. 

La derrota infligida sí fue una expresión ciudadana de hartazgo contra actores y grupos coadyuvantes de ostensibles abusos del poder político, y su voz fue inequívoca. Pero, en la praxis política los estadios y situaciones prevalentes son superables y transformables, en ello consiste la esencia de la modelización tanto de instancias como de procedimientos, sujetos todos eso sí al imperio de la Ley, y no al capricho del que arriba coyunturalmente al poder. 

Dicho lo cual, el derecho político de cada ciudadano consiste en poder elegir democráticamente aquella opción que mejor convenga a su desiderátum valoral o axiológico, o alternativa asequible de posibilidad, sin demérito del derecho de los demás a elegir lo propio. Por lo que resulta inaceptable, por un lado, los decretos unilaterales de reducción a una única opción; o, por otro lado, la satanización – bajo invocación totalizadora del pasado- de opciones democráticas viables que representen legítimamente el interés de otra fracción política, así sea minoritaria. 

Con todo lo dicho, no me resta sino recordar que un análisis científico creíble depende de dos vías, al final convergentes, la vía diacrónica (o de la Historia) y la vía sincrónica (o del conocimiento). La primera recurre a la identificación, clasificación y calificación de los fenómenos observados y ocurrentes en el tiempo y en el espacio, que no son otros que los datos duros recogidos sistemáticamente, digamos los hechos, eventos, comportamientos y conductas protagonizadas por los sujetos observados. Para el caso, sean los actores políticos concursantes o contendientes en un proceso electoral, “a través”/diá-Gr., del tiempo. 

La segunda vía, la del conocimiento o sincrónica está en relación a los conceptos, ideas, razonamientos que intentan explicar la realidad en estudio, por naturaleza el conocimiento sucede en lo que se llama un “tiempo intensivo”, es decir ocurre a un tiempo, simultáneamente, (“sün”/con, en-Gr.) como un todo. Podemos decir que es la posibilidad de explicar inteligentemente, de un solo golpe, los fenómenos que ocurren en el devenir del tiempo. Al final, estas dos vías son convergentes, en donde la validez de esta depende de la veracidad y verosimilitud con que explica a aquella, la otra. 

En el caso que analizamos, el juicio emitido como condenación y satanización del adversario no hace otra cosa que absolutizar en el discurso (conocimiento sincrónico), lo que ocurre a través de la historia, y cosificarlo como un fósil en el tiempo pasado; sin darle posibilidad de actuación presente o futura; de ahí su fuga a invocar el ostracismo social, eterno, para su enemigo… derrotado moralmente per saecula, saeculorum.

 

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