La voz de mamá/ La chispa ignorante  - LJA Aguascalientes
14/06/2024

A Teté, mi mamá

Hace poco tiempo comencé a buscar en mi memoria el momento, el hecho o lo que fuera, que causó que me enamorara de la lectura. Hacerlo fue un ejercicio bastante interesante, pues siempre había creído que mi gusto por los libros y la lectura casi había sucedido de manera espontánea, ya que pocas personas en mi familia leen y aunque siempre ha habido libros en mi casa, no recuerdo haberlos hojeado cuando era pequeño.

Enfrentarme a los hechos fue como buscar un libro sobre algún tema en específico en una biblioteca gigantísima, siendo la única información que el libro es azul. Entonces miro los libros azules y reviso si son el libro que busco. Se comienzan a hacer dos pilas: la de los libros que podrían ser y la de los libros que definitivamente no lo son.

Es un ejercicio exhaustivo en muchos sentidos, ya que cuando crees que encontraste el momento, el libro, aparece otro que te hace dudar, y luego, si eso no fuera suficiente, también llega la pregunta ¿y si en realidad no recuerdo bien y sólo me estoy inventando alguna historia para que suene bien el hecho de que me gusta leer?

Debo decir que yo siempre he dicho que soy de la primera generación de Harry Potter, la que literalmente creció con él. Yo lo conocí mientras viví con una tía en Estados Unidos, donde estudié en una escuela pública quinto de primaria y ahí, con la guía de Ms. Curley, mi maestra, encontré muchos libros que me causaron placer al leerlos. Cada día tomaba un libro de la biblioteca del salón y ese mismo día lo leía. Eran libros infantiles y juveniles de pocas páginas y letras grandes. Fue la primera vez que tuve acceso a libros que me llamaban la atención. En ese año leí la mitad de esa pequeña biblioteca que no tenía más de 200 libros. Sí, fue un parteaguas en mi vida y siempre he dicho que si no hubiera vivido esa experiencia gringa mi vida sería otra totalmente diferente. Sin embargo, eso no explicaba por qué, al estar allá, no rechacé los libros cuando estuvieron frente a mí. Algo faltaba, la chispa, el momento en el que comenzó todo, aquel primer encuentro con los libros.

Hace unas semanas, platicando con mi mamá me preguntó algo simple: ¿Te acuerdas de los libros de Disney que les leía cuando eran niños? Al escuchar eso algo hizo clic en mi cabeza. Los libros de la memoria que había hojeado regresaban a su estante y sólo quedaba uno solo que estaba debajo de todos los demás, escondido hasta el fondo de la pila de libros que no había revisado aún y que probablemente no llegaría a mirar ni recordar por lo recóndito que estaba. Ahí estaba la clave de lo que había buscado: la voz de mi mamá leyéndonos unos libros.

En mi memoria estábamos yo, mi hermana y mi mamá leyendo unos libros de Disney, eran libros delgados, de color magenta, con la imagen de la película de Disney del que trataba. El contenido era el resumen de la película en unos pocos enunciados y minutos. 

En mi memoria había dos formas de leer el libro: la primera era acompañados de un cassette magenta también que venía con el libro, sin embargo, lo único que puedo recordar de esas grabaciones es el sonido de unas campanillas que anunciaban el cambio de página; la segunda era mi mamá como cuentacuentos, leyéndonos y modulando su voz para darle personalidad a cada personaje. La memoria no me dice cuántos libros teníamos, sin embargo tengo la seguridad de que no eran más de tres, aunque yo sólo recuerde el de El rey león. Me gustaba mucho la película y el libro y sin importar las veces que viéramos la película en la VHS que teníamos ni cuántas veces leíamos el cuento, no me aburría, lo disfrutaba, y me reía en los mismos pasajes todas las noches, sobre la cama de mi mamá, antes de ir a dormir. 

Nunca supe de dónde sacó mi mamá esos libros que tanto me agradaron, tampoco sé cuál fue el fin que les deparó. Ahora me lo pregunto, pero ni yo ni mi hermana ni mi mamá sabemos la respuesta.


Me maravillé al saber la respuesta. No recordaba ese momento a pesar del ejercicio exhaustivo de intentar recordarlo. Había algo enterrado en la memoria que sin la voz de mi mamá en forma de pregunta, jamás hubiera recordado, porque pareciera que el escuchar la voz de mi mamá leyéndonos la historia resumida de una película infantil no era importante, y no lo era, al menos no conscientemente, pues jamás le di ese valor. Sin embargo, ahora que recuerdo, puedo decir que esa memoria me marcaría la vida. Mi mamá jamás pudo saber que su voz era la chispa ignorante que iluminaría mi gusto por la lectura.


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