Lucila Venegas: Decisiones firmes en la cancha y en la vida - LJA Aguascalientes
25/07/2024

APRO/Beatriz Pereyra

 

Si cuando tenía seis años le hubieran dicho que iba a ser árbitra profesional de futbol, Lucila Venegas no hubiera hecho corajes ni llorado cada vez que su papá y su hermana mayor, Claudia, la arreaban para que fuera a correr al bosque Los Colomos en su natal Guadalajara. Tantos kilómetros acumuló en las piernas y tan buen físico presumía, que 21 años después, en el primer intento, se convirtió en la primera silbante mexicana merecedora de un gafete internacional de la FIFA.

El currículo de Lucila Venegas Montes no da margen a la duda: desde que debutó como profesional en 2008, en el futbol mexicano ha arbitrado 400 partidos en Tercera División, 95 en fuerzas básicas (45 en la Sub-20 y 40 en la Sub-17), 90 en Segunda División, seis en la Liga de Ascenso, uno en la Copa MX y más de 50 en la Liga Femenil.

Es la mejor árbitra de la Confederación de Norteamérica, Centroamérica y el Caribe de Futbol. Ha pitado en los Mundiales femeniles de Canadá 2015 y Francia 2019, así como en otros tres de categorías inferiores, en los Juegos Olímpicos de Río 2016 y en los Panamericanos de Guadalajara 2011.

En medio de la pandemia del covid-19 –que recortó los torneos del futbol local e internacional–, Venegas fue reconocida el pasado noviembre con el Premio Nacional del Deporte 2020, más por su trayectoria que por los nueve partidos arbitrados durante el periodo a considerar.

El destino de esta jalisciense de 39 años quedó marcado desde la cuna. El matrimonio Venegas Montes procreó un varón y siete mujeres, una de las cuales, Claudia, fue diagnosticada en la adolescencia con fiebre reumática. Rosario y Salvador pronto entendieron que el ejercicio era vital en el tratamiento de su hija, así es que no hacían más que cruzar la avenida para llegar al bosque Los Colomos, donde, a fuerza de ímpetu y del aliento de su padre, la niña recuperó la salud y se convirtió en una excelente fondista y medio fondista que ganaba carreras aquí y allá.

“Mi papá le decía ‘la campeona’, eso generaba competencia en mi casa. Yo tenía seis años y escuchaba que sólo a ella le decía así. El deporte estuvo presente desde esa etapa porque a ‘la campeona’ le gustaba. Ella pedía que nos llevaran a correr a otras dos hermanas y a mí; como le gustaba el balet y la gimnasia, también nos metieron a clases y después a natación porque ‘la campeona’ decía que teníamos que aprender. No me gustaba, pero así llegué al deporte. Ahora lo agradezco porque me dio disciplina y carácter”, cuenta Venegas.

Si “la campeona” inspiró a Lucila, su amiga de la universidad, Zorayda Sevilla, fue la que casi a rastras la llevó al arbitraje. Matriculada en la Universidad de Guadalajara, Venegas se integró a la selección de futbol de la escuela. Estudiaba al tiempo que entrenaba todos los días en espera de los partidos del fin de semana para lucir su juego, pero ahí estaba Zorayda endulzándole el oído con que si pagan muy bien, que al fin son puros partidos de niños, tú lee este libro de reglas y cuando te pregunten si ya has arbitrado les dices que sí. Hasta que la convenció.


En 2003, otra vuelta de tuerca de Zorayda Sevilla ajustó el destino de Lucila. La amiga no le dio vida hasta que se inscribieron en el curso que se impartía en la Delegación de Árbitros Profesionales del Futbol, en Guadalajara. Literalmente la obligó a ir. Venegas sabía que sólo la estaba alborotando y que su amiga la abandonaría sin terminar el curso que duraba año y medio. Tal cual ocurrió.

A los cuatro meses Sevilla dejó de ir. Lucila se presentó todos los jueves a las seis de la tarde para escuchar la cátedra de José Manuel Castillo Belmonte, una eminencia del arbitraje, contemporáneo de Arturo Yamasaki. De ese grupo de más de 40 aspirantes, de los cuales seis eran mujeres, sólo ella ingresó al sector profesional.

“Castillo me comentó: ‘Lucy, tú entiendes muy bien el arbitraje; lástima que eres mujer, mi’ja, porque sólo vas a ser asistente’. Entonces le insistí: ‘No, yo quiero ser árbitra’. Y él, neceando además que con mi estatura y yo tratando de decirle que mido 1.60, más que el promedio de la mujer mexicana, y que la estatura no es una habilidad. O sea, además tuve que luchar contra los estereotipos.

“No se cansó de decirme que mis habilidades son para ser asistente. ‘Decide por eso, te irá mejor’, me decía. ‘¿Mejor en qué? Yo quiero ser árbitra’. Eso lo tuve bien definido, me aferré a mi sueño. Me costó mucho trabajo. Ser la persona que lleva el control sobre otros no es fácil, más si estás en un deporte dominado por los varones. Debuté como profesional en la Copa Chivas en abril de 2005, después me tocó ir a la Tercera División a picar piedra, a arbitrar en el futbol varonil.”

Como cualquier árbitro, en Tercera División Lucila Venegas empezó siendo asistente a cambio de 700 pesos. Cuando se convirtió en central, cobraba mil 200 pesos, que en 2006 le parecían una fortuna. Un año después la Comisión de Árbitros la citó en las instalaciones del Centro de Alto Rendimiento de la Federación Mexicana de Futbol, en la Ciudad de México. Participó en un campamento con otras 14 árbitras que llegaron de distintos estados.

Durante los cuatro días de concentración les aplicaron pruebas físicas, practicaron técnicas de cómo hacer recorridos en la cancha y las grabaron en video en una especie de entrevista. A finales de ese año recibió la llamada que le cambió la vida: le pidieron que en enero de 2008 se presentara en las oficinas de la Comisión de Árbitros para recibir el gafete que la acreditaba como árbitra de la FIFA.

“Me fui para atrás. Me sentía en el cielo, pero recibir el gafete fue lo más fácil; lo difícil sería mantenerlo. Ahí es donde sentí que ya avanzaba, que no sólo me quedaría en la Tercera División. Pasaron dos años y no recibí una sola convocatoria internacional. Tenía claro que si para 2010 no me convocaban, hasta ahí llegaría. Justo cuando dije eso, el 8 de marzo me llegó la invitación para ir a mi primera eliminatoria Sub-17 en Costa Rica. Cuando vas a esos torneos ya no eres sólo un nombre en la lista, ya saben quién eres. Ese fue mi gran paso hacia adelante.”

El debut internacional lo recuerda con mucho cariño. Fue un partido de Estados Unidos contra las Islas Caimán, que las gringas dominaron desde el silbatazo inicial. Les clavaron 12 goles a las caribeñas. Venegas define ese encuentro como un partido fácil de llevar que le cambió su perspectiva del futbol. Aprendió cómo dirigirse a las jugadoras, las clases de inglés gratuitas que había tomado años atrás en la vocacional donde daba clases le sirvieron sobremanera. Estaba fascinada con el nivel de las jugadoras estadunidenses, algunas de ellas integran ahora la selección mayor que ganó el Mundial en 2019.

Para entonces Venegas ya pitaba en la Segunda División de México. Ganaba un poco más y tenía mayores responsabilidades. Su debut en esa categoría fue fascinante, con toda su familia en las gradas del pequeño estadio que está adentro del bosque La Primavera, donde el equipo de los Leones Negros de la UdeG jugaba como local. Hasta unos tíos que habían llegado de Estados Unidos asistieron para animarla desde la tribuna. La parentela le aplaudía bien fuerte y la ovacionaban si sacaba una tarjeta amarilla. Ese día la árbitra fue la estrella del partido.

–¿Por qué llegó el arbitraje a tu vida?

–Para controlar mi manera de ser. Como mujer uno cree que puede gritar. Después de años de arbitrarle a los hombres y de que aprendí a hablarles fuerte porque eso me enseñaron: ‘grítales’, entendí que a la gente le gusta que la respetes y que cuando tomas decisiones no estén manchadas por la duda. A la gente no le gusta que te le impongas con prepotencia sino con la verdad. Eso aprendí para el arbitraje y para mi vida. Si tratas a toda la gente con respeto, eso recibirás.


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