Esther: el amor no mata, el amor no duele / Origami  - LJA Aguascalientes
18/10/2021

Esther nació en los últimos años del siglo XIX y su descripción es bastante similar a la de Remedios la Bella, aquella que tenía características sobrenaturales, fuera de este mundo, incluso fuera de Macondo; tan extraordinaria era, que su muerte no podía ser diferente: levitando; nuestra Esther era así, siempre rodeada de un halo de pureza que la acercaba mucho a la santidad, dedicada en cuerpo y alma a sus labores para las que “la vida y la naturaleza” le llamaron: ama de casa, esposa y madre abnegada, una mujer de sus tiempos de la que se conserva intacto el recuerdo porque incluso, su santidad llegó a los límites de que cuando exhumaron su cuerpo varios años después de ser inhumada, para el acomodo de la tumba familiar, este se encontraba incorrupto.

Esther fundó una estirpe que la honra desde la memoria, porque pocos sobreviven de quienes la pudieron conocer, se le recuerda como una muy buena mujer, casi una santa; de ella hay también una historia poco contada, que bien puede ser solo una leyenda porque para este momento, todo lo que se sabe es “de oídas”. La historia de la muerte de Esther, como un hecho prematuro, ocurrió dejando a sus hijos en la orfandad de madre y a su marido como un viudo codiciado en unas circunstancias extrañas, ella estaba sana, era joven y no sufrió ninguna clase de accidente; murió por tener exposición a una sustancia denominada disolfuro.

Las actividades económicas de la familia dependían de la atención de un negocio, en que entre otras cosas se vendían productos químicos para abatir plagas, por lo que se conocía perfectamente la peligrosidad de la sustancia y la manera correcta de manejarla, sin embargo, al rompérsele un recipiente, Esther, apresuradamente recogió de manera directa la sustancia, para que el error en que había incurrido, el desorden que se había provocado y la merma que esto causaba, no dejara huella; la consecuencia inmediata fue su muerte.

¿Por qué lo hizo si sabía lo amenazante del químico?, ¿por qué arriesgar su integridad con algo que sabía que la colocaba en peligro? La respuesta oficial no existe, pudo ser por impericia, por un error o también pudo ser por miedo. ¿Miedo a qué, a quién? A las estructuras sociales y familiares que disponen todo aquello que la mujer debe hacer y ser, miedo a decepcionar las expectativas de habilidades que se supone debe tener una perfecta compañera.

México es un país en que no sólo es garantía de discriminación en diversos ámbitos el nacer mujer, es también un sitio peligrosísimo serlo; las cifras de violencia física, de feminicidios, de violencias psicológicas, vicarias, patrimoniales, económicas o sexuales podrían equipararse al número de mujeres registradas por el Inegi en sus censos. Desafortunadamente, la mayoría queda oculta en la justificación del deber ser, en el pudor y en la imposición a nosotras mismas de esos sacrificios que se deben hacer por el bien de los demás.

Las exigencias que como mujeres son mandadas desde el día en que nacemos por la determinación cromosómica, van mucho, pero mucho más allá del color de la ropa; marcarán las posibilidades de vida y de derechos, el pleno desarrollo de su personalidad, la exposición a los diversos tipos de violencia; el destino en general. La abnegación se ha erigido como un componente casi indispensable en “una buena mujer”, el dejar relegadas, o (como en este caso) negadas, las propias necesidades, gustos y pasiones por complacer las de los demás suele tener el reconocimiento de virtuosa en quien lo hace.

Esos sacrificios son exigidos a las mujeres en sus diferentes estadíos de la vida, hay que sacrificarse por los hermanos, por los padres, por el marido, por los hijos, siempre habrá un quién y un por qué haya que sacrificarse y por supuesto, siempre quedarán más parcelas sacrificables: el tiempo, la comodidad, el espacio, los gustos, el dinero, la vocación, la pasión, la integridad física, ya sea en la salud o en la vida. 

Eludir la condición de inmolación que socialmente les es reconocida como propia a las mujeres, es una tarea casi imposible, solo hay que recordar que desde los pocos días posteriores al nacimiento, se cercenan los lóbulos auriculares para el marcaje de las niñas con aretes y estos actos se constituyen en una sucesión de puntos que no cesan hasta el último día de vida las mujeres, con diversas muestras del poder patriarcal, algunas tan sistematizadas que incluso son vigentes en ordenamientos legales.

La romantización que se hace de estos sacrificios hace aún más complejo erradicarlos; el imaginario colectivo visualiza en la tragedia y el sufrimiento que estos actos traen consigo, una muestra de “amor verdadero” que lo único que ocasiona en realidad, es la justificación sistemática de la imposición del poder patriarcal, el sostenimiento del status quo y por supuesto la impunidad. Ni Esther, ni ninguna otra mujer debe seguir muriendo física o espiritualmente por negarse a sí misma por que ¡no, el amor no se demuestra sacrificándose, el amor no duele, el amor no lastima, el amor no mata!

 

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