A 11 años de su partida, te contamos cómo el mundo indígena transfiguró a Carlos Montemayor - LJA Aguascalientes
20/10/2021

 

APRO/Leonel Durán Solís

 

A 11 años de la partida del escritor, poeta y traductor chihuahuense, y en el 50 aniversario del Premio Xavier Villaurrutia por su libro de relatos Las llaves de Urgell, el connotado antropólogo e investigador del INAH, exdirector del ahora llamado Museo Nacional de las Culturas del Mundo, despliega en este trabajo para Proceso una historia desconocida de la cual fue testigo: el giro de 180 grados que el autor de Muerte en el paraíso –tras su incursión inicial en la cultura greco-latina– dio hacia la literatura en lenguas indígenas de México.

A toda la familia de Carlos Montemayor 

y a Susana de la Garza, su esposa.

La obra creativa de Carlos Montemayor (Parral, 1947) es inmensa y notable en todos los campos que aborda: poesía, cuento, novela, crónica, ensayos y traducciones literarias. Toda su obra seguirá cautivando a sus innumerables lectores, críticos de diversas universidades del mundo y de México. Asimismo, por sus libros publicados en varios idiomas en el extranjero. También, por sus traducciones literarias de poetas en otros idiomas, como la obra completa de Safo y de los poetas griegos contemporáneos.

Pero por si fuera poco, a todo lo anterior se agrega su enorme tarea en el resurgimiento de la literatura en lenguas indígenas de nuestro país.

¿Cómo llegó Carlos Montemayor, helenista, latinista, humanista, políglota y poeta al mundo diverso de las culturas indígenas de México?

La respuesta está en su libro Encuentros en Oaxaca, que es un parteaguas en la vida de Carlos. Para mí, conociendo al poeta, simbólicamente Carlos asciende a una montaña, la más alta de Oaxaca, desde la cual su mirada pudo abarcar un territorio más amplio, y de la montaña desciende más fuerte y enriquecido, no sólo para sus creaciones literarias. Desde esa altura descubre nuevos horizontes, otras vetas y yacimientos. Así lo narra. En la lectura de su libro Encuentros en Oaxaca (Editorial Aldus; México, 1995), me llama la atención que parece escapar a las referencias bibliográficas y los comentarios a sus obras publicadas. En esta obra, Carlos narra su experiencia de extraordinarias consecuencias para su vida. Lo anota en su currículum: “se trata de mi primer encuentro personal hacia 1980 con el mundo indígena”.


Para el poeta Natalio Hernández, escritor nahua de muchos merecimientos, Encuentros en Oaxaca es un hito en la vida creativa de Carlos Montemayor. Pienso en el poeta Carlos que admira la literatura china de la dinastía Tang, como su ascenso a la montaña en el poema de Li Po:

Amo la montaña T’ong-Koan. 

Es mi alegría.

Mil años ahí permanecería, sin pensar 

en el retorno.

Yo desearía danzar agitando mis mangas.

¡Y rozar de un solo golpe las cimas de 

los pinos! 

Y allí, en el monte mayor, Carlos escucha la respuesta de la montaña, donde él, como Li Po, “sin responder, sonríe con el corazón en paz”:

En esa montaña fue la transfiguración de Carlos, resultado de sus reflexiones y de la ampliación de su conciencia, y de nuevos encuentros todos ellos sumergidos en la corriente de un río nada tranquilo, de reflejos diversos, utópicos y románticos.

En 1980, Carlos Montemayor fue invitado por la Dirección General de Culturas Populares (DGCP) de la SEP a explorar áreas indígenas en trabajos de campo, partiendo de una disyuntiva: ¿Sería posible el encuentro de dos poetas, a la mitad de un puente, nacidos en contextos culturales y de idiomas diferentes con un idioma compartido –el castellano–? El poeta nacido indígena con un limitado desarrollo escolar, en el mejor de los casos al nivel de secundaria, y el otro, el maestro universitario, también poeta, escritor de diversos géneros literarios y traductor de varios idiomas. Lo común en ambos era que habían nacido poetas. ¿Sería posible construir un diálogo entre ellos? El maestro debía darle al poeta indígena instrumentos y capacitación para desarrollarlo como escritor, respetando su visión y cultura, sin llevarlo a las modalidades e intereses literarios del maestro.

Se invitaba a Carlos Montemayor a resolver ese dilema. A él le pareció muy interesante el planteamiento y afirmó que no había en América un proyecto semejante. Pero respondió que no podría comprometerse a causa de otro compromiso ya adquirido de gran importancia para el escritor: había sido nombrado consejero cultural de la embajada de México en Grecia, oportunidad extraordinaria ya que eso le permitiría estudiar más la poesía arcaica de la cultura griega.

Entonces, se le propuso sólo explorar la iniciativa en trabajo de campo y que tal vez alguno de sus discípulos pudiera tomarla y desarrollar el proyecto con los promotores culturales de varias etnias. La propuesta a Carlos se relacionaba con el modelo de operación de la DGCP, denominado “la Quíntuple Recuperación Cultural”, construido inductivamente a partir de los diversos trabajos en diferentes regiones del país, que eran: Las recuperaciones de la palabra, del pensamiento histórico, de los conocimientos tradicionales, de los espacios físicos, sociales, y simbólicos y de sus identidades.

Llama la atención que Encuentros en Oaxaca sea un libro que parece escaparse a las referencias bibliográficas y comentarios de sus obras publicadas. Casi no se habla ni se menciona este libro, que narra el primer encuentro de Carlos Montemayor con el mundo indígena en una experiencia de extraordinarias consecuencias para su vida.

Encuentros en Oaxaca no es una novela, ensayo o relato de un viaje. Más bien es el equivalente de un “diario de campo”, de gran amenidad, a partir del cual construye su acercamiento y su mirada al mundo indígena, complejo y diverso. En su inicio, describe también el mundo de trabajo de un grupo de investigadores: antropólogos, lingüistas y de otras profesiones, que integraban el cuerpo interdisciplinario de investigadores de la URCP (Unidad Regional de Culturas Populares) de Oaxaca, y por los jóvenes promotores culturales en capacitación zapotecos, mixes y chinantecos.

Ambos grupos lo tratan con distancia y no entienden el propósito de su viaje. El director de la unidad le expresa: “Los indígenas desconfían porque muchos llegan a trabajar con ellos, pero al final trabajan sobre ellos. Debes ser muy sincero al exponer tus objetivos para que decidan si aceptan o no” (…) “Dales crédito como colaboradores y rinde un informe de los adelantos para que aquellos los muestren en sus comunidades”.

Carlos comenta que no hablará de indígenas, sino de los nombres propios de cada persona: “Pedro Pérez o Juan Martínez, en tanto que se refiera a sus experiencias personales como escritores.”

El antropólogo director de la Unidad de Campo también le dice que “la actitud de los antropólogos proviene del carácter colonizador de la disciplina; que no ven a individuos concretos sino a especies” (…) y “cuando los aceptan como individuos los llaman ‘informantes’.” También le dice que “no se ha organizado para ellos un taller literario, porque temo que sea una aculturación de efectos negativos (…) no debe introducirse la escritura en las comunidades porque se provocará la extinción de los idiomas indígenas.” Así, quedan establecidos los dos campos: uno en la visión de profesionales académicos y promotores. Y el otro, el del poeta y escritor.

En su libro Encuentros en Oaxaca, narra su presentación a los promotores culturales: “Comienzo a decirles que soy poeta y que estudio una poesía que durante muchos siglos se conservó sin que nadie la escribiera. Que la palabra literatura en realidad alude a la belleza de los cuentos o los poemas, y que no debemos llamar sólo así a lo que está escrito”.

Uno de los promotores culturales le pregunta: “¿Cuáles son los objetivos de su proyecto?”. Carlos le responde: “Comprender el valor que tiene la poesía y los relatos de las comunidades indígenas. ­Reuniré en un libro las experiencias que tenga en varias comunidades”. Se da cuenta que, en el encuentro de investigadores y promotores culturales, existe un principio de desconfianza, tanto de unos como de los otros. Por ello, el promotor que le pregunta sobre los objetivos del proyecto, no entiende para qué lo que se propone Carlos, y le dice: “yo ya hice el libro: una recopilación de poemas y relatos en zapoteco, y hace años que lo tienen archivado en las oficinas de México. Ahora tiene usted la misma idea, y su libro sí van a publicarlo y el mío seguirá archivado”.

Es evidente que existe una atmósfera de desconfianza. El promotor identifica a Carlos Montemayor como uno de los consentidos del gobierno al que sí le publicarán su libro. Carlos responde: “Yo no trabajo en el gobierno, no tengo que ver con las oficinas de ningún gobierno. Yo estoy aquí para conocerlos porque me interesa saber qué piensan sobre la literatura las personas que se dedican a eso, y nada más”.

Carlos escribe en su libro: “Siento que surtió efecto aclarar que yo no soy del gobierno. Pero no sólo los promotores, sino también y quizás más rápidamente, entre el grupo de lingüistas y antropólogos”. Se abren así nuevas posibilidades para dialogar.

En otra sesión, cuando están presentes todos, Carlos pide al equipo de investigadores que cedan las sillas a los indígenas y que ellos se sienten en el suelo o en los bordes de la ventana, y se abren más diálogos. Capturo algunos fragmentos que dan idea del Encuentro…, y de las dificultades del inicio. En algún momento Carlos Montemayor ve sonrisas en los rostros de los participantes y surge en él la sensación de que estaba atravesando por un doble examen: el de los indígenas y el de los antropólogos lingüistas.

Otros promotores le dicen: “… habemos algunos interesados en esto de la poesía (…) hemos pedido que nos den algo así como un curso, que nos enseñen cómo es un poema, qué requisitos deben tener…”. Es la opinión de siete promotores que trabajan en la recopilación de relatos. Y Carlos les dice: “Repito que en la vieja literatura griega no había diferencia entre los poemas que sólo se decían y los poemas que se cantaban con flauta o se bailaba con otros instrumentos y coros…”.

No obstante, otro promotor le comenta: “Pero a usted sólo le preocupa el aspecto estético y a nosotros no. Somos pueblos muy oprimidos, muy lastimados (…) Siempre hablan de nosotros otras personas y no nos dejan hacerlo nosotros. Por eso mis traducciones son muy literales, para que se sienta cuál es el orden en que se van diciendo las cosas en zapoteco” (…) “… no me gustaría que después todos escribiéramos no como debemos, sino como usted quiere, que sólo le interesa el aspecto estético”.

También hablan otros promotores, y en el diálogo expresan su interés en lo que escriben del pasado del pueblo, el pasado familiar y por qué lo hacen. Escriben en español y luego lo traducen a su idioma. Carlos anota en su diario: “Empiezo a sentir que todos piensan en su lengua y que la disparidad entre el español y su idioma propio ha descubierto una oscura dimensión. Anoto que aquí hay un problema importante para escribir: el pensar y el sentir”.

Se da un prolongado diálogo entre los principiantes: surgen reticencias, pero también interés creciente en las palabras de Carlos Montemayor. Después vendrán otras oportunidades de encuentro y diálogo: lo que piensan, opinan, discuten, preguntas y comentarios del pequeño grupo de promotores y promotoras con él. Incluso, oportunidades de conocer cómo ellos y ellas abordan la creación propia. Carlos escucha, pregunta y propone ejercicios para abordar de maneras diferentes de expresar una misma idea, de imágenes semejantes, pero a la vez diferentes.

Al mismo tiempo, va conociendo a cada uno en sus modalidades de lenguaje, en sus historias personales y su interés profundo de ser escritores. Se adentra en sus concepciones, modalidades y ­anhelos. Comenta sus escritos, poemas o canciones. En conjunto analizan las propuestas de cada uno. Oportunidades que él aprovecha para analizar la sintaxis de algunos de sus escritores, las frases y las sílabas, y responder a preguntas sobre los acentos, las secuencias prosódicas, los ritmos. Les habla de ejemplos diversos en otras literaturas. Más adelante vendrán las oportunidades de insistir en los problemas de sus lenguas.

Por la noche, en su hotel, siente remordimiento de “haberles hablado de tantas cosas de la poesía en español y no haber insistido en sus propias lenguas”. Siente que la idea de igualdad a la que se habían referido los antropólogos no es cierta: son distintos, aunque no logra discernir “cuáles son los elementos precisos de nuestra diferencia, de nuestra distancia”.

Javier Castellanos, el promotor zapoteca crítico y Carlos dialogan y expresan sus concepciones diferentes, aclaran sus puntos de vista, se reconocen más, se respetan más. Carlos observa las diferencias de personalidad, la finura de los promotores y las susceptibilidades que manifiestan.

Por la noche, Carlos anota en su diario: “Desde hace una hora no puedo escribir. Me siento confuso porque me resisto a aceptar lo que he advertido. Vine con otra idea, con una fantasía de lo que iba a encontrar. Primero, que el indígena es otro (…). Segundo, que es otro porque no posee la información de la vida contemporánea (…). Vine dispuesto a descubrirlos para llevarme algo que ellos tienen, para llevar una información especial a mi cultura”.

Ahora se da cuenta, dice, “que, en efecto, ellos no tienen las raíces de este país, sino que son otro país. No otro que coexista con el nuestro, sino explotado, humillado por el nuestro. Con otras costumbres, otros pensamientos, otros valores para conceptos como bello, útil, amor, amistad, fama, deber. (…) Los muchachos con los que he hablado no son indígenas fantásticos, mágicos, ingenuos, sino personas excepcionales que han llegado al dominio de una lengua ajena mejor de lo que yo podría hacer en los idiomas que como traductor me veo obligado a estudiar; escriben y piensan y hablan en español, que no es su lengua, mejor de lo que yo hablo o escribo en griego moderno o en francés. Poseen un alto grado de desarrollo en la medida en la que me permiten acercarme a ellos a través de mi idioma, no del suyo. (…) Su mundo no es mejor ni peor ni más mágico o menos realista (…) Creí que los indios eran algo distinto. Pero son como cualquier hombre”.

En otra reunión con seis jóvenes promotoras mixes que están interesadas en escribir relatos, cantos tradicionales y se interesan en saber cuáles son los requisitos para que algo sea un poema o un cuento, quieren saber “cómo son las cosas”. Pero Carlos se da cuenta de que es un instante en que “cultural y conceptualmente, ellas entienden una cosa distinta de lo que yo quiero decir”. También, que la gente dice en mixe lo que necesita decir, y que cuando no lo saben bien o no se entiende, hablan en castellano. Pero también que hay formas especiales que no todos saben y que existen diferencias a tomar en cuenta. Asimismo, que en su bilingüismo piensan en su lengua y no en español. Ellas traducen mentalmente a su idioma “lo que yo digo en español. Tienen presente de manera constante las diferencias dialectales de cada comunidad”.

Pasa el tiempo y se suceden varios viajes. Y llega uno en el que Carlos Montemayor percibe que es el primer recibimiento afectuoso, con una actitud más desenvuelta por parte de los promotores. Entonces escribe: “Quizá sea un entendimiento de pertenecer a algo, de empezar a constituir un grupo sin relaciones desiguales ni rivalidades. Son más libres, más regocijados con la idea del trabajo”. Les comenta que visitará a los mayas de la Unidad de Mérida. Después, durante horas escucha numerosos relatos acerca de sus comunidades, sobre personas que se transforman en otros seres, lugares de “poder” y experiencias personales y familiares con entidades que forman parte del mundo invisible. Carlos les dice: “Yo me propongo compartir todo lo que sé para que desarrollen su trabajo de escritores”. Más tarde, anota: “Ahora escribo con la sensación de estar en un sitio donde sé que verdaderamente no estoy de paso. Donde sé que la euforia que me invade pertenece a mí mismo, inmenso sitio donde manan regiones enteras, de donde mana un confuso sentimiento de ser también esto, de que ellos son también yo, de que esta vida fluye en un mismo e inmenso cuerpo que nos comprende, que nos explica. Estoy aquí, sin estar lejos de ningún sitio que amo (…) sin estar lejos de los lugares, de los cuerpos, de los quietos e inmortales sitios que amo”.

Después de su experiencia y sus encuentros en Oaxaca, Carlos Montemayor aceptó ir a Yucatán para trabajar con los promotores de la cultura maya. Tal fue el impacto de esta cultura que lo deslumbró, por lo cual decidió renunciar ir a Grecia y dedicarse durante 17 años a dirigir talleres de traducción, redacción y publicación de diversos libros en lenguas indígenas escritos por los promotores de distintas regiones del país y distintas publicaciones suyas relativas a la literatura en lenguas indígenas.


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