Piromancia del asador/ La chispa ignorante  - LJA Aguascalientes
16/01/2022

Entre los miles de rituales en México el que tal vez es más representativo del norte del país (del cual, dependiendo desde dónde se mire, Aguascalientes forma parte), es el de la carnita asada. No es una mera reunión de carnívoros que le hincan diente a los diferentes cortes que haya en ese momento, tampoco una reunión para ver cómo están los amigos o la familia. Es mucho más que eso. La carnita asada es algo ceremonioso que podemos llegar a denominar sagrado. Es la comunión entre el hombre y aquel primer indicio de civilización que fue descubrir y domar el fuego. En la cocina, con el fuego: todo, sin el fuego: nada.

Uno de los mitos griegos que más me gusta es el de Prometeo. En el mito, Prometeo roba el fuego a los dioses y se lo entrega a los hombres, con lo cual podemos decir que es el padre de la civilización, pues está claro que una civilización avanza dependiendo de la cantidad de energía que puede controlar. Ahora tenemos varios tipos de energías, pero todo empezó con el fuego. Por esa acción Prometeo es encadenado a una montaña donde un buitre le come el hígado todos los días. Así: todos los días, porque es un castigo infinito, una repetición como la que nosotros hacemos cuando encendemos la estufa para calentar algo, o cuando prendemos el carbón que nos mira desde el asador.

El ritual de la carnita asada es uno simple, pero a su vez lleva en su fuego algo de aprendizaje. Cuando estaba en preparatoria nos fuimos a casa de un amigo a la Chona. Llevábamos carne para y carbón, pensando que el fuego es casi como el de la cocina en donde con un cerillazo enciende sin problemas. Probamos desde periódico, hierbas y servilletas, hasta sabritones y azúcar. Más de dos horas perdimos ante el carbón que no se dignaba encender. Nos rendimos ante la negativa del fuego.

Y es que el fuego es caprichoso en la naturaleza del asador. Así que encender ese fuego primigenio, robándole una chispa para el carbón se convierte en un bautismo de calor, en un rito de paso hacia la adultez. Un rito que pocos logran superar y, menos aún, los que continúan con la piromancia del asador.

De ahí que siempre en las carnes asadas se vean a las mismas personas ante la parrilla, cuidando al fuego, cuidando la carne del fuego. Una vez que aprendes que el fuego es caprichoso y tiene sus mañas para invocarlo, hay que aprender a domarlo. El bautismo está hecho, pero si uno no profesa la piromancia del asador, se difumina como humo la habilidad. La parrilla es el lugar desde donde se hace magia, domando al fuego, a su forma primordial de llamarada hasta acunarlo en unas simples brasas.

Lo extraño del ritual es la geografía: el desértico norte de México. Habrá en otros lugares carnes asadas o “parrilladas” o “barbacoas”, pero el rito parece desértico por excelencia. Los demás son practicantes perdidos en otros lugares que, aunque practiquen la piromancia, no logran aumentar la grey de los domadores de carbón. Me sorprende que sea en el norte, como si el calor del sol exigiera el calor de las brasas. Como si el fuego quisiera crecer como planta en la tierra quemada por el sol, entre lo inhóspito. Pero esto se explica en su origen salvaje y mortal, pues tanto el desierto como el fuego queman, devoran, crecen, comparten verbos de desolación. De ahí que en otros ambientes no tan hostiles no sea ritual, ni siquiera una reunión.

Y así, como en otros rituales, el practicarlo puede convertirse en algo riesgoso en estos tiempos. Hace unos meses, en un estado del norte de México le pidieron a la gente que no hiciera carnes asadas por la contaminación del humo. A la gente no le importó. En una foto se veían como pequeños incendios en la ciudad, espirales ascendentes que antes de tocar las nubes desaparecían. A la gente no le importó la contaminación sino el hecho de poder llevar a cabo su rito.

Al mismo tiempo, ahora, la reunión es mortal. Los que profesamos la piromancia del asador sabemos que no es un acto íntimo, solitario, sino un ritual lleno de algarabía, ruido, y mucha gente. No existe carne asada de una sola persona, como no hay misa si sólo el padre es el único en la iglesia, sin ningún público. Si alguien dice lo contrario miente. El problema no es sólo la reunión, sino que el ritual demanda carne y vino. La carne tiene que estar acompañada de cerveza, de tequila, de güisqui, de brandy, de ron, de coñac, de vino tinto. Y entre la mordida a la carne y la bebida al vino, uno se descuida, abre la boca de más y se pone en peligro.

Ahora no es momento de piromancia del asador. El fuego primitivo siempre nos esperará y nosotros, cuando todo esto pase, lo volveremos a acunar en el asador, para que pueda lamer la parrilla.

Yo extraño las carnes asadas, la reunión, la comunión, pero la carne asada puede esperar. Ahora nos toca, como a Prometeo, sufrir un rato, pero sobrevivir.


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