Contra los héroes de la Patria/ La chispa ignorante  - LJA Aguascalientes
20/01/2022

Mientras estudiaba en la universidad un profesor me platicó que cuando estuvo en un congreso en Argentina vio Pedro Páramo de Juan Rulfo en la serie Archivos del Fondo de Cultura Económica (una serie que publicaba libros de autores reconocidos con algunos estudios y paratextos de la obra). Me contó que lo hojeó y encontró algo muy interesante: cartas de amor de Rulfo a una escritora argentina. No me dijo el nombre de aquella escritora, pero sí que eran cartas amorosas, sensuales. No compró el libro porque son libros grandes y podría tener problemas por el peso del equipaje, así que decidió esperarse a llegar a México y comprarlo acá. Los pocos días que pasó entre que vio ese libro y regresó a México fueron más que suficientes para que los herederos de Rulfo obligaran al Fondo a retirar ese libro de los estantes. Mi profesor jamás volvió a ver ese libro. ¿Pasó o fue cierto ese episodio? No tengo medios para confirmarlo, pero, por como he visto y sabido de cómo se maneja la memoria del escritor por parte de sus herederos, tampoco lo pondría en mucha duda.

Los herederos de Juan Rulfo siempre se han caracterizado por defender la imagen del autor como alguien bueno, moralmente y hablando, de ahí que cuando Cristina Rivera Garza publicó su Había mucha neblina o humo o no se qué en 2016, la Fundación Juan Rulfo se le fue al cuello. Había que defender al escritor a como diera lugar. La imagen lo es todo. Al menos en México. Y de ahí que no permitieran que nadie saliera a decir lo contrario.

Hace unos años, otra profesora nos invitó a mí y a dos amigos a tomarnos un café con el maestro Topete, quien en aquella ocasión nos platicó de una furiosa borrachera que se puso con el escritor jaliciense. Sí, nos confirmó cuando terminó: Juan Rulfo era un alcohólico empedernido. De ahí que en muchas de sus entrevistas en video o televisión llevara lentes y hablara despacio, como si pensara cada palabra que fuera a decir, probablemente estaba crudo. De eso nadie habla y, extrañamente, tampoco aparece en sus biografías, o al menos no con la importancia que debería tener: Rulfo era un humano con vicios.

A mí me cuesta trabajo creer en los escritores “buenos”, en los que no tienen mácula, que parece que han sido buenos toda su vida. Eso es imposible. Actualmente pensamos que eso de “tener que ser moral antes que talentoso” es nuevo, sin embargo, en México siempre ha sido así. Siempre hemos defendido como buenos a nuestros próceres y artistas, les justificamos sus faltas y minimizamos sus porquerías. Olvidamos que todos esos insignes hombres y mujeres son, antes que nada, humanos y como tales tienen sus ambiciones mezquinas o grandiosas.

Ahora nos enteramos de todo lo que hicieron antes muchos autores famosos, o le prestamos atención. Ahí está Tita Valencia con su Minotauromaquia, ganador del Premio Xavier Villaurrutia en 1976, en el que denunciaba el acoso y violación de Juan José Arreola. Ella, a pesar de haber ganado el premio más prestigioso de las letras en México, fue desaparecida del mapa. No fue la única que habló. Hace pocos años Elena Poniatowska confesó que Juan José Arreola la había violado. Algunos la llamaron oportunista porque lo hizo mientras publicitaba su nuevo libro. Yo me pregunto ¿creemos que Poniatowska es oportunista por confesar eso en ese momento? Poniatowska no necesita presentación, es la escritora con mayor proyección internacional que tiene México actualmente. Es ridículo pensar que fue una treta de autopromoción. Denostamos a esas mujeres porque buscamos defender al autor famoso, canónico, porque ¿cómo podemos decir que es un buen autor si el tipo es un violador? Sin embargo, el mismo Arreola confiesa con el sentimiento de semental herido en la biografía que le hizo su hijo Orso, que está seguro que el primer hijo de Poniatowska es suyo. Y la gente defendió a Arreola de esas acusaciones.

Lo mismo sucede con los “padres de la patria”, o los “héroes que nos dieron patria”. No podemos imaginar que Miguel Hidalgo pudo haber cometido algún delito, tampoco María Morelos y Pavón, ni se diga Francisco I. Madero o Emiliano Zapata; o pasamos por alto que Villa fue un bandolero o Juárez quiso vender parte del istmo de Tehuantepec a los gringos. Nada pasó, todo está perdonado. Recuerdo unas novelas de época que veían en mi casa sobre la Independencia y la Revolución, en ninguna, recuerdo haber visto que los héroes hicieran, amagaran con hacer o siquiera pensaran en hacer algo malo. Eran la pureza andante, una perfección moral absoluta de bondad, porque si eran buenos, no podían ser malos ni tener nada de malo. De ahí que nos provoque molestias, ira en algunos casos y violencia en casos más extremos que nos enfrenten con otras versiones de seres humanos perfectibles, con errores y ambiciones.

Esto es algo que se duplica en los hombres que nos dieron la independencia, pues los primeros dos grandes caudillos provenían del clero y, por lo tanto, no podrían hacer cosas malas. Negar su condición única de bueno sería criticar al Estado y la Iglesia. ¡Válgame Dios!, ¿no ves que un padrecito no podría hacer eso? Si el otro día dio una misa bien bonita. De seguro eres gringo o comunista y por eso no te gustan las personas que nos dieron independencia, si no fuera por ellos seguirías siendo esclavo de un señor que te haría trabajar de sol a sol en condiciones precarias; ridículo. ¡Cómo se atreven a ponerle una cara de Catrina a la imagen de la virgen de Guadalupe! Groseros, espero que se mueran y ardan en el infierno. ¿Zapata gay? ¡Qué les pasa, si él era bien macho! ¿apoco crees que hubiera hecho lo que hubiera hecho si fuera maricón? Y así podríamos encontrar muchos ejemplos que se mantienen en esa condición de perfección moral que bien parece una sentencia judicial: bueno o malo.

De ahí que yo odie la palabra bueno.

La palabra bueno tiene dos ejes de significado: el primero es tener pericia para realizar algo, el segundo es una categoría de perfección moral. En algún momento del camino estas parecen haberse mezclado: si alguien es bueno escribiendo, también es bueno en la vida; si alguien es bueno cocinando, también es bueno en la vida. No encuentro otra explicación para esto que la educación que se nos dio no acepta crítica alguna, y que a su vez siempre habla de las bondades de aquellos hombres (y de muy pocas mujeres), nunca de las cosas malas, o si hay cosas malas, son como manchas que quedan encandiladas por el brillo que emiten como si fueran estrellas en la historia. Una cosa es la obra, otra las acciones del autor. Si alguien es buen escritor, escultor, pintor, estadista, deportista, piloto, cocinero, periodista, economista, etc. no significa que sea buena persona. Y viceversa, porque alguien sea bueno, no significa que sus obras sean buenas.

Comenzar con esa crítica creo podría ayudarnos a comprender las raíces de nuestros problemas como sociedad: cómo entronizamos a las personas que están en el poder, que son famosas o que son genialidades en sus áreas, como si ellos estuvieran más allá del bien y del mal. O pero aún, como si ellos fueran el único ejemplo posible y nos aferráramos a eso, lo defendiéramos porque sin ellos ¿qué guía habríamos de seguir?, ¿qué pastor? Defender a los héroes es defender nuestra dependencia a ellos.


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