La libertad de pensamiento en tiempos de la verdad única/ El peso de las razones  - LJA Aguascalientes
03/10/2022

Stefan Zweig tematizó una constante de la historia humana en su mejor ensayo: la disolución del individuo en la colectividad, su sujeción ante líderes carismáticos y la claudicación de la libertad de pensamiento ante el dogma de la verdad única. La disputa asimétrica entre el fundamentalista y violento Calvino y el humanista Castellio le sirve a Zweig para advertir a sus contemporáneos de la amenaza que les acecha, y debería servirnos a nosotras y nosotros, décadas después, para pensar y afrontar un futuro posiblemente sombrío. Lo cito en extenso:

“Ningún pueblo, ninguna época, ninguna persona de pensamiento se libra de tener que delimitar una y otra vez libertad y autoridad, pues la primera no es posible sin la segunda, ya que, en tal caso, se convierte en caos, ni la segunda sin la primera, pues entonces se convierte en tiranía. No cabe duda de que en el fondo de la naturaleza humana hay un misterioso anhelo de autodisolución en la colectividad. Nuestra ancestral ilusión de que podría forjarse un determinado sistema religioso, nacional o social que brindara a toda la humanidad la paz y el orden definitivos, es indestructible. El Gran Inquisidor de Dostoievski demuestra con cruel dialéctica que, en el fondo, la mayoría de las personas teme la propia libertad y que, de hecho, ante la agotadora variedad de los problemas, ante la complejidad y responsabilidad de la vida, la gran masa ansía la mecanización del mundo a través de un orden terminante, definitivo y válido para todos, que les libre de tener que pensar. Esa nostalgia mesiánica por una existencia libre de problemas constituye el verdadero fermento que allana el camino a todos los profetas sociales y religiosos. Cuando los ideales de una generación han perdido su fuego, sus colores, una persona con poder de sugestión no necesita más que alzarse y declarar perentoriamente que ella y sólo ella ha encontrado o descubierto la nueva fórmula, para que hacia el supuesto redentor del pueblo o del mundo fluya la confianza de miles y miles de personas. Una nueva ideología –y ése es por cierto su sentido metafísico– establece siempre en primer lugar un nuevo idealismo sobre la tierra, pues cualquiera que brinde a las personas una nueva ilusión de unidad y pureza, apela a sus más sagradas fuerzas: su disposición al sacrificio, su entusiasmo. Millones y millones, como si fueran víctimas de un hechizo, están dispuestas a dejarse arrastrar, fecundar, e incluso violentar. Y cuanto más exija de ellas el heraldo de la promesa de turno, tanto más se entregarán a él. Por complacerlo, sólo para dejarse guiar sin oponer resistencia, renuncian a aquello que hasta ayer constituía su mayor alegría, su libertad. La vieja ruere in servitium de Tácito se cumple una y otra vez, cuando, en un fogoso rapto de solidaridad, los pueblos se precipitan voluntariamente en la esclavitud y ensalzan el látigo con el que se les azota. / Para cualquier persona de pensamiento no deja de haber algo conmovedor en el hecho de que sea siempre una idea, la más inmaterial de las fuerzas que existen sobre la tierra, la que lleve a cabo un milagro de sugestión tan inverosímil en nuestro viejo, sensato y mecanizado mundo. Con facilidad se cae así en la tentación de admirar y ensalzar a estos iluminados, porque desde el espíritu son capaces de transformar la obtusa materia. Pero fatalmente, estos idealistas y utopistas, justo después de su victoria, se revelan casi siempre como los peores traidores al espíritu, pues el poder desemboca en la omnipotencia, y la victoria, en el abuso de la misma. Y, en lugar de conformarse con haber convencido de su delirio personal a tantas personas, hasta el punto de estar alegremente dispuestas a vivir en e incluso morir por él, todos estos conquistadores caen en la tentación de transformar la mayoría en totalidad y de querer obligar incluso a aquellas personas que no forman parte de ningún partido a compartir su dogma. No tienen suficiente con sus adeptos, con sus secuaces, con sus esclavos del alma, con los eternos colaboradores de cualquier movimiento. No. También quieren que los que son libres, los pocos independientes, les glorifiquen y sean sus vasallos, y, para imponer el suyo como dogma único, por orden del gobierno estigmatizan cualquier diferencia de opinión, calificándola de delito. Esa maldición de todas las ideologías religiosas y políticas que degeneran en tiranía en cuanto se transforman en dictaduras se renueva constantemente. Desde el momento en el que un clérigo no confía en el poder inherente a su verdad, sino que echa mano de la fuerza bruta, declara la guerra a la libertad humana. No importa de qué idea se trate: todas y cada una de ellas, desde el instante en el que recurren al terror para uniformar y reglamentar las opiniones ajenas, dejan el terreno de lo ideal para entrar en el de la brutalidad. Hasta la más legítima de las verdades, si es impuesta a otros por medio de la violencia, se convierte en un pecado contra el espíritu”.

Confieso que esta extensa cita resuena en mi cabeza desde que la releí hace algunos meses. Castellio contra Calvino. Conciencia contra violencia de Stefan Zweig es un alegato en pro de la libertad de pensamiento, pero también una denuncia analógica contra toda forma de sectarismo y dogmatismo. Las sectas son pobladas por monótonos (feliz metáfora de Borges): por personas a las que les incomoda e intimida el disenso, que se apegan a sus dogmas y a sus respuestas preconcebidas y manidas. Las personas sectarias rehúyen a su libertad de pensamiento, pues la servidumbre voluntaria (esa que denunció Étienne de La Boétie, gran amigo de Montaigne) es mucho más agradable y útil en tiempos en los que se instaura una verdad única. En tiempos donde florecen sólidos dogmas, el maniqueísmo se instaura a su lado: son tiempos de buenos o malos, piadosos o herejes, obedientes u hostiles. Son tiempos donde se aplaca desde el púlpito (religioso o secular) a la disidencia, y se ridiculiza a quien muestra su desacuerdo. Son tiempos donde la verdad (la real, no la construida) es la enemiga, pues nada puede estar por encima del líder iluminado.

Cuando la colectividad, que ha llevado al líder a un poder que ha traicionado, amenaza la individualidad y trata de disolverla en su discurso blindado ante cualquier crítica, las pocas personas que disienten arriesgan su voz (y en tiempos violentos y cruentos, quizá la vida). Zweig describe un caldo de cultivo: uno formado por utopistas que una vez en el poder traicionan sus ideales, por personas encandiladas por la luz del líder incapaces de aceptar los inminentes riesgos de su actuar y su traición, por una verdad construida a medida (y en nuestra época posverdadera, por los otros datos y las noticias falsas), por disidentes acallados y perseguidos, y por una uniformidad cuya primera víctima es la libertad de pensamiento. No obstante, Zweig encuentra otra constante, una pálida luz que brilla en la oscuridad de la barbarie: “Ninguna época ha podido ser tan bárbara, ninguna tiranía tan sistemática como para que algunos individuos no lograsen escapar a la violencia ejercida sobre las masas y defender el derecho a una opinión personal frente a los violentos monomaníacos y a su verdad única”.

 

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