Marzo, mes de la mujer: nos deben no solo un mes, una vida sin violencia/ Origami  - LJA Aguascalientes
18/10/2021

Hablar en nuestro país de violencia en contra de la mujer, parece ser, a estas fechas, de los temas más recurridos de los diarios y de las redes sociales, no por su popularidad, sino porque la incidencia es tal, que resulta alarmante; y no es que antes no ocurriera, sino que se le normalizaba todavía más que ahora, lo que provocaba su invisibilización y la inexistencia de estadísticas realistas.

Iniciativas sociales, tan criticadas como el “me too”, los tendederos, o recientemente la invitación a romper el pacto, sin duda han sembrado, además de una inmensa cantidad de denuncias en contra de presuntos perpetradores de violencia en contra de la mujer, un sedimento de conciencia en todas nosotras, aun en las más escépticas y adaptadas al sistema, para poder ver con ojos más críticos aquellos actos que atentan contra nuestra integridad y dignidad como personas y como mujeres. Nos han ayudado a despertar un poco y percatarnos de que no es natural tener que padecer lo que nos incomoda, lo que no queremos, lo que no pedimos y que no tenemos que soportarlo solo porque aquellos quieren o pueden hacerlo a través de cualquier tipo de fuerza, sea física, o de poder. 

Todas hemos sido objeto de violencia por el simple hecho de haber nacido mujeres, y es tan desafortunado lanzar esta aseveración, porque las generalizaciones –dicen- nunca son buenas, en este caso, se trata de una certeza que vivimos desde el día uno. Parece que encontrar entornos seguros, es tarea compleja en un país en que ser mujer, o peor aún, niña, es un deporte de muy alto riesgo. 

Cerramos marzo, el mes de la mujer, sabiendo que el trabajo avanzado en esta materia, es, cuando menos insuficiente, que las medidas legislativas se hacen más con tintes de cumplimiento de las agendas electorales de las bancadas partidistas, que con una verdadera noción sistémica del entramado normativo y de la más básica teoría de los derechos humanos, que las políticas públicas buscan más cuadrar los presupuestos y enaltecer las figuras públicas que efectivamente cumplir con abatir de fondo este inmenso problema social. 

Nos ha fallado el sistema desde todas sus caras, la violencia sigue siendo un pan que se come a diario en las calles, en los hogares, en las escuelas, en los medios de comunicación, que incluso está institucionalizado. 

Una imagen cruda invadió los diarios esta semana, varias niñas de secundaria cargan entre todas, un ataúd blanco, con los restos mortales de su compañera Wendy Yoselin, quien a sus 16 años fue privada de la vida, de las ilusiones y de tener un futuro; la narrativa, apunta a que se trató de un feminicidio por haber sido con su novio, con la última persona que se supo que estuvo. Encontraron su cuerpo en un canal de aguas negras. Desdichado destino para un ser que espera de la vida y de las personas el florecimiento de sus sueños, terrible noticia para unos padres y una familia que respaldan el despliegue de las alas de sus hijas, saber que es un riesgo inminente permitirles ejercer su libertad, conocer el mundo y que éste, les muestre la peor de sus facetas. Malaventurado destino para su cuerpo, que por ser el de una mujer, padeció violencia al tener que someterse a estándares de belleza que solo les son exigidos a ellas, quizá incluso auto infligida para adaptarse a esos cánones, que fue violentado en las calles con miradas y palabras lascivas y sin duda, con violencia física que la llevó a ese lamentable destino, junto a los desechos, en un canal. 

Aciago final, cargado de simbolismo: encontrada entre las aguas negras, en medio de los más repulsivos despojos, siendo ella solo una niña de edad escolar, para después ser depositada en un féretro níveo, cargado por sus compañeras, también unas niñas. 

Wendy nos duele a todos porque reconocemos en ella mucho de nosotros mismos, de este medio en que a las mujeres se les mata porque se puede hacerlo, porque se sigue pensando que, como otrora, la potestad de vida o muerte, de nosotras, depende de ellos. Wendy nos duele porque no fue ella, dónde estuvo, cómo o con quién, sino esa cosmovisión que ubica a las mujeres en esta condición de vulnerabilidad sostenida en el sistema patriarcal que no cede ante la necesidad de una igualdad de derechos entre hombres y mujeres. 

Wendy nos lacera porque un poco de nosotros se fue con ella y con Fátima y con Montserrat y con cada niña o mujer que mata la violencia feminicida. Wendy nos lastima porque pudimos ser nosotras, o alguna de las nuestras. Wendy nos atormenta porque si esto sigue ocurriendo cada día, es porque también en parte, fuimos todos. 

 

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