Mea culpa/ Opciones y decisiones - LJA Aguascalientes
29/09/2022

El sensible asunto de la culpabilización sobre el desplome de los partidos políticos otrora dominantes y regentes, dígase PAN, PRI, PRD al día de hoy sigue pesando y continúa sin un corte resolutivo final ante la percepción ciudadana. Así lo hace ostensible el posicionamiento político de Morena a dos años de su asunción al poder, cuando invoca su triunfo electoral de 2018 fundado en el repudio generalizado de la población mexicana contra los partidos anteriores de gobiernos inculpados por corruptos, violentos y desastrosos para el bienestar popular. Si bien acerca de este punto no cabe la menor duda, el actual régimen en el gobierno intenta ocultar intencionalmente el propio fracaso rotundo que está teniendo con sus medidas económicas, con la reestructuración del Sistema Nacional de Salud (perestroika a la mexicana/lopezobradorista) que deriva en un pésimo y lesivo manejo de la pandemia por el coronavirus, y una imparable escalada de violencia física del crimen organizado. Por mencionar solamente los problemas más álgidos en que está sumido el país.

Esta coyuntura política encrespada de azoro e inconformidad es la que priva en los prolegómenos de la elección intermedia que ya estamos en tránsito de realizar. En donde la confrontación de un movimiento-partido en el poder, Morena, ensaya de arrollar de nueva cuenta a los partidos adversarios, adjudicándoles la culpa histórica de la corrupción que los derrotó moralmente in saecula saeculorum, sin solución de continuidad posible. Simple subterfugio del partido en el poder que instrumenta para esconder su ineptitud funcional ahora vuelta crónica, que suma a su terca fuga al pasado de un uso autocrático del gobierno; de lo que resulta un saldo político negativo que traslada y adjudica tramposamente a sus históricos adversarios, en culpabilización perpetua. 

Los partidos políticos, así derrotados y señalados, no logran concitar una oposición eficaz e inequívoca. Hecho que señalan voces analíticas como la de Carlos Bravo Regidor quien corrobora esa doble paradoja pre-electoral: – Ahora, sin embargo, en la antesala de la elección intermedia, las oposiciones parecen obstinadas en hacer como si aquello no hubiera sido más que un mal domingo. No han corregido, no han innovado. Y su identidad está completamente desdibujada salvo porque, en ausencia de otras coordenadas, siguen siendo los partidos del pasado. (Expansión Política. Carlos Bravo Regidor. Contra el simplismo opositor. Marzo 23, 2021. https://bit.ly/3tNgIVI). 

Partidos culpabilizados de los que se hace ostensible su falta de innovación. Continúa Bravo Regidor: – Sea por lo que sea, su capacidad de convocatoria luce escuálida. Piden el voto en contra de López Obrador sin hacerse cargo de que López Obrador fue el instrumento con el que hace apenas tres años muchos votantes decidieron votar contra ellos. En el fondo, interpreto yo, no han hecho la tarea para saldar con la sociedad su falta de credibilidad, concluye el mismo autor: – Hay muchas razones, válidas y contundentes, para castigar a la coalición gobernante en los próximos comicios. Pero las oposiciones no pueden pedir ese voto de castigo obviando su propio déficit de credibilidad. Los fiascos del lopezobradorismo bastan y sobran para querer votar en su contra, pero no necesariamente para votar a favor del PRI, el PAN o el PRD. Ojalá fuera tan simple. No lo es.

Desde mi punto de vista, existe un factor muy poderoso que subyace al mencionado “déficit de credibilidad”, y que consiste en el manejo inadecuado y acaso más grave, soslayado, del proceso de culpabilización social por el que hubieron de pasar. Veamos. En todo ser humano y sobre todo en cualquier grupo comunitario o societal, la atribución de responsabilidad e imputabilidad de los actos es esencial para su normal funcionamiento. Saber y asumirse como responsable de cualquier acción, ya no digamos de las que son estratégicas para los fines del grupo, es requisito indispensable de identidad y pertenencia.

No bastan las promesas ni los pronunciamientos ante el colectivo de origen, son las acciones específicas las que dotan o restan a un miembro, de credibilidad ante los demás. En el caso de la corrupción, la falta de lealtad al resto del grupo es ostensible e inequívoca. Ventilada en público que sea dicha corrupción, le sigue su efecto disruptor de la integración y de la sana convivencia del todo societal. Siendo, entonces, la restitución de la unidad y del bien conculcado, además de la asunción de responsabilidad de parte del infractor, lo que puede reintegrar la salud y el buen funcionamiento de ese grupo, hacia adelante. De otra manera, ese impasse se convierte en una fuerza restringente del conjunto.

El caso que tratamos aquí involucra un bien público –el partido político en cuanto tal-, cuya transgresión de normas y valores inherentes por algún miembro o la mayoría de ellos, además de la función pública conculcada en desempeño, implica una responsabilidad amplia y fuertemente compartida por el colectivo de pertenencia. En cuyo supuesto queda claro que soslayar o no asumir la propia responsabilidad respecto de aquel desfonde de credibilidad pública, debido a hechos de corrupción o comisión de cualquier otro crimen – o incluso, los llamados missdeminors/malcomportamientos- hace que persista la culpabilización social, del todo justificada, sobre dicho colectivo o marca tal. Situación que, por otra parte, no significa necesariamente condenación a perpetuidad. Pues, resulta evidente que la inmensa mayoría de los seres humanos somos falibles, pero que también contamos con la presunción de reconocimiento de la falta, de una conversión sincera de miras hacia adelante, y del derecho inalienable a una segunda oportunidad. Los partidos políticos, en tanto que colectivos de personas, también son susceptibles de este tránsito al cambio y a la conversión Bio-ética, que no es exclusivamente religiosa, sino el atributo propio de un ente inteligente, con libre voluntad y autodeterminación existencial; simplemente por ser tal.

Dicho lo cual, el encendido y categórico apóstrofe del titular del Ejecutivo de México (y con él sus acríticos seguidores militantes) contra sus adversarios políticos como “derrotados moralmente”, ni es axiológicamente sostenible per se, como tampoco de duración perenne; es decir, una etiquetación nugatoria de la posibilidad del cambio ético o de elección explícita de fines existenciales superiores, Teleología. Este supuesto implica el máximo pesimismo bioético sobre “otros”, además del extremo misantropismo contra “los diferentes”.

Aunque, simultáneamente, también es de destacar de parte de los que fueran inculpados, que no quisieran reconocer o aceptaran su culpa –sobre los hechos invocados–, como tampoco dar el paso o el salto de conversión bioética auténtica; es decir, que desdeñaran la importancia de transitar por el proceso de asunción de la culpabilidad propia y de optar explícitamente por un cambio axiológico y de sentido nuevo, teleológico, existencial. Este requisito de cambio no es optativo, cuando de actos y hechos históricos se trata. Se torna imperativo e insoslayable. 


La hipótesis de poder quedarse en un “estacionario” absoluto e indefinido, no aplica, es falsa, tanto para el que emite la condena, como para aquel que evadiera desdeñosamente su culpa. Ya se ha dicho, erigirse en jueces inapelables e implacables de “superioridad moral”/por inmersión en las aguas lustrales de Morena, resulta teórica y pragmáticamente insostenible. Pues, llevémoslo al absurdo, equivaldría al cierre inapelable de la Historia. Sea, aparte del Estado, la Historia “Soy Yo”. Y como gusta de decirse… Ni Obama, ni el Rey Sol logró encarnarlo. 

Resulta, por tanto, que dentro de las nuevas nóminas electorales partidistas, la delgada línea roja de los calificados como “corruptos, impunes y adversarios”/PRI, PAN, PRD carecen de opción de futuro; en tanto que, el conjunto restante de actores en las boletas electorales, encabezados por Morena, personifican el único futuro viable para México, bajo el supuesto de ser impolutos, puros, incorruptibles, punibles solo ante el pueblo y, por tanto, dueños y árbitros únicos de la Historia, no hay otros, pues La Historia –C’est Moi! /“Soy Yo”.

En tal estado de cosas, obviamente, los indiciados como culpables del pasado tienen su tarea pendiente. Y en estos vecindarios…. Algo huele a podrido. Las huestes heroicas del pasado, se han tornado egoístas, egocéntricas, etnocéntricas, en extremo. Se dividen por tribus, por intereses de familia, por clanes de familias. Los nombres y apellidos cargan un peso específico más distintivo que los mismísimos “valores de cambio” de Marx en el Capital. 

En efecto, cada heredero del nombre/sobre todo nombre se cree con derecho de adjudicarse el signo pecunario de más alto valor para compararse a los demás, y esto sin molestarse de ir al mercado electoral. Estas nuevas cualidades valorales innatas a la historia de la persona interesada tratan de imponerse a cualquier otra consideración intrínseca de la economía electoral; no importan las reglas acordadas, no importan las normas promulgadas, no importan los árbitros establecidos por el sistema electoral del país. En la nueva economía del Estado, los nuevos portadores/Träger de valor se definen bajo los supuestos de que todo puede dictarse, cambiarse como traje a la medida, ponerse como anillo al dedo, pues… antes de mí no hay Ley, conmigo sólo existe la que yo promulgo, y después de mí la que yo deje como legado. 

Ah, pero soy demócrata y respetuoso de las instituciones! No faltaba más, si el pueblo la dicta, yo la acato. ¡Ajá!

 

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