Las rutas del libro en aguascalientes. Parte II/ En la paz de estos desiertos - LJA Aguascalientes
03/12/2021

En plena Reforma los hermanos Chávez, fervientes defensores del liberalismo y muy bien conectados con los líderes liberales nacionales como Guillermo Prieto y Valentín Gómez Farías, establecieron lo que yo llamo el “Monopolio de la Comunicación”. Este monopolio estaba conformado por la única imprenta y el hotel más importante de Aguascalientes, además de la elaboración de carretas, mismas que usaban para su negocio de diligencias, que tenían el dominio de las líneas y, por si fuera poco, el correo, que iba de la Ciudad de México con rumbo a Aguascalientes, pasando por los Altos de Jalisco y conectadas con San Luis Potosí, Zacatecas y poblados rumbo a Durango. En todo ese camino ofertaban sus impresos y vendían suscripciones de sus periódicos.

El “tercer correo”, esto es, la circulación de impresos no era parte de su dominio, pero sí recurrían a él cuando los caminos se anegaban, los puentes se caían y las carretas se atrofiaban por las inclemencias del tiempo. En este respecto, las recientes investigaciones de Felipe Bárcenas, reconocen en los arrieros, a los principales transportadores y vendedores de impresos rumbo a la ciudad norteña de Monterrey, no está demás pensarlo de la misma manera rumbo a Aguascalientes y todo el occidente.

Antes de tener el monopolio regional, José María Chávez recorría los poblados, villas y ciudades de la región llevando consigo un cajón con los libros que él imprimía en su taller, esto es, las redes de comunicación en la región fueron durante el siglo XIX, las redes de circulación de impresos de producción local.

En esta misma época existieron dos libreros, Antonio Arenas, a su negocio, conocido como la Casa de D. Antonio Arenas, a donde llegaban El Mosaico Mexicano, El Siglo Diez y Nueve, El Monitor Republicano, El Universal, El Diario Oficial del Supremo Gobierno de la República Mexicana, entre otros, al menos entre 1836 y 1858. Arenas también vendía libros de “La Teneduría de Libros” de la Ciudad de México, así como el Instructor Filarmónico, periódico semanario musical, las publicaciones del Ministerio de Fomento y calendarios de la “Librería Blanquel”. También existieron la librería de Narciso Adame hacia 1850, que distribuía los libros de la editorial “Libros Selectos” de Federico de la Rosa.

Las publicaciones estaban encaminadas a los lectores habituales y los nuevos lectores, pero lo cierto es que el nivel de analfabetismo era muy alto y es por ello que el mismo impresor-editor, José María Chávez, a través de la organización artesana creó una biblioteca para el gremio y promovió el aprendizaje de los artesanos a través de la lectura en voz alta.

En Aguascalientes hasta ese momento no existían bibliotecas públicas y esta biblioteca de artesanos fue un intento claro por cubrir esa necesidad y generar nuevos lectores entre los que también se encontraban mujeres, porque una parte agremiada a la Asociación de Socorros Mutuos de Artesanos y Caja de Ahorros de Aguascalientes eran mujeres.

Pasado un tiempo de profunda inestabilidad política y económica, ya para 1900 el mundo del libro en Aguascalientes estaba consolidado. La imprenta durante el periodo porfiriano estaba en franco crecimiento y diversificación.

El cientificismo y la idea de progreso se insertó de manera sólida en la provincia, la posibilidad de mejores condiciones para la circulación y acceso de material y tecnología para la pequeña y mediana industria y el creciente desarrollo económico facilitó el establecimiento de más talleres de imprenta mucho mejor equipados. A esto sumamos que una joven élite cultural se fue consolidando conforme el Porfiriato lo hacía y la cultura impresa fue uno de los medios de reproducción de sus ideas, a la par que el arte y la educación.

Para el inicio del siglo, las relaciones comerciales en torno a la prensa y el libro se habían complejizado notablemente. En medio de una creciente industria, migración y agencias comerciales, el surgimiento de publicistas modificó las relaciones entre los editores e impresores y los clientes potenciales. Surgieron, además, los periódicos de anuncios. Todo esto da cuenta de cómo las actividades económicas modificaron las relaciones de la comunicación.

Pese a que la ciudad de Aguascalientes por sí sola contaba con 30,872 habitantes y en total en el partido había 65,076, el control y manejo de todos medios de la comunicación estaban centradas en una minoría letrada que se conocía entre sí.


En esta dimensión, los libreros eran también parte de esa minoría. Cada imprenta ofertaba sus productos en sus propios talleres a los cuales se podía ir personalmente a buscar los periódicos y libros que editaban, para estos años ya se habían sumado los voceadores que ofertaban los periódicos a los gritos en las calles.

La práctica de corresponsales de periódicos como libreros de las primeras décadas del siglo XIX seguía funcionando, pero para finales del siglo e inicios del XX, estos libreros se convirtieron en agentes de publicaciones y a su vez también podían ser encuadernadores.

Para estos años, ya había bibliotecas públicas pero seguían siendo pocas, estaban la Biblioteca Pública del Estado y la Biblioteca del Instituto de Ciencias, entre las dos contaban un aproximado de tres mil trescientos usuarios anuales y más de siete mil seiscientos volúmenes. Comparada con el sistema bibliotecario de las ciudades de la región como San Luis Potosí, Zacatecas y Guadalajara, Aguascalientes estaba en total desventaja tanto en número de bibliotecas, como en volúmenes y usuarios.

Había un sistema de producción, circulación y comercialización del libro muy activo, pero para la élite local que era parte integral de este sistema de comunicación y circulación de la letra impresa.

En conclusión, podemos observar cómo a lo largo del siglo XIX se complejizo el mundo del libro en la provincia mexicana, pero también como las nuevas élites letradas y nuevas élites culturales tomaron el control de la comunicación; controlando la producción, circulación y venta, por decir lo menos.

Merece la pena hacer una reflexión aún más profunda de las relaciones en la región, que fueron fortalecidas por un creciente intercambio comercial pero también familiar que ya tenía establecidos sus espacios desde el siglo XVIII y que nos permite saber que la región generó sus propias dinámicas más allá de las grandes rutas comerciales nacionales y transnacionales, pero también profundamente vinculadas al exterior.


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