Cuca: derecho al olvido y al recuerdo/ Origami  - LJA Aguascalientes
18/10/2021

Con el desarrollo de los derechos humanos, la conquista de nuevas parcelas es una promesa que se materializa cada día. En lo que hace a los datos personales, por ejemplo, hay un amplio desarrollo de los muy conocidos derechos ARCO (acceso, rectificación, cancelación y oposición) que implica, en palabras llanas, que la posibilidad de uso de nuestra información personal, es una más de esas pertenencias de cada uno y que por tanto, somos solo nosotros quienes podemos determinar su destino, ya sea para permitir que se acceda a ella o que se conserve resguardada, que pueda ser rectificada en aquellas cuestiones erróneas o que pueda cancelarse de alguna base de datos.

Esto último incluso favorece que las personas puedan tener nuevas oportunidades de vida, dejar en el pasado situaciones que les dejaron marcan infamantes y que seguramente ya fueron compurgadas o prescritas, lo que puede ocurrir mediante el ejercicio del derecho al olvido.

A Cuca, como a cientos de personas, le operó precisamente al revés, de ella se sabe prácticamente nada, es un antecedente familiar cuya semilla se ha expandido a tan diversas latitudes que alcanza prácticamente a todo el país y al vecino del norte, sin embargo, una muerte muy temprana, dejó solo esbozos de lo que fue. 

Cuca, una mujer menuda, de apellido Valenciano y a quien la imaginación y el conocimiento de algunos de sus descendientes me hace suponer que tenía cierto siseo al hablar, como los españoles; tuvo un enamoramiento tórrido de quien sería su esposo: Eusebio. Fue un amor de campo, de esos que llegan para instalarse permanentemente y que de inmediato tornó en compromiso matrimonial, pero que se vio interrumpido, como en las clásicas novelas del romanticismo alemán, por trágicos acontecimientos; un dolor particular en las sienes y oreja de Eusebio terminó en el diagnóstico de una cirugía indispensable que en el mejor de los casos, lo dejaría con vida, pero con ceguera, situación por la que él pretendió terminar con el compromiso, para dejar en libertad de la carga de un enfermo a su amada Cuca. 

Por supuesto, como en toda tragedia, Cuca se negó al rompimiento, mucho por el amor que se profesaban, pero me atrevo a especular que también por esa carga de martirización que nos es exigida como parte de ser una buena mujer: hay que cuidar de los otros. Después del matrimonio todo fue rápido, la ceguera absoluta de Eusebio y la llegada, en pocos años de cuatro niños que ya formaban parte de la familia, todos pequeños, todos dependientes al igual que Eusebio. También la muerte de Cuca fue así de rápida, ocurrió en 1930, sobreviviendo su esposo un par de años más, para después también perecer, dejando huérfanos en la primera infancia a sus niños, quienes al ser cuatro, era complejo que permanecieran juntos al cuidado de una misma casa, por lo que a las grandes, Esther y Avelina se les dejó en la casa de los abuelos maternos, mientras que los chicos, León y Jovita fueron recibidos en la casa de una tía. 

Esta es una narración de tantas, en las que los restos de la historia personal se vuelven volátiles, en las que, como dice Roy Galán, las personas se vuelven rompecabezas casi indescifrables porque con su vida se llevan también su historia, lo que en realidad fue; lo que queda es juntar esos retazos de historias para estructurar una imagen de ellos, la que probablemente sea más una imagen de nosotros mismos que tratamos de rellenar los huecos, de satisfacer nuestra necesidad de saber.

La seguridad que nos aporta conocer nuestras raíces, nombrada también como derecho a conocer el origen biológico es una encomienda casi innata, algo que nos llama desesperadamente a rastrear esas pistas que probablemente nos brinden explicaciones de lo que nosotros mismos somos. Este derecho es uno de los más inexplorados que a veces, como por contagio se señala a propósito de temas como el reconocimiento de la paternidad o las adopciones, pero también faltan parcelas por definir, porque efectivamente es de esos derechos difusos por la dificultad de encontrar los medios para instrumentarlo. Sin duda, en historias como la de Cuca, lograrlo es poco más que una odisea, una sola imagen se conserva de ella, una foto en la que se basan la mayor parte de las conjeturas.

El derecho a conocer el origen, parece ser también, uno que por razones diversas, no les es concedido a todos, quizá para que la imaginación de quienes los buscamos, se inflame, quizá porque nuestros muertos reclaman su derecho al olvido. 

  

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