El futuro de nuestra democracia liberal/ El peso de las razones - LJA Aguascalientes
25/01/2022

Mucho se habló de que en estas elecciones se jugaba el futuro de nuestra democracia. Confieso que no me agrada conceptualizar de esta manera las cosas: la democracia electoral se construye sobre la base de una política liberal. Lo que nos jugábamos, y nos seguiremos jugando hasta que se conforme la Legislatura, es el fundamento liberal de nuestra democracia, no la democracia en sí. Lo cual, por cierto, es mucho más grave.

Pero, ¿qué es el liberalismo? No existe un consenso robusto sobre una idea de liberalismo compleja y rica (y quizá sea muy poco liberal buscar algún tipo de unanimidad en ello). El consenso se da sólo con respecto a algunas cosas: (1) el liberalismo es una doctrina política, no moral; (2) el liberalismo se correlaciona de manera fortísima con la pluralidad; (3) el liberalismo es la manera de llevar a la práctica la defensa de los derechos humanos y las libertades civiles; y (4) el liberalismo no implica necesariamente el individualismo (el comunitarismo puede ser visto como una corrección y no una opción distinta al liberalismo), ni excluye una defensa y preocupación por la igualdad (se puede ser liberal de izquierda, como sucede con la socialdemocracia).

Así, el liberalismo en un sentido parco es una posición política que afirma que los individuos deben tener la posibilidad de perseguir su propio proyecto de vida de la mejor manera posible sin interferencia del Estado. Así, el liberalismo tanto se fundamenta como posibilita la pluralidad: que las personas crean, deseen, persigan y se interesen por cosas distintas. Virtudes como la tolerancia o el reconocimiento son claves dentro de la política liberal, y la política liberal quizá mejor entendida no sólo valora la libertad, sino la igualdad y la fraternidad. Deseamos poder perseguir nuestro propio proyecto de vida e, idealmente, deberíamos valorar que todas las personas puedan hacerlo de igual modo: para ello, se dice bien, se requieren de los medios necesarios, los cuales se pierden en sociedades muy desiguales.

En este punto podemos preguntarnos sobre el fundamento del liberalismo, y al hacerlo podemos hacer una distinción muy importante. Hay liberales optimistas: son personas que piensan que el fundamento del liberalismo radica en que una democracia liberal es la única que permite un estado de bienestar y un esquema de libertades en aumento que comparte de manera igual toda la ciudadanía. Así, los liberales optimistas piensan en todo lo que posibilita una configuración política liberal y democrática, y ahí fincan el fundamento y justificación de este régimen político. Pero también hay liberales pesimistas. El ejemplo más claro lo dio Judith Shklar, quizá la pensadora política más aguda del siglo pasado (incluso por encima de John Rawls y Hannah Arendt). Para Shklar el fundamento del liberalismo debe ser el miedo: el miedo a que, como en el pasado, quien tiene el poder abuse de él en perjuicio de la ciudadanía. Si el miedo es el fundamento de la democracia liberal, nos preocuparemos, antes de echar el vuelo hacia un estado de bienestar, por construir instituciones que impidan que nuestros gobernantes en turno abusen de su poder. Nos preocuparemos por un arreglo institucional que bloquee los intentos de que una persona o un grupo de personas tengan todo el poder, o el suficiente para socavar este mismo arreglo institucional. Ya que los cimientos sean sólidos, el objetivo, claro está, es construir dicho estado de bienestar, pero no antes.

Mi lectura de estas elecciones es que no hemos sido suficientemente pesimistas, y esa falta de pesimismo puede jugarnos en contra los siguientes tres años. Algunas y algunos creen en la honestidad y dan su confianza sin cortapisas a un líder carismático que no conciben capaz de abusar de su poder. Otras y otros desean que comencemos a construir ese estado de bienestar sobre los frágiles cimientos de nuestra joven democracia, y se preocupan poco por apuntalar los cimientos de nuestras instituciones y afinar el arreglo institucional. Por último, otras y otros, como es mi caso, estamos seriamente preocupados porque una persona tenga demasiado poder. Demasiado poder en tan pocas manos nos parece, creo que justificadamente, peligroso. Mi mayor deseo, mientras escribo estas líneas, es que los resultados y los arreglos políticos posteriores distribuyan de manera más amplia el poder en México. Mi deseo, también, es que nuestras frágiles instituciones (las que siguen aún con vida) resistan los embates autoritarios del ejecutivo.

 

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