El sector aspiracionista (y clasista) de la clase media mexicana/ A lomo de palabra - LJA Aguascalientes
31/01/2023

… desde luego una recepcionista que

no hace otra cosa… que contestar teléfonos,

no puede recibir el mismo salario por pintarse los labios,

que una directora creativa que con sus ideas vende

no sólo millones de paquetes de pan Wonder,

sino, lo que es más, vende aspiraciones, ilusiones y formas de vida.

Fernando del Paso, Palinuro de México

 

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Otra vez, AMLO ha concitado tremendo borlote en el ágora… Hablo del jaloneo que desató al afirmar que un sector de la clase media padece aspiracionismo. Además de la turbamulta que sin falta crítica desde siempre todo lo que dice o no dice y hace o no hace López Obrador, otras voces se han sumado al debate público en torno al asunto, en algunos casos porque, evidentemente, la crítica del primer mandatario caló hondo. Así, por ejemplo, Anamari Gomís publicó “Mitos y fantasías de la clase media” (La Crónica; 16/6/2021). Si bien discrepo de casi todas sus opiniones, debo agradecer doblemente a la doctora su texto: le doy gracias, primero, porque recordó al sociólogo Gabriel Careaga, y, segundo, porque me ayudó a ver con nitidez uno de los motivos por los que algunos clasemedieros detestan al presidente.

 

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El preceptor más importante que tuve en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM (FCPyS) fue Gabriel Careaga Medina (1941-2004). Para ello, intervino la fortuna. Entonces –no sé ahora– uno escogía a sus profesores, salvo en el primer semestre, cuando al azar quedabas inscrito en determinado grupo. Así me tocó a Careaga en Teoría Social I, una de las materias del tronco común para los alumnos de las licenciaturas en Administración Pública, Ciencias Políticas, Relaciones Internacionales, Ciencias de la Comunicación y Sociología. En su primera clase –no recuerdo que ningún otro docente llegara invariablemente de traje, corbata y gabardina–, después de presentarse muy formalmente, nos pidió que levantáramos la mano quienes estuviéramos inscritos en Sociología…

–Los demás no me interesan; están perdiendo el tiempo.

Menos de diez alzamos la mano, una pobretona minoría entre más de cien almas. Considerando lo que acababa de decir, supuse que vendría una felicitación, una bonita arenga…

–Este país no requiere más de cinco sociólogos. Yo soy uno de ellos. Ustedes serán desempleados.

Yo era entonces un mozalbete enjundioso y sobradamente irreflexivo, así que pedí la palabra:

–¿Es usted, además de un buen sociólogo, un buen maestro?

–Por supuesto, de los mejores.

–Luego entonces, está usted obligado a que lo superemos y lo dejemos sin trabajo.

En esa misma sesión, luego de dictarnos la lista de unas cuarenta lecturas que, como mínimo, tendríamos que hacer si no queríamos reprobar, nos dijo que él no regalaba calificaciones, que pediría tres ensayos a lo largo del curso y que, independientemente de lo que en ellos asentáramos, no iba a acreditar a nadie que escribiera con faltas ortográficas, porque, si no lo habíamos notado, estábamos en la UNAM…

–Quedan dos días para pedir cambio de grupo. El trámite se realiza en Servicios Escolares…

En pos de derroteros académicos menos peliagudos, la estampida se abalanzó hacia la puerta. Nos quedamos unos veinte inconscientes. Más de la mitad reprobaría. Al siguiente semestre nos inscribiríamos a Teoría Social II con Careaga unos diez. Sus clases, siempre divertidísimas; pletóricas, atiborradas de referencias bibliográficas y fílmicas, de anécdotas y chismes; era ocurrente, avispado, ácido, mordaz, provocador… 

–Seguramente ninguno ha leído Memorias de Adriano, de la Yourcenar… ¡Qué va!, si acaso leyeron un resumen de Pedro Páramo en la secundaria… No pasan de los Platícame un libro de Severo Mirón…

Careaga era un lector voraz –además de su biblioteca, resguardaba la de su expatriado amigo, el novelista Gustavo Sainz–, enciclopédico y refinado, a quien le molestaba casi al punto del asco la vulgaridad intelectual de la gran mayoría de sus pupilos. A Teoría Social III nos inscribimos con él ya sólo cuatro…; un lujo. Después de una de sus típicas alharacas histriónicas, una tarde me preguntó quién consideraba el mejor escritor mexicano; contesté lo que sigo pensando:

–Carlos Fuentes.

–¡Oiga, pero él no cuenta! Rico-rico, guapo-guapo, inteligente-inteligente… ¿Así quién no? ¡Cuando era un crío Reyes lo sentaba en sus piernas y le leía la Ilíada!

Aunque Mitos y fantasías de la clase media en México (1974) era ya un imprescindible –entonces yo sólo había leído Biografía de un joven de la clase media (1977)–, Careaga jamás cayó en la bajeza de obligar a sus alumnos a leer sus libros. Terminado el tronco común, nos seguimos frecuentando, y la teoría de clases –“No hay Sociología sin teoría de clases”– y su análisis de la clase media mexicana fueron temas reiterados de lecturas y conversación; realmente me regaló un invaluable seminario de más de dos años. Amable, sin invitación mediante –el trance no me parecía particularmente significativo–, se apersonó en mi examen profesional, con todo y que recusaba mi decisión de haber cambiado el tema de tesis –inicialmente trabajé un análisis de la clase media a partir de la literatura de la onda, y terminé presentando un estudio weberiano de los censos mexicanos de población–. Generoso, fue lector de algunos de mis primeros relatos. El texto de contraportada de mi libro Cuentos de mala fe lo firma Gabriel Careaga.

 

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Para mentar su texto, Anamari Gomís se sirve del título del libro de Careaga: Mitos y fantasías de la clase media –sólo le mochó el gentilicio–. Relata que lo conocía, y que tenía su libro, “porque Gabriel era mi amigo”. Asegura que a Careaga le interesaba el estudio de la clase media “con ínfulas de pertenecer a cuadrillas sociales mucho más beneficiadas en términos económicos”, y en el siguiente párrafo afirma: “A lo mejor, ahora que lo pienso, me convertí en modelo de mi amigo sociólogo”. Y hasta ahí. Concluido el preámbulo, aborda el tema que realmente quiere atender: “la perorata del presidente… en contra de la ‘aspiracionista’ clase media”.

Quienes hayan escuchado las aseveraciones del presidente habrán detectado ya el primer error: AMLO –también egresado de la FCPyS– no agarró parejo, no aludió a toda la clase media, sino “a un sector” de la misma. Quiero pensar que se trata de una equivocación y no de una malinterpretación formulada con el propósito de sumarse a quienes, mediante esta estratagema, pretenden incordiar a toda la clase media contra el presidente. No me detengo en los inexactos asertos de la doctora Gomís en materia de política-electoral –v.g.: Morena no perdió la mayoría calificada, puesto que no la tenía antes–; no es el asunto que nos ocupa.

Dice Anamari Gomís que AMLO “… arremetió contra las clases medias y acuñó el neologismo aspiracionista”. Y esto sí es un disparate. Si bien ni aspiracionismo ni aspiracionista aparecen en el diccionario de la RAE, son vocablos corrientes en la nomenclatura de la sociología, las ciencias de la comunicación, la mercadotecnia… Una sencilla consulta en Ngram de Google constata que la palabra aspiracionista aparece en publicaciones impresas desde hace casi un siglo –destacadamente entre 1930 y 1948, y durante los setentas–. Además, están vivas, como puede comprobarse buscándolas en Googlebooks. Ejemplos: Auge y ocaso de la era liberal, del argentino Nicolás Lewkowicz –“El aspiracionismo es una tendencia a creer en un progreso material lineal y sostenido.”–; Mitología del supersistema civilizatorio, de Mauricio Dimeo –“La clase trabajadora…, tiende a adquirir la ideología burguesa que promueve la meritocracia, el emprendimiento y el aspiracionismo”–; ¿Qué es ser filósofo?, de Alberto Constante –“Fueron varias las dificultades que enfrenté en mi camino hacia la filosofía, sobre todo al provenir de una familia clasemediera aspiracionista”–; Bitácora de la hoja, de Emiliano Álvarez –“Las moscas: así llamó Azuela a la pequeña burguesía, a la clase media…, aspiracionista y lambiscona…”–… En fin, abundan pruebas de que aspiracionista no es un neologismo y de que AMLO no inventó el término.

Punto seguido después, Anamari Gomís se anima a corregirle la plana al presidente: “Creo que ‘arribista’ sería la palabra, y se le quedó en algún escondrijo de la mente”. Desde 1970, arribista existe para la RAE; así que basta hallar el vocablo en su diccionario para comprender que no, no es lo mismo un arribista que un aspiracionista. Mientras que un aspiracionista pretende ser lo que cree que es quien sueña ser, y se desvive por aparentarlo, un arribista es una “persona que progresa en la vida por medios rápidos y sin escrúpulos”. Un aspiracionista desea parecer ser lo que no es. El aspiracionismo puede ser, efectivamente, tanto uno de los motores como una de las muchas tácticas que despliegan los arribistas. El Diccionario del español de México del Colmex ofrece una definición más rica de arribista: “Persona ambiciosa y sin escrúpulos que pretende subir o sube en la escala social, política o económica, por cualquier medio y sin tener verdaderos méritos.” La palabra connota, pues, un juicio: el arribista está o lucha por estar en un sitio que no le corresponde, es pues un trepador, un advenedizo.

¿Qué es lo que impele a la doctora Gomís a afirmar que AMLO no debió decir aspiracionista sino arribista? Juzgue usted. Primero concede: “… los sujetos de las clases medias pueden ser arribistas”. Como ejemplo pone nada menos que al celebérrimo personaje de Flaubert: “Madame Bovary sí es una arribista, detesta el mundo provinciano en el que vive y al final se suicida porque debe un montón de dinero”. Y enseguida, diagnostica: “Como Rubempré, Andrés López Obrador [sic], ahíto de aspiraciones, la emprendió desde Macuspana, Tabasco, para imponerse como habilidoso político”. Se refiere, claro, a Lucien de Rubempré, el protagonista de Illusions perdues, la novela de Balzac, y por supuesto que Macuspana está en el “mundo provinciano” y que eso de “ahíto de aspiraciones” se oye muy cercano a aspiracionista, que, ya dijo, debería ser más bien arribista… Por si quedara duda, en su párrafo final advierte: “… dado que es buen clasemediero, el presidente vive plenamente sus fantasías y crea sus propios mitos… No dudaría que mandara cubrir una sala de Palacio Nacional con cubiertas de plástico…”.

Observo, pues, que parte del sector de la clase media aspiracionista detesta al presidente porque lo considera un arribista, un provinciano que llegó a un sitio que no le corresponde…, con todo y sus 30 millones de votos…, lo cual, claro, es tremendamente clasista.

 

@gcastroibarra


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