Las posibilidades de lo fragmentario - LJA Aguascalientes
19/01/2022

  • Entrevista a Alfredo Lèal acerca de Las ruinas de la caza
  • El tiempo de la narración siempre es una construcción en presente, todas las novelas ocurren en un presente, la estructura de las novelas no puede ser lineal porque no estamos viendo ya un mundo maniqueo

 

Las ruinas de la caza es la más reciente novela del escritor mexicano Alfredo Lèal, coeditada por la UNAM y por Casa Editorial Abismos, una novela que nos presenta la investigación sobre la desaparición de una joven estudiante, Aïnhoa, y la relación que había mantenido con su sicólogo y con uno de sus profesores de la preparatoria. Aïnhoa, es un personaje difícil de asir, complejo, con muchas aristas, con muchos ángulos. 

La responsabilidad de la investigación sobre las relaciones de Aïnhoa recaerá en Jolene, una joven recién egresada de la carrera de Licenciatura, quien tendrá que revisar una serie de cuadernos y notas tanto de Aïnhoa como de sus profesores y de su psicólogo, pero pronto se verá envuelta en un laberinto de notas, de versiones, de contra versiones, pero recibirá la ayuda de Quiz, una joven estudiante que pasa desapercibida, pero que busca a ayudar a la resolución del enigma de Aïnhoa. Los restos de la caza es una novela intrigante, una novela que se desarrolla en varios niveles narrativos, y que se cuestiona sobre qué es la escritura, qué es la lectura. Una novela, en donde el texto, la palabra, el símbolo se convierten en elementos centrales de la discusión, del análisis. Las ruinas de la caza es una novela detectivesca en donde el discurso, la palabra, es el elemento central de análisis, en el elemento central del enigma. Una novela en donde la palabra es el enigma que hay que resolver. Hay un elemento orgánico en la novela, una pregunta que está subyacente sobre quiénes son estos personajes y está la pregunta sobre el lenguaje y lo que simboliza. 

Las ruinas de la caza es una novela que fluctúa entre los diversos personajes que la compone y sus universos narrativos, es una novela en donde el autor nos muestra las diversas posibilidades de los personajes, en un proceso de desdoblamiento temporal, generado por advertencias, por divisiones capitulares, que nos anuncian que el autor nos llevará a otras temporalidades en las cuáles también habitaron estos personajes, variables, difíciles de asir, pero que al mismo tiempo, se nos presentan en sus muchas posibilidades, en sus múltiples facetas. Nos encontramos frente a una novela que se sumerge en las posibilidades y en el enigma del tiempo, ya que el lector estará frente a una maquinaria narrativa que nos permitirá conocer, además, los diferentes personajes que pueblan la novela en distintos momentos de su propia vida, de su propio desarrollo. Las ruinas de la caza es una novela que podríamos decir que indaga en las posibilidades, en las preguntas mismas de lo fragmentario, mientras cuestiona, los límites de la narrativa. 

Alfredo Lèal es escritor, traductor, maestro en Letras Modernas por la UNAM y es autor de libros como libro Ohio (2007), Circo (2010), Carta a Isabel (2013), La vida escondida aún (2016) entre otros.

Conversamos con el autor sobre Las ruinas de la caza y nos comentó sobre el origen de esta novela: “Esta obra había surgido como un proyecto de cuento del Fonca, y de alguna manera los personajes volvían a aparecer en otras ficciones que estaba escribiendo, creo que la novela nace cuando esos personajes estaban obteniendo sentido. Fueron diez años de escritura, y mucho lo que escribí en libretas, y quería que eso quedará plasmado en la novela, que surge como una escritura impulsiva y fragmentaria”.

Javier Moro Hernández (JMH): Es una novela que tiene varias capas e hilos narrativos, y al mismo tiempo, varias preguntas. Uno de esos temas es la palabra, la lengua, y lo que se transmite a partir de la palabra. 

Alfredo Lèal (AL): Justo quiero que esa organicidad y esa cercanía y reflexión sobre el lenguaje, era algo que quería que se notara en la página impresa, y en ese sentido estuve trabajando de la mano del diseñador. Encontramos textos de Severo Sarduy en los que los textos eran casi personas, y eso era algo que queríamos hacer. En cuanto al tema del símbolo, no soy un autor que sepa hacer personajes de teatro, que son de alguna manera los personajes de la novela decimonónica, o sea los personajes que son redondos, los personajes de los cuáles te puedes enamorar en una serie o en una película de Hollywood. Creo que mis personajes no son así, porque esos personajes que son completos, redondos, no pueden tener la organicidad, son mucho más cuadrados, y es algo que no puedes tener en novelas cortas, yo intento ir a la escena directamente y sacar de ahí al personaje.

JMH: Pensaba en el personaje de Jolene, que es un personaje esquivo, al que le vemos desde distintos ángulos, pero al que nunca alcanzamos a ver de manera completa. Vemos cómo se involucra en el caso, la vemos en la escuela, un poco en su casa, pero nunca la alcanzamos a conocer en toda su amplitud.

AL: El personaje de Jolene me parece un personaje muy interesante, y quería hacer una trilogía de novelas, en donde pueda explicar y armar el rompecabezas de los casos. En esta novela es el caso de la estudiante, pero la trilogía buscará adentrarse en su personaje. Me siento hijo de autores como Faulkner, García Márquez, es decir, de novelas en donde los personajes no se van del todo, soy de la idea de Macedonio Fernández de que no se puede matar a un personaje, esta idea que está en la obra de Onetti, de Piglia, que es la idea de que haya un personaje que regrese, porque me parece bien interesante regresar a ellos con otro esquema narrativo, otro estilo, ese trabajo me parece que solo los artistas plásticos pueden hacer eso, que es retomar motivos, ideas, y hacerlo con otros lenguajes, y creo que en caso de la literatura son los personajes los que nos permiten hacer eso.

JMH: En el caso de esta novela, la forma en la que Jolene investiga la relación entre el profesor y su alumna, es a través de textos, es una investigación a través de la palabra, de los recuerdos, de las notas de Ricardo.

AL: Casi siempre las novelas de detectives tienen en el centro a un especialista, que es la idea que está en la obra de Piglia, por ejemplo. Recuerdo mucho un cuento de él que se llama “La loca y el relato del crimen”, en el que Renzi resuelve el crimen como si estuviera trabajando en un problema filosófico. Pero lo que creo que intenté hacer era que esta investigación es algo que ella no sabe hacer, ella no sabe investigar a una persona, pero lo que sí sabe es hacer es investigar textos, entonces lo que subyace es la idea que solo podemos hacer lo que realmente sabemos. Entonces Yollin tiene conocimientos literarios, pero siempre está un poco frustrada, y creo que esa situación es un poco lo que vive mucha gente que vive de la literatura, pero también eso ahonda en el tema de la novela, porque creo que no podemos hablar de que la novela tenga una resolución sobre el caso que se investiga.


JMH: ¿Cómo te acercas a una persona que es muy esquiva, pero a la cual sólo puedes acceder a través de documentos, notas?

AL: Es lo que comentábamos hace un rato, sobre el hecho de que de las personas solo vemos una parte, pero esta parte que está viendo ella, digamos que es lo que Aïnhoa quiere que se sepa de ella, porque es lo que le dice al psiquiatra, son sus notas que tiene con el profesor, al final creo que la trampa es como cuando leemos un texto literario, estamos leyendo lo que, al escritor o la escritora, quieren que leamos, no estamos leyendo la parte de lo que queda oculto. Es ahí, en donde creo que quedan las ruinas, lo que no vemos de los otros y de las otras, sino una serie de ruinas. En ese sentido, uno de los personajes importantes dentro de la novela es el personaje de Quiz, que es un personaje que, en el camino trazado por Vladimir Propp, que nos dice que hay alguien que le ayuda al héroe, hay alguien que lo entorpece, que en este caso es la escuela es la que la entorpece la investigación que está realizando Jolene, pero dentro de la escuela también está Quiz, que es quien la ayuda. Creo que además hay un tema interesante que fluye entre la lectura, la escritura, la frustración que puede ser el lazo que une a Yollin y a Inhoa, de tener mucho que decir y no tener en donde decirlas, a pesar de que hay todas las plataformas.

JMH: Jolene investiga, indaga sobre lo que le pasó a Aïnhoa a través del texto, de la literatura, está en el proceso de investigación, pero también hay referencias a autores mexicanos contemporáneos, como Gerardo Piña, Karla Zárate. Esa conjunción entre investigación y literatura me pareció sumamente interesante.

AL: Siento que mi novela es una especie de novela en donde los nombres, tanto de autores vivos y muertos, funcionarán dentro del contexto, que en efecto una charla que sostuvimos en alguna ocasión sobre Rulfo y la literatura mexicana, fue en el contexto, y el resultado de eso traspuesto ya en la novela tiene un efecto de anti canonización, o sea, más que David Miklos, por ejemplo, que es un amigo, más que un personaje, sea un símbolo, una presencia que está ahí recorriendo la novela, y además, creo que lo interesante de cómo leemos hoy la literatura, tiene que ver con los cánones y con la amplitud de la misma. Pienso en Piglia, una vez más, y esta imposición aparente de que hay que leer a Roberto Arlt. Pero cuando revisamos el canon argentino, por ejemplo en contraposición de la literatura argentina como tal, nos damos cuenta de la enorme cantidad de autores que nadie cita, que nadie recuerda, que nadie menciona, como a Juan Filloy, por ejemplo, que ahora lo cito porque me interesa también mencionar a autores vivos, para regresar a ellos, por eso regresó a la obra de autores como Miklos, Karla Zarate, Gerardo Piña, y creo que la mejor manera de hacerle un homenaje a estos autores, es ponerlos en los textos a jugar, como una especie de regresar a una dimensión real de la literatura. 

JMH: Me pareció muy interesante los desdoblamientos temporales, procesos en los que hay flashbacks en la novela, estás jugando un con lo que el lector está esperando de una novela, porque tu novela no es lineal, y el narrador aborda otras partes de la historia, que enriquecen lo que sabemos de los mismos personajes.

AL: De entrada, me parece que las novelas que se plantean estructuras lineales son muy complicadas de escribir, en el sentido de que dependen de una serie de eventos que vayan apareciendo, a la manera de las series y de los filmes norteamericanos. En ese sentido, algo que nos ayuda mucho que a entender de una manera distinta a los pares, a lo bueno – malo, bonito – feo, son justamente las rupturas temporales, porque nos permite ampliar el horizonte de significados, porque en esta lectura de binarios se nos hace pensar que una acción solo pueda ser buena o mala, a partir de las consecuencias que genera en uno o en otro relato, entonces creo que eso solo se puede lograr con rupturas temporales, porque el tiempo de la narración siempre es una construcción en presente, todas las novelas ocurren en un presente, entonces acentuar uno u otro tiempo puede ser excesivo, y que en realidad el tiempo tiene que ver más con el despliegue de los mundos que con los tiempos verbales, y creo que la estructura de las novelas no puede ser lineal porque no estamos viendo ya un mundo maniqueo, y eso lo podemos ver en el discurso hegemónico, en los productos culturales masivos, entonces creo que también hay que hacerlo también en la literatura.

JMH: Quería ahondar en la lectura y de la escritura en nuestros tiempos, que son temas que has mencionado antes, que tiene que ver con la dificultad que existe en nuestros tiempos para escribir, para contar historias de maneras que contradigan o se enfrenten a ese discurso hegemónico. 

AL: Creo que este es un asunto fundamental para entender cuál es el papel real de la pluralidad discursiva, cuál es el papel real de los que tienen derecho o no de hablar, en una sociedad que ya es de por sí una especie de constructo que se monta encima de las comunidades, que se monta encima de las colectividades, y que no permite relacionarnos con los otros. Creo que es un esquema liberal del siglo XVII, un liberalismo que funciona en donde solamente unos cuantos tienen el derecho de hablar. Es ahí en donde regresamos a nuestros inicios, como lectores, como escritores, porque tal vez uno pueda pensar que tal vez mi lugar en el mundo era otro, porque tal vez la literatura no era para mí. Pero al final del día lo importante no era eso, porque se dejan de lado muchas posibilidades de lo literario, precisamente porque el mercado tiene estas reglas. Porque las reglas de la literatura no pueden ser justas porque son reglas mercantiles, y en el mercado todo se vale. Al final de cuentas no se puede pensar la edición literaria sin la conjunción del mercado y el Estado, más allá de que las editoriales tienen apoyos directos, más allá de eso, hay una relación discursiva. Por eso el tema de la censura, que viene desde el Siglo XVII, nos habla de una censura a textos que no iban con la razón del Estado. Entonces en ese punto en donde la editorial está diciendo lo que dice el Estado y el Estado está confiando que las editoriales no publican a nadie que sea potencialmente subversivo, creo que permite verlo todo y entender todo el mercado literario.


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