México, densidad y momentum / Opciones y decisiones - LJA Aguascalientes
22/07/2021


Situados ya en la transición de lo que significa y habrá de significar el proceso electoral 2021, habremos de experimentar a partir de ahora el paso a la nueva realidad social y política de México. En efecto, sabemos bien que un acontecimiento por sí solo no efectúa un cambio, una golondrina sola no hace verano –decía Don Quijote–, mucho menos uno de naturaleza social y política.

El cambio social es necesariamente un fenómeno colectivo, es decir, debe implicar una colectividad o un sector apreciable de la misma; además, debe afectar también a las condiciones o a los modos de vida; o también al universo mental de un importante número de individuos. (Fuente: Introducción a la Sociología General, Guy Rocher, Barcelona. Editorial Herder. 1973. Traducción de José Pombo. Pp. 413ss.).

Un concepto central que nos sirve para poder entender dos temas clave a los que nos enfrenta un evento colectivo como el que estamos por vivir en esta jornada electoral, a todo lo largo y ancho del país, y cuyos efectos habremos de experimentar a partir del día lunes 7 de junio, 2021 en adelante. Dichos temas son la magnitud social o tamaño y volumen de la población a la que cubre e impacta este preciso acontecimiento, por un lado; y por otro lado, el momentum social o cantidad de movimiento y, por ende, el tiempo de afectación que registra dicho evento (si atendemos a la definición clásica de Tiempo: tempus est numerus motus, secundum prius et posterior/el tiempo es la medida del movimiento, según un antes y un después, Aristóteles. 

También queda incluida en esta referencia, la profundización de la idea de cambio social en tanto que debe ser un cambio de estructura, es decir, debe producirse una modificación de la organización social en su totalidad o en algunos de sus componentes. (Para ello, es necesario indicar los elementos estructurales y culturales de la organización social que han conocido modificaciones, y poder describir éstas con suficiente precisión). 

Me interesa mucho señalar la importancia de estos conceptos que, por cierto, provienen del trabajo científico exigido en el análisis social, y son claves para entender la significación de un hecho colectivo como el que vivimos. De tal magnitud como estamos a punto de conocer, y de tal profundidad o intensidad en la dimensión del tiempo para la historia de la mancomunidad a la que pertenecemos como mexicanos, y que habremos de atestiguar. Entendiendo que antes del evento social al que nos referimos, todavía no es posible hablar ni de magnitud ni de momentum social, puesto que estos grandes elementos del cambio ocurren única y precisamente en el curso del devenir histórico, en el que tienen incidencia. 


Con la ventaja adicional de que, una vez ocurrido el o los eventos de referencia, automáticamente, se hace patente su innegable presencia en la historia y en la sociedad de proveniencia –sea pues, México–, con un peso o magnitud y una intensidad temporal nítidamente claras, contundentes y precisas. Notas que nos informan sin equívocos acerca del cambio o transformaciones que están induciendo a lo largo y ancho de la sociedad mexicana. 

Con estas ideas centrales en mente, voy a tratar de desglosar en imágenes y significados selectos algunos referentes concretos que han ocurrido en nuestra historia y en nuestra cultura, y nos ilustran mejor acerca del cambio social, tanto en la estructura social mexicana como en la mente de amplios colectivos humanos. Sea.

Si hablamos de densidad histórica y densidad social, entenderemos mejor su significación así: 

  1. A) El solo asunto de la densidad urbana de la Ciudad de México es capaz de poner a prueba a cualquier mente que se quiera medir con ella, y sin embargo yo creo que sí existe un ejemplo notable que lo ha logrado, me refiero al memorable periodista y cronista Carlos Monsiváis. (Cfr.: Nota mía, Lja Aguascalientes. Monsiváis, “homo urbanus”. Sábado 26 de Junio, 2010). – Pasado el sismo del 19-09-85 de gran impacto en la ciudad de México, ya se le adjudicaba una excepcional ubicuidad a Carlos Monsiváis como auténticamente prodigiosa. Se presentaba ante cuanta organización social se lo pedía. ¿Cuántas brigadas de rescatistas se formaron? ¿Cuántos comités de solidaridad? ¿Cuántas concentraciones de apoyo y canalización de ayuda? Sería imposible enumerarlas. Pero de ello dio cuenta su febril omnipresencia. De manera que recordaba aquella acepción “urbana oratio” de Cicerón, o estilo pulido, tan ostensible en su crónica.

Su crónica social interminable de una ciudad que había quedado completamente desfajada, porque perdió la memoria de su cintura y con ella el sentido de su definitividad, para extenderse omnívoramente deglutiendo pueblos de indios remisos sin catecismo, o de pachucos y cholos tan dicharacheros como ladinos y remilgosos, característica que lo hacía encajar en el dicho “Os urbanum” de Quintiliano, como “aquel que agrada con expresión ingeniosa”. Su otra faceta, un infatigable afán por la lectura que hizo de su casa habitación un archivo en construcción sempiterna, sin fin, sin principio, un repositorio cíclico de papel, tinta, letras e imágenes, aun de luchadores con capa y máscara. Su otro maravilloso sentido de orientación para absorber información a velocidades de nanosegundos, incluso en un vuelo comercial, y eso que nunca lo vimos fotografiado tecleando una laptop o un móvil, le aplica con toda justicia aquella expresión latina “urbani recentes”, o ‘gente a la moda’, en la expresión de Varro. Pero sobre todo si contemplamos su absorción monástica en los complejos circuitos de su privilegiado cerebro, que componían bloques de información capaces de infartar a cualquier otro incauto, lo hacía resistir la densidad de tráfico que circulaba por sus excepcionales sinapsis neuronales. Y gracias a ese equipamiento pudo dar cuenta de la densidad urbana de la Ciudad de México. Así fue –para mí- el “homo urbanus”, Carlos Monsiváis.

  1. B) Otra forma de intentar medir la densidad de un fenómeno social sería, por ejemplo, establecer una proporción entre el número de policías requeridos para garantizar la seguridad pública de una zona urbana determinada. Ante cuyo reto, ensayaré de lograr una imagen visual de lo que ello representa, refiriéndome al gran mimo de México, Mario Moreno, Cantinflas, y como referente a su ya clásico filme El gendarme desconocido. (Nota mía: LJA Aguascalientes. “El Gendarme Desconocido”. Sábado 20 Marzo, 2010).

El título alusivo de este artículo se refiere a la simpática película de Cantinflas, que fue realizada en el año 1941, bajo la dirección de Miguel Delgado, en que fue acompañado por Mapy Cortés, Gloria Marín, Julio Villareal y Agustín Isunza; con guión de José F. Elizondo, música de Rafael Hernández y fotografía de Gabriel Figueroa. Escenas que en el fondo evocan nuestro imaginario colectivo, en el sentido del deseo por un estado de seguridad en el barrio, la protección de nuestras personas queridas y la defensa del patrimonio de familia.

Más tardíamente en el México contemporáneo, el término de policía actual sustituyó al de gendarme, que era más apegado y copiado de la rancia organización pública francesa. Y fue gracias a un sondeo estadístico realizado una década atrás, (Ver: Consulta Mitofsky, “¿Cómo se Siente el Mexicano?”, Cambio de año 2009-2010), que logramos tener un referente de la importancia de la densidad policial versus seguridad ciudadana. Conocimos, en efecto, como expectativas de los mexicanos para el año 2010, que el 58% opinaba que será un mejor año, 5.6 puntos porcentuales por abajo del año anterior. Y como un tercer rubro en importancia, la gente afirmaba que lo más importante que le podía pasar a México era que se disminuyera la inseguridad, este justo anhelo ubicado inmediatamente debajo del concepto de que mejorase la economía y que saliéramos de la crisis. A nivel regional, Aguascalientes dentro de la Región Bajío opinaba con un alto 22.1%, por encima del Norte (8.1), Centro (13.0) y Sur-Sureste (10.7), que esperaba menos delincuencia en su esfera de influencia. Lo cual es muy ilustrativo de cómo este tema se había convertido en un objetivo de tercer nivel de importancia, para nuestra convivencia social. Esto en el mundo real. En el mundo ficticio de película tendríamos otro tipo de datos, aunque igualmente sugerentes. 

Y volveríamos a la pregunta: ¿Cuántos policías son suficientes para brindar seguridad pública a una población? De acuerdo con estándares internacionales, se conoce que debe haber 10 policías por cada 1,000 habitantes. Y teníamos que, en Aguascalientes, para el año 2005, la fuerza policial del municipio constaba de 1,609 elementos, de los cuales 1,311 estaban destinados a tareas de seguridad y 298 a labores de tránsito. Descontando a los comisionados, que para seguridad eran 109 elementos y 23 agentes de tránsito, -asignados para trabajo de escolta de comandantes y de funcionarios-; resulta que, al final, tendríamos una fuerza operativa de 1,288 elementos efectivos, lo que implica que 429 elementos eran los que estaban disponibles, por turno, sin considerar las ausencias por enfermedad o por permisos. En obvia contradicción y distancia con el índice internacional de mejores prácticas de 10 policías por cada mil habitantes.

Y como insuperable imagen visual, nuestro querido actor humorístico logró personificar esta imagen gendarmeril con el desparpajo, el reborujo y los disparates de gendarme protagonista, su permanente desmitificación de las figuras de autoridad, de los corporativos policiales mismos, de sus legendarias instituciones, sus peculiares métodos de capacitación, de adiestramiento y enseñanza y, finalmente, su propuesta de prototípico y entrañable testimonio de servicio a la comunidad. Un ideal mítico de equilibrio en el tema de la densidad social.

 

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