Periodismo ciudadano/ Bajo presión  - LJA Aguascalientes
20/09/2021


“El criterio de la verdad es haberla fabricado”, escribió Giambattista Vico, recuerda Mario Vargas Llosa en el prólogo a La señorita de Tacna. El premio Nobel constantemente hace referencia a la verdad de las mentiras en la construcción de las historias de la ficción. No ha faltado quien critique al escritor por el simple hecho de señalar que escribir implica mentir.

Vargas Llosa hace una distinción entre la verdad de las mentiras en la literatura y el periodismo, pues si bien ambos están compuestos de palabras, son “sistemas opuestos de aproximación a lo real. En tanto que la novela se rebela y transgrede la vida, aquellos géneros no pueden dejar de ser sus siervos. La noción de verdad o mentira funciona de manera distinta en cada caso. Para el periodismo o la historia la verdad depende del cotejo entre lo escrito y la realidad que lo inspira. A más cercanía, más verdad, y, a más distancia, más mentira. Decir que la Historia de la Revolución Francesa, de Michelet, o la Historia de la Conquista del Perú, de Prescott, son «novelescas» es vejarlas, insinuar que carecen de seriedad. En cambio, documentar los errores históricos de La guerra y la paz sobre las guerras napoleónicas sería una pérdida de tiempo: la verdad de la novela no depende de eso. ¿De qué, entonces? De su propia capacidad de persuasión, de la fuerza comunicativa de su fantasía, de la habilidad de su magia. Toda buena novela dice la verdad y toda mala novela miente. Porque «decir la verdad» para una novela significa hacer vivir al lector una ilusión y «mentir» ser incapaz de lograr esa superchería.

Para contar historias es necesario mentir para rellenar los huecos; mentir para transmitir la visión subjetiva de quien fue testigo de un hecho; el lector no se queja de esa invención en la novela o el cuento, acepta la convención y en esa medida reconoce la maestría de quien escribe para tender los puentes necesarios que cohesionen la anécdota; en cambio, a los reporteros, cada vez con mayor frecuencia se le exige que no mienta, que no invente, en nombre de una mal entendida “objetividad”.

La única forma de hacer buen periodismo es contar la historia con una perspectiva que anhele proporcionar la mayor cantidad de detalles y sus consecuencias, lo que no se puede hacer sin la intervención del reportero, ya sea como hizo al desaparecer Truman Capote en A sangre fría, o presentándose en el centro de lo que ocurre, como en cualquiera de las entrevistas de Vicente Leñero o Carlos Monsiváis.

Gracias a los avances tecnológicos, el mal llamado periodismo ciudadano ha tenido un repunte considerable, ahora ya cualquiera que tenga un teléfono inteligente puede sentirse reportero; por el desarrollo de las redes sociales, y también una mal entendida democratización de los espacios, hay muchos que creen que todas las opiniones valen lo mismo; levantar la cámara y opinar, oprimir un botón y transmitir contando lo que se ve, no es periodismo, sólo es estar ahí y hablar, para considerarse periodista hace falta el ejercicio constante de la autocrítica y las consecuencias morales del proceder ético.


Contar historias con perspectiva de género, erradicar los prejuicios del clasismo, la desigualdad, someter nuestro juicio a aquello que mayores beneficios traiga a la función social principal del periodismo, es un ejercicio a la que se entregan los verdaderos reporteros, en ocasiones auxiliados por sus editores, siempre en un constante cotejo de su visión con la de los otros miembros de la redacción. 

El reportero solitario que se disfraza de ciudadano indignado para decir su verdad, trabaja para solucionar sus enojos o inconformidades, se le olvida que debe informar al público, no complacerlo ni molestarlo; el reportero fogueado todos los días en la ética periodística que tiene el propósito de enfrentar al lector con la historia, sabe para qué y para quién trabaja.

Las historias bien contadas no pueden ser objetivas, porque eso transformaría el relato en un listado de hechos, una simple cronología sin contexto; para el periodista, la objetividad debe ser una aspiración constante, no un obstáculo para informar al público.

Coda. “Todo lo que cuento aquí son hechos, lo que no significa que sea la verdad, pero sí todo lo que puedo aproximarme a ella. El periodismo, sin embargo, nunca puede ser del todo puro, como tampoco lo es una cámara; después de todo, el arte no es agua destilada: las impresiones personales, los prejuicios, la selección que uno mismo hace, contaminan la pureza de la verdad sin gérmenes.”, de Color local, un reportaje de Truman Capote sobre la gira por Rusia de la compañía Everyman Opera representando Porgy and Bess.

 

@aldan

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Director editorial de La Jornada Aguascalientes
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