El agua y el Calentamiento global/ Cátedra - LJA Aguascalientes
23/10/2021

Si el clima fuera un banco, ya lo habrían salvado

El pueblo Danés contra las potencias, 2009

 

CALENTAMIENTO GLOBAL. Muchas cosas quedaron por decirse en la serie El Agua y Jesús Terán. Lo que ocurre es que ya se había dicho lo esencial y no me pareció conveniente prolongarla. Lo que sigue está presente a lo largo de la serie, pero aquí expreso ideas complementarias que pueden ser de utilidad para los amables lectores.

ECOLOGÍA. La escasez del agua potable y su progresiva contaminación con metales pesados debida a la extracción cada vez más profunda, cuyo consumo provoca padecimientos desconocidos para quien desconoce también este dato, no es un problema exclusivo de nuestra provincia. 

Es parte del deterioro ecológico general al que está siendo sometida la Tierra (es decir, la destrucción de nuestra propia casa que es el planeta que habitamos y no tenemos otro) deterioro provocado por nosotros mismos, los seres humanos, que al utilizar de manera equivocada los avances del “progreso” científico y tecnológico de la Revolución Industrial, a partir del siglo XVIII hemos estado alterando su equilibrio ambiental, al grado de que a finales del siglo XX nos estalló el fenómeno mundial conocido como Calentamiento Global con los gases de efecto invernadero, cuya gravedad todavía no hemos podido asimilar como género humano.

Sabemos que la Ecología (de oikos=casa y logía=estudio de) es la materia encargada de estudiar la biósfera, es decir, la parte del planeta Tierra en la que es propicia la vida de plantas y animales gracias al clima ideal, que depende de ciertas características favorables: humedad media, sin calor ni frío extremos, altura sobre el nivel del mar, etc. Y que si por alguna razón se pierde el equilibrio que debe existir para que la vida continúe desarrollándose en buenas condiciones, ésta empieza a deteriorarse hasta desaparecer. 

“El agua es la fuerza motriz de toda la naturaleza” Decía Leonardo Da Vinci, siempre certero. Sabemos bien que el agua es el “elemento vital”, es decir, del que proviene la vida que comenzó en este planeta cuando aparecieron los mares; al irse formando los continentes se inició el ciclo de la lluvia gracias al fenómeno de la evaporación del agua de mar –convertida en potable porque las sales no suben con el vapor– que transportada por las nubes arrastradas por el viento la derramaron sobre la tierra, fertilizándola para dar lugar a la aparición de especies, primero vegetales y luego animales, después de lo cual regresa al mar por medio de los ríos para iniciar un nuevo ciclo, hasta ahora permanente.

En este caso, el equilibrio que más importa es el de la conservación, en condiciones óptimas, del agua potable suficiente para sostener la vida de todos los organismos existentes en el territorio –nicho ecológico– de que se trate. Si ésta desaparece o pierde su característica de potable, la vida necesariamente desaparece al carecer de ella. 

Esto debemos meditarlo con toda seriedad, ya que nadie más que nosotros somos responsables de lo que ocurra; porque si el agua potable es creadora de vida, su ausencia significa muerte. 


Para reforzar la comprensión del problema en nuestro ámbito estatal, repasemos en forma breve y panorámica nuestra historia:

AGUASCALIENTES. Cuando los españoles llegaron a nuestro territorio en el siglo XVI siguiendo la pista de los yacimientos de plata, se asentaron primero en el mineral de Asientos y después en el valle que era idílico por su vegetación, cerca del río que en aquel entonces llevaba muy buen caudal de agua, empezando por construir un fuerte para defenderse de los ataques de los naturales ante la invasión de que eran objeto –fuerte que posteriormente quedó en el centro de la villa que se fue desarrollando–; al sur pasaba un arroyo –ahora avenida López Mateos– y del otro lado había un asentamiento náhuatl, porque no eran nómadas salvajes como decían los españoles, pues tenía un cu o templo sobre el cual –imagino porque es lo que generalmente ocurrió en la conquista y colonia– se construyó posteriormente el templo de El Encino. 

El nombre que le asignaron a ese primer vecindario español fue el de Aguascalientes –probablemente traducido del náhuatl Atotonilco que seguramente le habían impuesto nuestros antepasados originarios– compuesto de las raíces atl (agua) totonil (caliente) y co (lugar), cuyo significado es lugar de aguas termales, nombre que en otras partes de la Nueva España se conservó en su forma original hasta la fecha.

Y tanto en la colonia como en la Independencia, la Reforma y la Revolución, nuestros baños termales, que atrajeron a mucha gente que venía a disfrutar de ellas en las épocas de vacaciones y durante la Feria de San Marcos, o inclusive con prescripción médica por sus propiedades medicinales, existieron en diversas partes de nuestro territorio hasta mediados del siglo pasado, para ir desapareciendo conforme fue bajando el nivel de los acuíferos por la excesiva extracción de los pozos profundos en rápido aumento, hasta extinguirse totalmente.

Fue la época, también, en la que nuestros padres tuvieron que adquirir calentadores que funcionaban con aserrín y otros combustibles similares, porque la red de distribución de agua, de toda la ciudad, empezó a dejar de ser surtida por el manantial de Ojocaliente.

AGUAS. Aguascalientes dejó de ser un atractivo turístico por sus aguas termales al perder así, la parte de su nombre que le daba la calificación: CALIENTES.

LOS RÍOS. Con estos pasó algo similar y con una anécdota creo que es suficiente para describirlo: el río Aguascalientes –que ingresa de Zacatecas a nuestro Estado con el nombre de San Pedro por nacer a unos cuantos kilómetros de ella, en San Pedro Piedra Gorda; y también ha sido llamado Santiago porque ingresando en Jalisco vierte sus aguas en el río Verde, afluente del río Santiago–. Este era el mayor río que teníamos. 

Las condiciones ideales del paisaje aguascalentense, lleno de vegetación no solo en las tierras húmedas sino también en las semidesérticas, nutridas de nopaleras y magueyales, lo convirtieron en el granero de Zacatecas, donde toda la mano de obra estaba dedicada a la minería.

El negocio era redondo: Aguascalientes surtía de alimentos vegetales y animales de toda índole y Zacatecas pagaba con plata contante y sonante.

Nos contaba mi madre que todavía hacia 1920, en las crecidas veraniegas, el nivel del agua llegaba desde la parte posterior de la antigua capilla del rancho familiar El Maguey, hasta las “playas” del rancho de Valladolid –ambas comunidades en el municipio de Jesús María– distancia que significa, aproximadamente, un kilómetro; ese era, nada menos, lo que medía el río en las crecidas: un kilómetro de ancho.

La alameda que había cercana al río era un vergel que se convertía en el escenario de reuniones festivas de toda la familia especialmente en la celebración del “santo” de mi abuelo Rafael, amenizadas por Los Ratones de San Francisco de los Romo y un conjunto de pirekuas michoacanas, a las que llegaron a asistir  personajes como Manuel M. Ponce y Alfonso Esparza Oteo.

Vaya a verla usted ahora; no solo donde estaba la alameda; toda la arena del lecho del río –de todo el río– fue saqueada por las constructoras para sus obras en la ciudad de Aguascalientes, que terminó convirtiendo esta pequeña ciudad, que hasta entonces había respetado una de las zonas agrícolas más ricas del Estado, en una megalópolis que, a manera de gigantesco comal de cemento y pavimento rechaza, hirviente, cualquier amenaza de lluvia. ¿Qué fue lo que pasó?

El primer ataque severo contra nuestro río, lo dio la familia Güggenheim, que redujo su caudal con la Fundidora entre 1894 y 1818, que gracias a la violencia revolucionaria se fue dejándonos su basura pero el caudal recuperó su nivel. El segundo severo fue la presa Calles, terminada de construir en 1928. Este sí fue permanente. Pero el definitivo fue la salvaje perforación de pozos profundos.

El hecho es que actualmente, el río no existe. Y en su paso por la ciudad de Aguascalientes ya incluso fue entubado y por allí circulan las aguas negras. En eso acabó nuestro río.

Por tanto, la cuenca hidrológica Nº 1 del Valle de Aguascalientes, cuyo corazón era el río Aguascalientes, ya no existe. Y en una situación no tan dramática pero muy parecida, están las otras 4 cuencas del Estado: la Nº 2 del Valle de Chicalote; la Nº 3 de El Llano; la Nº 4 de Venadero; y la Nº 5 del Valle de Calvillo. 

Tienen que contarse porque existe la morfología orográfica de las cuencas con el lecho de los ríos… pero mucho me temo que secos en su totalidad. Y tienen que contarse como acuíferos, porque todavía existe agua en los depósitos subterráneos que cada vez descienden más por la brutal extracción que se hace por medio de bombas hidráulicas, como las eficientes neumáticas o centrífugas.

¿Qué pasará cuando ya toda el agua que se extraiga sea de profundidades superiores a los 600 metros y solo se nos entregue saturada de metales pesados?

Tal vez lo único que tendríamos qué hacer –para no dejarnos llevar por la tragedia– sería cambiar el nombre de nuestro Estado por el de AGUAS FRÍAS Y CONTAMINADAS.

RÉGIMEN PLUVIAL. Porque ya solo dependemos del agua que llueve. Antes, cuando el campo tenía árboles y plantas silvestres aunque fueran de tipo desértico y no vivíamos en una plancha de concreto, llovía en forma irregular durante el año, pero en forma y con seguridad cotidiana de Junio a Agosto. Eso se acabó; los campesinos ya no saben a qué atenerse para los cultivos de temporal y los higrómetros no nos han vuelto a dar resultados similares a los de antaño. Solo dependemos de lo que nos alcance a llegar de los huracanes y tormentas tropicales.

LA POBLACIÓN. La forma no solo explosiva sino desordenada con que nos hemos multiplicado casi 15 veces del año 1900 (100 mil habitantes) a (1 millón 400 mil habitantes) en el año 2020.

¿QUÉ HACER? Esa es la pregunta que tiene que contestar la investigación técnica y sociológica que se realice para resolver el problema de la falta de agua potable que, como se ve ya estamos enfrentando, pero que al agravarse podría provocar una situación tan crítica que no queremos ni imaginar.

Si la ciudadanía decide actuar para participar activamente en la solución en consonancia con la lucha contra el calentamiento global que implica otras medidas como la de cancelar el uso del motor de combustión interna, de la gasolina y demás combustibles y venenos que están destruyendo nuestro medio ambiente, se realizará la investigación y se aplicará con resultados de seguro positivos; pero si decide no actuar y cerrar los ojos para no ver lo que está pasando, por más estudios que se llevaran a cabo el futuro de nuestro Estado sería catastrófico a mediano plazo.

JESÚS TERÁN. En todo caso, los Amigos de Jesús Terán reiteramos que este esfuerzo está dedicado a la sociedad aguascalentense, porque hicimos lo posible por apegarnos a las enseñanzas y principios que con su manera de actuar nos legó. 

Y también como un homenaje a Jesús Terán por el año del Bicentenario de su Natalicio, para el que no hubo ni siquiera un intento de programa oficial. Pero si la sociedad le da utilidad a nuestro trabajo en su propio beneficio, con eso sabríamos que Jesús Terán quedaría totalmente satisfecho y nosotros con él.

 

“Año del bicentenario del natalicio de Jesús Terán”

Por la unidad en la diversidad

Aguascalientes, México, América Latina

 

[email protected]


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