El sueño de Babel VI/ La chispa ignorante  - LJA Aguascalientes
18/10/2021

La lengua, como la sociedad, evoluciona. Hay diferentes niveles dentro de la misma que son más susceptibles a cambiar, lo que significa que es más fácil que las personas adopten ese cambio. 

El nivel más superficial sería el semántico, el léxico, las palabras que utilizamos. Es fácil comprobar esto, sólo basta con ver alguna película doblada al español de hace 30 años. Lo que escucharemos lo entenderemos sin problemas aparentes, aunque habrá palabras que nos lleguen a llamar la atención. También se puede tener una conversación con alguien de una o dos generaciones arriba de nosotros. La elección de palabras que usamos y que usan varía. A pesar de que todos hablemos español, la realidad es que generacionalmente es diferente. Tal vez el mayor ejemplo es la palabra “wey”, que desde mi generación y hacia abajo, es algo común, llegando a sinonimar la palabra “amigo”, “tipo”, o “sujeto”. Sin embargo, en la generación de mi madre o de mis abuelos, esa palabra era una grosería, un insulto grave, que según me cuentan, podía acabar en los golpes.

Este cambio superficial también se observa en las palabras tabú. En nuestra sociedad no las palabras que tienen que ver con el sexo no las tocamos con la lengua, decirlas es casi pecado, una ofensa a los oídos en las que caen. De ahí que uno de los campos semánticos más ricos a partir de las palabras tabús sea el sexual. Sinonimamos palabras para que signifiquen pene o vagina, senos o nalgas sin ningún problema, como si el sonido, no el significado, insultara. De ahí también viene la riqueza de los albures, aunque en este caso sea con un toque de comedia y diversión, no de evasión.

Creamos palabras para evitar otras y también creamos palabras cuando existen nuevos objetos en el mundo. No existía la palabra internet antes de que existiera, aunque fuera en la imaginación, de una persona. Lo mismo palabras de descubrimientos. América como continente no tuvo nombre hasta que alguien leyó el mapa creado por Américo Vespucio y se refirió a ese pedazo de tierra como América. 

La creación de palabras es algo cotidiano. De hecho, nacen primero en el habla, luego, si son aceptadas pueden pasar a la escritura, al papel, a la pantalla. Y una vez que llegan a este punto, es que adquieren prestigio y nadie las niega en su contexto.

En su diccionario en línea, Merriam-Webster tiene una aplicación en la que te indica las palabras que fueron impresas por primera vez en el año de tu nacimiento (en inglés), palabras que uno pensaría son nuevas, pero no. Por ejemplo, según Merriam-Webster la palabra ciberseguridad fue impresa por primera vez en 1989, cuando el internet apenas comenzaba a existir en universidades o el ejército. Una palabra que ahora es primordial y que pensaríamos nueva, tiene más de 30 años de existencia.

En los cambios del lenguaje, el nivel más difícil de modificar es el de la morfosintaxis. Cambiar el orden de las palabras en una oración es suicida. Nadie lo entendería y fallaría la comunicación. Sin embargo, este cambio se da, lentamente, a lo largo de los años. Si volteáramos a ver el latín, observaríamos que este no tiene artículos. No hay “el, la, los, las” en el latín, y en cambio tiene declinaciones, algo que se perdió en el español.

Por lo mismo que es el nivel más profundo de la lengua es el primero que nos molesta cuando cambia súbitamente, cuando se modifica suena extraño, como un error cometido a propósito. Pero a golpe de repeticiones es que nos acostumbramos a esos mismos cambios. También juega la imaginación en estos cambios. ¿Por qué digo que juega la imaginación? Porque hay palabras que son en sí mismas plurales, aunque sintácticamente no lo sean, siendo el ejemplo más conocido: gente. Esto es importante ya que más de una vez hemos escuchado (y hasta escrito) algo como: A la gente nos gusta comer bien. Sintácticamente es incorrecto el enunciado. La gente es singular, sin embargo, el “nos” se refiere a la segunda persona del plural. Lo más interesante es que lo aceptamos sin problemas porque en la imaginación nosotros nos incluimos en ese “gente”, formamos parte de ese todo, como si estuviera mal excluirnos de la palabra, como si su significado o lo que queremos decir en el enunciado, no nos tocara y fuéramos algo diferente.

Entonces nos damos cuenta que los errores sintácticos (u ortográficos) son algo común, las reglas están para guiarnos más que para restringirnos. Sin ellas el español se desgajaría en muchos idiomas diferentes, sin embargo, con esas reglas podemos comunicarnos con personas que hablas diferentes dialectos del español. Un mexicano le entiende a un español, un argentino a un cubano, un colombiano a un chileno.

Por ello me resulta ridículo que las personas ataquen el lenguaje incluyente “porque la gramática dice que no es así”, aunque no sepamos ni cómo funciona la gramática (que varía con el tiempo) ni para que es necesaria. Ya dije que la lengua y la sociedad evolucionan de la mano. Y actualmente la sociedad está en un proceso de aceptación de las diversidades sexuales que no se ven representadas en los sufijos –o, -a, por lo que han cambiado esos por –e o –x. ¿Es correcto? Dependiendo del punto de vista. Si eres un prescriptivista que no sabe jugar con la lengua y piensa que está escrita en piedra, es incorrecto. Si eres un descriptivista que sabe que la lengua evoluciona, varía, se fija en gelatina que está bajo el sol, entonces es un fenómeno interesante, pues no hay incorrecciones, sino posibilidades en la lengua.

El lenguaje incluyente es algo que ahora está en proceso de aceptación de la sociedad, ya sea a través de los sufijos mencionados, o también del artículo “le” o “les” o de la duplicación tanto de los artículos como de los sustantivos. Esto, como muchas cuestiones de la lengua no se puede juzgar, tampoco obligar a nadie a decirlo, sin embargo, yo veo a más personas obligando a no usarlo que a personas a usarlo. ¿Qué dice la RAE que es incorrecto? También dice que está mal decir outfit o spoiler y cuidado con decir el Internet o el covid. Pero no veo a nadie diciendo que es incorrecto y les hace la guerra diciendo que es de la “ideología del consumo”.

Dicen que el lenguaje incluyente es de la “ideología de género”, sin embargo, en la historia del español, la Iglesia católica fue la primera que utilizó esas herramientas del lenguaje que buscaban incluir a todos. Ahora simplemente reivindican su existencia tanto las mujeres como las personas de la diversidad sexual con las palabras. Y lo hacen desde el nivel más profundo, como lo están haciendo con la sociedad. Porque el cambio es siempre la norma.

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