Petra la revolucionaria, también de paradigmas / Origami - LJA Aguascalientes
18/10/2021

Hace unos días, de visita en Durango, tuve oportunidad de conocer el museo Francisco Villa, que tiene un recorrido fotográfico por la vida del revolucionario, así como algunos enseres interactivos para apreciar sus hazañas. La figura de Doroteo Arango es ensalzada por todo lo alto y con razón, dada sus destacada participación en la lucha, sin embargo, lo que más llamó mi atención en el museo, fue un fresco llamado la madre revolución, en el cual son retratados los rostros de muchas mujeres, algunas reconocidas y otras anónimas, que también formaron parte de la lucha de Villa y Zapata.

Entre esos rostros me pareció ver el de Petra, una joven viuda, a quien lo precoz de la muerte del marido no le había permitido ni que le dejara hijos que le sobrevivieran, ni los suficientes recuerdos para atarla al amor interrumpido, y así, esta mujer en cuyas venas latía la revolución, decidió hacerse parte de la guerra porque creía en esta y en el ideal de que la cosa podía ir mejor, para ella y para su pueblo. Por lo que salió de Calvillo, dejando tras de sí a su familia, sus limitadas posesiones y su futuro, para emprender una odisea en la que no era común ver mujeres, menos aún en la participación que ella tuvo, porque no, ella no fue una Adelita acompañando a su Juan, ella fue una revolucionaria del ejército villista.

Durante los años que formó parte de las filas que buscaban acabar con las desigualdades, la mirada de Petra se tornó más diáfana, parecía que haber visto las entrañas de la maldad y la bondad le habían dotado una visión del mundo totalizadora. Ahí descubrió que muchas de las ataduras están en la mente y que lo bueno, no necesariamente lo es para todos, ni en la misma medida. Petra era, como la mayoría en su tiempo, una mujer humilde, con escasos estudios, pero con mucho conocimiento de la tierra y de la vida y todo ello lo ofrendó a la revolución.

Petra contaba que en alguna de las expediciones revolucionarias nocturnas, ella y otra compañera iban atrás de la tropa, porque como mujeres, ellas iban a pie; aunque a los balazos le entraban por igual, los caballos eran reservados para los generales y que por azares del destino se encontraron con el ejército huertista y temiendo ser atacadas en desventaja, se escondieron en unos matorrales y ella solo atinó encomendarse al Santo Niño de Atocha de quien era devota y después de un rato, los rivales se habían ido y ellas pudieron seguir su camino y contar la anécdota.

Y la revolución la dejó volver a su vida, ni las descarnadas escenas que protagonizó, lograron desaparecer la efervescencia de las dos gotitas de esmeralda con que veía el mundo, ni el ímpetu con que sus piernas se asían a esta tierra, aun y cuando un balazo le había afectado una de ellas, dejándola con limitada movilidad de esa extremidad, lo que por el resto de su vida tuvo que estar curando con la herencia milenaria de las plantas, usando la sangre de grado para sanar la herida que nunca logró mejorar del todo.

La guerra es un escenario aciago para cualquiera, pero para una mujer joven, de quien se espera la dulzura, la sumisión a los cánones preestablecidos, el apego a los estereotipos, sin duda requería de un carácter vigoroso como ninguno y por supuesto, la necesidad de ser revolucionaria en el más amplio sentido de la palabra.

Después de la revolución Petra vivió un tiempo en Zacatecas, en algún lugar cercano a Jerez, donde dejó la leyenda de haber sido generosa, pues, se cuenta que encontró un tesoro y no lo conservó para sí, sino que lo repartió entre el pueblo, haciendo vida las ideas pos revolucionarias. Petra supo aprovechar bien sus dones, sabía ser fuerte y tenaz cuando había que serlo, así fuera para alimentar al ejército destazando una vaca ella sola, o ser paciente y cariñosa cuando de cocinarle a sus sobrinos nietos se trataba. 

 De Petra se dicen tantas historias extraordinarias, que pareciera que se trata de un artilugio de la imaginación que recompone al personaje maximizándolo, pero existió, fue ella, una mujer de una pieza, que escribió su historia y su camino como quiso, que se atrevió a vivir libre, sin importar ni las miradas incómodas, ni los juicios acelerados, alguien para quien las formas no impactaban al fondo, un ser humano íntegro que vivió el amor en las distintas facetas por igual: con toda la pasión de su revolución interna, una arrasadora.

 Petra logró hacer su historia personal en el ejercicio del libre desarrollo de su personalidad, siendo ella; una persona para quien no fue necesario aparecer en los libros de historia retratada, ni tener un museo en su honor, para lograr materializar toda una revolución de paradigmas.

 

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