Sin cuerpo no hay nada/ A lomo de palabra - LJA Aguascalientes
04/10/2022

Quizá Aristóteles continúe teniendo razón…

cuando afirma que el alma no es otra cosa que

la vitalidad del cuerpo, esa existencia que se perfecciona a sí misma

y que él denominó entelequia.

Hans-Georg Gadamer, El estado oculto de la salud

 

“Sin cuerpo no hay nada”, tajante, me espetó hace algunos años el Maestro de El Pueblito. Él batallaba entonces con alguna afección. Desde entonces, esas palabras para mí son un apotegma. Anoche, buscando otras palabras que durante una conversación ni él ni yo alcanzamos a recordar en dónde exactamente había pronunciado Zaratustra, encontré otras con las que Nietzsche (1844-1900) trazó la misma idea: “… el despierto, el sapiente dice: cuerpo soy yo íntegramente, y ninguna otra cosa; y el alma es sólo una palabra para designar algo del cuerpo”. Y luego, esto que sigue, algo que vaya a usted a saber si es neurociencia o poesía: “El cuerpo es una gran razón, una pluralidad dotada de un único sentido, una guerra y una paz, un rebaño y un pastor… Instrumento de tu cuerpo es también tu pequeña razón…, a la que llamas ‘espíritu’, un pequeño instrumento, un pequeño juguete de tu gran razón… Dices ‘yo’, y estás orgulloso de esa palabra. Pero esa cosa aún más grande…, tu cuerpo y su gran razón, esa no dice ‘yo’, pero hace yo” (Así habló Zaratustra).

“Sin cuerpo no hay nada”. Pretendo tener presente la verdad que expresan estas cinco palabras, sobre todo cuando menos estoy al tanto de mi cuerpo, es decir, cuando estoy sano, un estado que usualmente transitamos desapercibidamente… Digo transitamos porque es una condición efímera. Por cierto, debemos a un hombre depresivo, aquejado continuamente por una plétora de enfermedades y dolencias –erisipela, neumonía, tifoideas, alcoholismo, arteriosclerosis, accidentes cardiovasculares…–, ganador en 1953 del Premio Nobel de Literatura, la siguiente definición: “La salud es un estado transitorio… que no presagia nada bueno” –me refiero, claro, a Winston Churchill–.

“Sin cuerpo no hay nada”, y resulta que cuando algo anda mal es cuando somos conscientes de él. Hace un par de meses me hallé un libro del entrañable filósofo alemán Hans-Georg Gadamer, en el que reflexiona con lucidez atronadora en torno a la salud: El estado oculto de la salud (Gedisa, 2017, originalmente publicado en alemán en 1993). Me pareció inteligente leerlo, no sólo por la consabida sabiduría y dilatada finura del filósofo, también porque el hombre necesariamente tenía muy claro de lo que hablaba: ¡vivió 102 años! (1900-2002).


Gadamer da en el clavo al evidenciar el carácter paradójico de la salud. Frente a la enfermedad, ¿qué persiguen el paciente y el médico? Un retorno, el regreso al equilibrio inconsciente: “… la meta suprema es volver a estar sano y así olvidar que uno lo está”. ¿Y qué es eso, qué es la salud? Enorme problema resulta definirla: “Se sabe, más o menos, qué son las enfermedades… Es posible colocarlas bajo la lupa… Pero la salud se aparta de un modo muy particular. Ella no es algo que se muestre como tal en un examen, sino es algo que existe justamente porque escapa a éste.” Cierto: cuando no estamos enfermos no hay disonancias, desentonos, disconformidades, rugosidades, topes o baches… Lo más parecido a una definición que aporta el filósofo establece: “la salud es… un estado de coincidencia con uno mismo”. Otra aproximación certera: “… un no ocuparse de uno mismo, de modo de estar abierto y dispuesto a todo?” Por eso, la pérdida de la salud es siempre un golpe de conciencia, una llamada de atención imposible de desatender: ¡Tú eres tu cuerpo, aquí y ahora! No puedes desatender que te duele la muela. Tú eres tu nariz que moquea, tu pie hinchado, tu abdomen que sientes estallar…: “… la enfermedad, ese factor de perturbación, hace presente, hasta el límite de la impertinencia, nuestra corporeidad, esa corporeidad que casi pasa inadvertida cuando no experimenta una perturbación”.

No tener fiebre no es estar sano, mantener los niveles de colesterol o de triglicéridos o de ácido úrico en determinados parámetros no es estar sano…: “… pueden establecerse valores estándar respecto de la salud. Pero si uno quisiera imponer a un individuo sano esos valores estándar, lo único que lograría es enfermarlo”.

Trece ensayos integran el libro: Teoría, técnica, práctica; Apología del arte de curar; Acerca del problema de la inteligencia; Experiencia de la muerte; Experiencia y objetivización del cuerpo; Entre la naturaleza del arte; Filosofía y medicina práctica; El estado oculto de la salud; Autoridad y libertad crítica; El tratamiento y la conversación; Vida y alma; La angustia y los miedos, y Hermenéutica y psiquiatría. Gadamer atiende la salud –“…algo que no se puede hacer”– y la enfermedad desde una perspectiva hermenéutica, y, claro, coloca el lenguaje en el lugar protagónico. Discípulo y amigo de Heidegger –y a través de él, de Husserl–, autor de obras fundamentales del pensamiento contemporáneo (Verdad y método, La herencia de Europa, Dialéctica de Hegel, en fin…), desde el amanecer de su carrera como filósofo, Gadamer valoró el poder estético y hermenéutico de la conversación; La esencia del placer en los diálogos platónicos, su tesis doctoral (1922). Así que no es gratuito que en su libro acerca de la salud y la medicina dé un sitio relevante a la consulta, al diálogo entre el médico y el paciente. “El lenguaje sólo puede alcanzar su estatuto pleno en la conversación”. Y va más allá, mucho más allá: “El pensamiento es la conversación del alma consigo misma.” ¿El alma? ¡El cuerpo pasándose de vivo!

 

@gcastroibarra


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