El Círculo de Artistas de Aguascalientes/ En la paz de estos desiertos  - LJA Aguascalientes
28/05/2022

Cuando Gabriel Fernández Ledesma se incorporó como trabajador de los Talleres del Ferrocarril, junto con su amigo Francisco Díaz de León, para conocer de cerca el trabajo obrero y unirse a la “Alianza Ferrocarrilera de Aguascalientes”, uno de los primeros sindicatos de ferrocarrileros con tendencias socialistas y anarquistas, ya estaba empapado del proceso revolucionario, pero también de un asociacionismo local que aprendió y conoció en el Instituto de Ciencias, y que habitualmente buscaba en las publicaciones de profesores un medio de expresión de sus ideas.

Es así que se sumaron un profundo impulso personal revolucionario empapado de socialismo y renovada visión estética que aprendió de las revistas argentinas y españolas que llegaban a Aguascalientes o se hacían por conseguir, no sólo él, también un grupo de jóvenes que estudiaban en la Academia de Dibujo de Aguascalientes como Francisco Díaz de León.

En el Instituto de Ciencias de Aguascalientes se formaron jóvenes bajo los principios liberales de Terán y Chávez, que promovían el trabajo artesano como edificante, sumado a la idea cientificista del porfiriato con personajes como Jesús Díaz de León. En contraposición, las escuelas católicas tenían desde finales del siglo XIX una presencia importante, pero al no tener bachilleratos, las familias católicas enviaban a sus hijos al Instituto a terminar sus estudios, provocando una disputa interna que iba más allá de los padres y maestros, afectando directamente a los estudiantes. Sin embargo, la intensa actividad académica se manifestaba a través de impresos, tertulias de lectura y música, así como organizaciones estudiantiles independientes.

Jóvenes como Pedro de Alba, Ramón López Velarde y Enrique Fernández Ledesma vivieron esa disputa interna, pero también esa intensa vida literaria y artística que tenía en Jesús F. Contreras y posteriormente en Saturnino Herrán, los ejemplos a seguir más allá del ámbito local. Amigos de infancia, esta generación fue de las primeras en lograr notoriedad en la Ciudad de México y a partir de ellos las subsiguientes generaciones siguieron sus pasos.

Por su parte, la Academia de Dibujo se encontraba, como en el resto del país, formando jóvenes desde la visión academicista, lo que generó una reticencia y manifiesto rechazo a los métodos de aprendizaje que se ofrecía. Es conocido lo que al respecto dijo Francisco Díaz de León:

Confieso sinceramente que aprendí poco en aquel templo del arte, y también que las litografías de Julien, aquellas muestras ante las cuales permanecían hipnotizados meses y meses los alumnos, sólo despertaron en mí temor y desconcierto. No dibujaría ya con mi antigua libertad. Al trazo libre, espontáneo, con que solía evocar el mundo físico, le sucedía un fastidioso grafismo de líneas con gruesos y delgados que eran modulados con minucia aterradora. Fui el más mediocre entre todos los vespertinos concurrentes y desde aquellos lejanos días enemigo de las academias.

Rebeldes de las enseñanzas que les ofrecían en la Academia de Dibujo, a la cual por cierto nunca fue Gabriel, y de los cursos de dibujo, pintura y labores manuales que les ofrecía el Instituto de Ciencias, al que nunca fue Francisco y donde Gabriel estudió entre 1912 y 1915, se unieron, uno con 17 años y otro con 15, al trabajo obrero y fundaron, junto con sus compañeros de trabajo y posiblemente algunos otros amigos, el Círculo de Artistas de Aguascalientes, que aprovechó el espacio de la Alianza Ferrocarrilera y ahí establecieron su taller de pintura, que a la vez era centro de reunión para dictar pláticas semanales, escuela práctica y espacio para exposiciones.

En sus artículos constitutivos definieron una incipiente postura frente al arte, pero muy clara para el contexto en el que se estaba conformando. En sus once puntos ya podemos observar la tendencia hacia el art decó, su sistema de organización sin un líder visible, la idea del trabajo, la rigurosidad de la práctica artística a través del ejercicio constante y el llamado a la independencia artística.

Influenciados naturalmente por la revolución armada que vivía su curso y que vivió en Aguascalientes su momento más álgido durante la Soberana Convención Revolucionaria, se sumaron al discurso armado proponiendo el trabajo artístico como clave. En uno de los discursos que se dictaron en el Círculo lo hacen patente:


[…] la Revolución Artística empezó son [sic] vacilaciones y torpezas; pero con la enseñanza en el combate mismo, la juventud que la sostiene luego se encaminó por el sendero justo y ahora se puede decir que todos los pintores revolucionarios, perfectamente conscientes del papel interesantísimo que tiene que desempeñar el Arte en nuestra patria en los momentos de resurrección de vida nacional, sabrán de menos dejar encaminado el movimiento artístico a los que tengan la fortuna de llevarlos a su fin.

Este pensamiento revolucionario encaminado al papel que juega el arte en él, será el principio por el cual Gabriel Fernández Ledesma y Francisco Díaz de León trabajarán durante las siguientes décadas a través de los proyectos que emprenderá ya desde la Ciudad de México.

Tras conseguir una beca por parte del gobernador del estado en 1917, tanto Gabriel como Francisco se van a la Ciudad de México y desde entonces, no volverán a radicar en Aguascalientes, pero sí estarán profundamente vinculados a la vida cultural local.


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