Etnocentrismo, atavismo de la humanidad/ Opciones y decisiones  - LJA Aguascalientes
30/09/2022

 

El pasado domingo 15 de agosto, en cuanto el presidente afgano Ashraf Ghani dejó el palacio presidencial, su oficina y silla de despacho fue ocupada por un comandante de los insurgentes talibanes, Mullah Abdul Ghani Baradar, haciéndose así con el mando de Kabul, la capital, y convirtiéndolo a él como máximo diplomático del gobierno.

Sabemos, de esta misma fuente, que el líder supremo es Baibatullah Akhunzada, sucesor del fundador Mollah Omar, personajes mantenidos en secreto. Ocurría así una “victoria inesperada”, cuya velocidad sorprendía al propio líder: “Hemos alcanzado una victoria inesperada. Debemos mostrar humildad frente a Alá”.

Habían transcurrido apenas unos días que las tropas allí destacadas por los Estados Unidos, comenzaban su desocupación, y los hechos del colapso del gobierno auspiciado por ellos se sucedían estrepitosamente, presenciamos escenas impensables: una multitud en frenética carrera sobre la pista de despegue del aeropuerto de Kabul, rodeaba y se colgaba del fuselaje de un avión en proceso de despegue, en angustiado esfuerzo de ponerse a salvo; al tiempo que Baradar declaraba en palacio: “Ahora es el momento de probar y demostrar, ahora tenemos que demostrar que podemos servir a nuestra nación y garantizar la seguridad y la comodidad de la vida”; y allí mismo frente a palacio un grupo de mujeres –con gran arrojo, valentía y prestancia- reivindicaban sus más elementales derechos. ¿Qué había pasado hacía apenas 20 años del régimen talibán?

Me remonto al que fuera el punto de quiebra de un mundo bipolar (este-oeste) y marcara un nuevo designio global para todas las naciones, surgido del diseño instaurado por la post-guerra. Afortunadamente, para esas fechas yo iniciaba mis pininos en el oficio de escribir columnas de opinión, y contaba ya con unas tres centenas de artículos publicados; de los que extraigo las siguientes ayudas de memoria, para recuperar aquellos momentos de cambios profundos y acelerados, como habían calificado las deliberaciones del Concilio Vaticano II. Estábamos ya dando el giro del eje al siglo XXI. Dedicado especialmente a quienes vivieron su infancia en esos años. Recuperemos.

El aviso provino ni más ni menos que del mismo corazón cibernético del Gobierno Federal de los Estados Unidos. (El Heraldo de Aguascalientes. Tiempo Humano. Francisco Javier Chávez Santillán. 29/Dic./2000). E indica que preocupa a los espías del futuro, el reporte titulado: “Tendencias Globales 2015“, una advertencia que pudiera meter miedo, dado que proviene de expertos en inteligencia contratados por la CIA de los Estados Unidos de Norteamérica, dando notas preventivas sobre las no tan faustas noticias que el porvenir globalimaníaco, habría de deparar para esos próximos 15 años. 

Después de todo, las glorias y las loas cantadas en un concierto universal de voces que entronizaron el nuevo sendero luminoso de la globalización económica, parecen no ser tan coherentes con el modelito de mundo que habían prediseñado. Y lo tenemos a la vista: ricos más ricos, aunque cada vez más pocos; y pobres más pobres, pero creciendo por multitudes. Lo inédito de este aviso preventivo no tiene como origen comunicados de guerrillas enmascaradas, trepadas en las sierras o en las dunas a pelo de camello por la orografía de Asia, África, Sudeste Asiático, Los Balcanes, La Península Arábica, India, Nepal, El Tibet, los Montes Himalayas, Irak, Irán, Afganistán, Costa de Marfil; o desde Latinoamérica: la Isla de Cuba, Los Altos de Chiapas o la Selva Lacandona, Los Andes o las Selvas Ecuatoriales. Su onda de choque provino del centro neurálgico de inteligencia estadounidense.

En esto consistió el encuadre de la imagen del mundo que avizorábamos hace 20 años. Una mayoría de políticos mostraron ser fervientes creyentes del mensaje de un campeón de los medios de comunicación que fue Thomas Friedman autor y columnista del New York Times cuya visión globalizadora cristaliza en “una copa que se llena rápidamente” y de cuyos efluvios derramados, elevará a toda la humanidad por encima de los frenos del autoritarismo, de las ataduras tribales y de la guerra. (Imagen: una pirámide de copas de champaña, que llena desde la primera en la cúspide, hasta las últimas de la base). Visión que capturó la imaginación hasta de algún despistado “guerrero” de una aldea, de asemejarse a alguien exitoso como Michel Jordan. 

Como antítesis, esa visión exultante tuvo como contraparte la de otro escritor, en Robert Kaplan corresponsal del Atlantic Monthly, quien en su obra: “La Anarquía que Viene“, publicada en 1994, analizaba los estertores al término de la Guerra Fría: –frente a la prosperidad y estabilización del mundo industrializado, se presenta el colapso de muchos estados-Nación, que son en substancia reemplazados por una extraña mezcla de corporaciones trasnacionales con milicias tribales acervas; de las que habrá de sobrevenir la escasez de recursos, la globalización efectiva de males y enfermedades, y el crecimiento acelerado del crimen organizado que ocupa el vacío dejado por el equilibrio calculado de la guerra fría. – Respecto de esta dialéctica entre el optimismo de unos y el pesimismo de otros, el reporte de las “Tendencias Globales” de la inteligencia norteamericana, se cargaba un poco más al lado de la visión pesimista que de la radiante proyectada por el optimismo globalimaníaco; o más aún, del giro colmado de deseos del Presidente Clinton.


La siguiente década globalizadora deja un enorme tráfico de información, de capitales, de bienes y servicios a través de las fronteras y alrededor del mundo, lo que ha redundado en buenos negocios e innovaciones, y aun en mayor libertad política, (remember: México 1994, inicio del TLCAN/declaración del guerra del EZLN); sin embargo, también fue propicia para la expansión de los gangsters, el terrorismo y un sinnúmero de elementos patógenos. A menos de un año de la sucesión presidencial en EE.UU.A, George W. Bush (20 enero 2001 – 20 enero 2009), ocurrió lo impensable, la caída de las Torres Gemelas del World Trade Center de Nueva York, 9/11/2001.

El caso del Medio Oriente era patético, por su creciente violencia y proliferación de fundamentalismos de diversa índole. Por lo que el reporte citado, destaca la importancia de que existan gobiernos que no poseen los sofisticados mecanismos necesarios para manejar adecuadamente a los “actores no-estatales”, es decir, líderes que establecen redes de influencia, pero por encima de las naciones, como es el caso del fundamentalista musulmán, Osama Bin Laden; cuyo propicio caldo de cultivo es precisamente una creciente población de jóvenes con hambre, enfermos, desilusionados y “muy, muy enojados”.

El Presidente George W. Bush, desde el Congreso de los Estados Unidos de Norteamérica, proclamaba “urbi et orbi”, el lanzamiento de la operación militar efímeramente llamada “Justicia Infinita”, (Heraldo de Aguascalientes, Tiempo Humano, En búsqueda de sentido. 18,11,2001), el mundo entero había entrado en una fase de alerta máxima, debido a la inminente intervención militar en territorio de Afganistán. En respuesta al terrorismo como origen y como blanco que había desencadenado la Primera Guerra del Siglo XXI. Nueve días después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, el presidente George W. Bush declaró la “guerra contra el terrorismo”. En este discurso clave, el ex presidente estadounidense prometió defender las libertades en su país frente al terrorismo, pero apuntó que no era “sólo una lucha de Estados Unidos” sino más bien del mundo entero, “una lucha de civilizaciones”. Con esta nota aclaratoria: La respuesta militar al 11 de septiembre de 2001 fue denominada “Operation Enduring Freedom (Operación Libertad Duradera)“, aunque antes se había denominado “Justicia Infinita”. Dado que para los musulmanes sólo Alá puede proporcionar Justicia Infinita, y con el ánimo de no ofender convicciones religiosas se sustituyó la denominación inicial por “Libertad Duradera”. (Fuente: Universitat de les Isles Balears. https://fci.uib.es/Servicios/libros/articulos/renee/Invasion-a-Afganistan.cid222586).

Después de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, el presidente George W Bush exigió que el movimiento Talibán extraditara a Osama Bin Laden. Los talibanes se negaron a hacerlo, al igual que en 1998, tras los ataques terroristas en Tanzania y Kenia, y las autoridades estadounidenses pusieron en marcha la Operación Justicia Infinita que pronto pasó a llamarse Libertad Duradera. 

En octubre de 2001 comenzaron los ataques con cohetes y bombardeos de los talibanes.

Muchos han convenido en que el 11 de septiembre de 2001 marca el antes y el después de una nueva era. Antes de esta fecha el mundo padecía cierto aburrimiento al haber caído en el estancamiento económico, manteniendo todas las miradas fijas en los gráficos estadísticos econométricos de curvas descendentes; de pronto, sobre ese patrón milimétrico -visto a distancia- de las torres gemelas del World Trade Center de Nueva York, se estaba escribiendo un epitafio tan salvaje como espeluznante: el terror, imagen de un apocalipsis de ecos cinematográficos.

En el curso del siguiente mes de octubre, pareciera abrirse un puente levadizo entre el occidente judeo-cristiano y el oriente islámico; la razón era esa causa ya anunciada de la primera guerra del siglo XXI, de la cual obviamente no podríamos sentirnos orgullosos, por más que así lo reivindique el derecho estadounidense de emprender una vasta, amplia, larga, intensa misión punitiva contra el terrorismo que asoló las ciudades de Nueva York y Washington. (Ut supra, El Heraldo, Tiempo Humano, Libertad duradera, mas no etnocéntrica. 02/10/2001). En verdad, se ejecutó una carrera vindicativa de largo aliento, que le mereció el nombre operacional de “Libertad Duradera“. Ahora sabemos que duró 20 años, y que al parecer esta semana concluye. 

Epopeya de la que quedan dos certezas: a) Que no podía quedar impune tan salvaje como implacable atentado contra la vida de miles de víctimas inocentes, bajo actos terroristas del negro 9/11 (nine-eleven). – b) Que quienes concibieron, diseñaron y ejecutaron este cruel apartado de la historia mundial, se hicieron a sí mismos reos de la más enérgica reprobación universal. – Sin embargo, entre esos asesinos-suicidas que invocan el nombre y la grandeza de Alá y nosotros, que estamos ubicados en el extremo opuesto de su espectro etnológico, quedan en el medio millones de seres humanos tan azorados, indefensos e impotentes como nosotros que presenciamos esta gran tragedia neosecular. Es el fanatismo, ese fundamentalismo supuestamente inspirado en la actitud de “islam” que significa “entregarse”, y “muslim”, ‘el que se somete a Dios’, invocaciones que ciegan su horizonte al punto de confundir un exaltado etnocentrismo con la voluntad misericordiosa de un Dios que ama a todas sus creaturas, todas. No importa que monten a camello, en dromedario, en elefante, en avestruz, en llama, en vicuña, o a caballo. Opino que la verdadera fuerza destructiva procede más que de un fundamentalismo religioso, de un etnocentrismo ensoberbecido.

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