Galantería/ Bajo presión  - LJA Aguascalientes
24/10/2021

Cuando una mujer me permite acompañarla y caminamos por la calle, suelo andar por el lado izquierdo de la acera, ella del lado de las paredes, yo cercano al arroyo vehicular; invariablemente intento abrir la puerta para que la mujer pase; sigo la regla clásica de cortesía de permitir que ella suba las escaleras delante de mí y las baje detrás. Antes de pensar en esta y otras conductas como galantería, las asumo como actitudes que me fueron inculcadas por mi madre, así esperaba que la tratara cuando saliéramos juntos.

Hoy que cada vez es menos correcto fumar, pocos gestos más excitantes que el momento en que una mujer toma un cigarrillo y lo lleva a sus labios con las pausas necesarias para indicar en qué momento debo prenderlo, así, cuando acerco el fuego, sus dedos tocan mi mano para definir estricta la distancia entre mi oferta y su demanda.

A décadas de distancia de la educación materna, cuando cruzo una calle con mi hijo, suelo recordar la mirada inquisidora de mi madre por no ofrecerle el brazo cuando la luz cambiaba de rojo a verde, ahora que mi hijo se encuentra en la transición de mostrarle al mundo que es capaz de tomar sus propias decisiones y no me permite tomarle la mano al cruzar una avenida, porque él ya sabe, porque él ya puede… insisto en el gesto de estirar la mano, tocarlo, detenerlo o permitirle avanzar de acuerdo al flujo de los vehículos, sin ser intrusivo pero en atención a su distracción.

Si esta suma de gestos es considerada galantería, no necesariamente responden a un acto de seducción, antes que un comportamiento interesado, se puede considerar como una ceremonia en la que se requiere la presencia del otro para participar, una representación que para ser posible pasa primero por el reconocimiento de quienes somos y lo que podemos significar para el otro.

Quienes deseen ver en estos gestos de cortesía un intento de seducción, bien por él, poco se puede hacer con quien reduce el reconocimiento a cacería, como quienes se presentan como aliados de las causas de las mujeres y rebajan su dignidad a esclavos con el único fin de conquistarlas, aunque en el otro extremo, forman parte del mismo grupo de hombres que lamentan la dureza con que son tratados sus avances, los machos que con tal de salir bien librados confunden el rechazo con la grosería, porque sus acercamientos deben ser aceptados siempre. Falsos aliados que festejan la ausencia de masculinidad y trogloditas iracundos porque no son aceptados viven del engaño, de no reconocer al otro.

Intento no reducir estos gestos a galantería y, sin embargo, si sólo fuera eso, se tendría que considerar que para ser cortés, educado y amable se parte del respeto al otro.

A últimas fechas, por la viralización de un video donde una persona se quiebra porque demanda ser reconocido como quiere (“No soy tu compañera, soy tu compañere”), las reacciones se dividen en los mismos extremos de quienes creen que abrir la puerta, ceder el paso y otras galanterías son cosa de una época añeja; por un lado hay quienes intentan obligar a que todo mundo use el lenguaje inclusivo, en el otro extremo los que se niegan a modificar la forma en que fueron educados a nombrar al mundo, ambos, radicalizan su postura y generan un falso dilema, una batalla ideológica que por encima de cualquier argumento se basa en la negación del otro y no tendrá buen fin.

La banalización de las redes sociales, la adicción de la mayoría a la aceptación, transforma esta supuesta batalla ideológica por el lenguaje incluyente en burla, no en chiste o broma, en una mentira que busca la diversión, y ahí estamos, recibiendo y compartiendo memes, audios y videos donde priva la idiocia como método para la risa; cuando, para algunos, el problema es que nos seguimos negando al reconocimiento del otro, a llamarlo como desea para, a partir de ahí, dialogar.

Coda. Una frase de Madame de Staël: “Todo hombre con gusto y de cierta elevación de alma debe sentir la necesidad de pedir perdón por el poder que posee”.

 


@aldan


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