Hay conflicto de valores, nunca de deberes/ Opciones y decisiones  - LJA Aguascalientes
25/06/2022

Incursioné, a partir de la entrega pasada, en una recuperación histórica de los motivos por los que los Estados Unidos de Norteamérica declararon la guerra contra el estado islámico de Afganistán, invocando su incuestionable derecho a restituir la vigencia de “justicia infinita”, tras haber ocurrido lo impensable, la caída de las Torres Gemelas del World Trade Center de Nueva York, 9/11/2001, mediante el ataque terrorista operado por militantes islámicos, contra el corazón mismo simbólico y emblemático del centro financiero hegemónico global.  A lo que el recién iniciado presidente George W. Bush respondió con el lanzamiento de la operación militar denominada “Operation Enduring Freedom (Operación Libertad Duradera)”. Iniciando así una guerra de ocupación por veinte años en ese país, que acaba de concluir la semana pasada, y cuya tumultuosa desocupación se pretende termine este día 31 de agosto.

Si bien, han transcurrido apenas dos décadas, para nuestros jóvenes adultos que ya se están insertando tanto a la actividad económica o profesional, como a la vida en pareja, estos hechos de la escena mundial les pueden parecer remotos o alejados de su propia línea de vida. Por ellos y por nosotros mismos que pudimos haber experimentado más de cerca esos acontecimientos, he optado por aportar algunos datos como aide mémoire /ayuda de memoria, para poder apreciar y valorar en su justa dimensión estos eventos que configuran el rostro del mundo actual.

Me voy a referir a dos personajes que al calor de esos acontecimientos, pudieron dar pautas muy útiles para interpretar el sentido y significado de su actualidad histórica y mundial. (Cfr. Nota mía: El Heraldo de Aguascalientes, Tiempo Humano. Moral contestaría. 03/11/2001). El primero de ellos fue el célebre escritor Salman Rushdie, quien no tuvo empacho en afirmar: “Esto no tiene que ver con el Islam”… “Desde hace varias semanas, los líderes mundiales han repetido esta frase, en parte con la esperanza de impedir que haya ataques de represalia contra los musulmanes inocentes que viven en Occidente, y en parte porque si Estados Unidos desea mantener unida su coalición en contra del terrorismo, no puede darse el lujo de sugerir que el islam y el terrorismo tienen alguna relación entre sí. Pero el problema es que esa afirmación no es cierta. Si esto no tiene que ver con el islam, ¿por qué entonces musulmanes de todo el mundo están manifestando su apoyo a Osama Bin Laden y a Al-Qaeda? ¿Por qué se reunieron 10 mil hombres armados con espadas y hachas en la frontera entre Paquistán y Afganistán, en respuesta al llamado de algunos mullahs a la yihad? ¿Por qué las primeras víctimas británicas de la guerra fueron tres musulmanes que murieron combatiendo al lado de los talibanes? ¿Por qué si todo este descontento actual no tiene como centro algo sagrado, oímos todo ese discurso acerca de los infieles estadounidenses que están profanando el suelo sagrado de Arabia Saudita?”. 

El autor trata de desmentir lo que el escrúpulo y el rubor occidental ha ensayado de ocultar, y lo hace lanzando una  metralla inquisidora de preguntas retóricas. Nacido en Bombay, India, en 1947, el escritor Salman Rushdie residía  ya como refugiado político en la Gran Bretaña, después de haber sido sentenciado a muerte por el gobierno fundamentalista de Irán, bajo el gobierno del Ayatola Jomeni que le puso precio a su cabeza, a causa de haber publicado en el año de 1988, lo que consideró ese gobierno islámico un escrito herético, su novela “Los Versos Satánicos”. De lo que se trataba era de poner los puntos sobre las íes en este asunto del deslinde “cultural” entre el Islam y el Judeo-Cristianismo occidental, asunto que el mismo presidente Bush no dudó en aclarar: – Prometió defender las libertades en su país frente al terrorismo, pero apuntó que no era “sólo una lucha de Estados Unidos” sino más bien del mundo entero, “una lucha de civilizaciones”.

 

Salman Rushdie se responde a sí mismo: “Claro que esto tiene ‘que ver con el Islam’. La pregunta es: ¿y qué significa exactamente eso? Después de todo, la mayor parte de las fes religiosas no son muy teológicas. La mayoría de los musulmanes no son personas que analicen profundamente el Corán. Para un gran número de musulmanes ‘creyentes’, el Islam significa no sólo el temor a Dios, ya que presumiblemente es más temor que amor, sino una serie de costumbres, opiniones y prejuicios que incluyen sus costumbres alimenticias, el secuestro o casi secuestro de ‘sus’ mujeres, los sermones que dan los mullahs de su elección; en fin, su odio hacia la sociedad moderna en general, y en particular a la posibilidad de que sus territorios puedan ser ‘intoxicados’ por el estilo de vida liberal de Occidente. Precisamente por esta ‘fe’, organizaciones de hombres musulmanes han estado involucradas en los últimos 30 años más o menos en movimientos políticos radicales”. 

El otro personaje de referencia es la periodista Oriana Fallaci, quien sin rodeos interpone una afirmación sustantiva: -Estamos ante una guerra de religión declarada por una franja del Islam. La guerra que esa franja de fanáticos musulmanes, empeñados en resucitar al medioevo, llama “yihad”, o sea, guerra santa. Una guerra que tiende al aniquilamiento de nuestra manera de vivir. En sus palabras: “¿No os dais cuenta —dice ella— de que los Osama Bin Laden se creen autorizados a matarnos porque bebemos vino o cerveza, porque no llevamos barba larga o chador, porque vamos al teatro o al cine, porque escuchamos música y cantamos canciones, porque bailamos en las discotecas o en nuestras casas, porque vemos televisión, vestimos minifaldas o pantalones cortos, porque estamos desnudos o casi en las piscinas o en el mar y porque hacemos el amor cuando nos parece, donde nos parece y con quien nos parece?”. En este preciso contexto es citada por el periodista Plinio Apuleyo Mendoza, desde Colombia, y lo hace con gran convicción de que, en el medio de un clima artificial de aparente “respeto multicultural” creado por los gobiernos tanto europeos como el propio de Estados Unidos de Norteamérica bajo el mandato de George W. Bush, en el fondo se esconde una verdad incontrastable.

Apuleyo Mendoza editorializa esta desgarrada nota y la pone en su correcta perspectiva: “Oriana Fallaci ha dicho siempre lo que piensa, y ahora que está enferma, tal vez con sus días contados, no tiene razón para cambiar. No tiene por qué andarse con cautelas diplomáticas después de ver, en pleno corazón de Manhattan, cómo caían racimos de hombres y mujeres desde el piso 80 ó 90 de las torres gemelas agitando piernas y brazos, nadando en el aire, desesperados. Y, dueña de sus convicciones, recuerda que esta civilización occidental heredera de la antigua Grecia, de la antigua Roma, del Renacimiento y del Siglo de las Luces, la misma que inventó el auto, el avión, la televisión y la Internet, no tiene por qué equipararse a la otra, la del Islam, que en vez de campanas hace sonar muecines, en vez de minifaldas propone el chador y en vez del coñac, la leche de camello”. 

Esta es precisamente “la franja” islámica a la que alude y contra la que embiste con fuerza Oriana Fallaci. No llamemos al equívoco y a la confusión, respetuoso deslinde “multiculturalista”, que equivaldría a una salida fácil y, por tanto, una falsa salida. Tenemos que asir a este toro por los cuernos y no dejar que nos lleve a trompicones a donde precisamente se está encargando de llevarnos: a la sutil mentira de no llamar a las cosas por su nombre. En el fondo se trata no de una confrontación inter-cultural por razón “pluri-étnica” o por razón de diferencia racial; se trata del choque entre un fundamentalismo islámico bien determinado, cuya visión del mundo es abiertamente antitética con el mundo occidental permisivo y creyente en el progreso económico y fuertemente anclado en el conocimiento científico positivista. Pensamiento mágico y providencialista contra pensamiento racional tecnológico. Uno que conduce a la ética del inmovilismo fatalista y el otro que milita con una fe en el activismo voluntarista, uno es todo gracia y don y el otro que es todo conquista y dominio. Ambos advocan la muerte del otro, como condición de vida propia.


Contra ambos se alza la voz que en este punto sí es clara, diáfana y sensata: la de una ética contestataria, como las de nuestros dos intelectuales citados, irreverentes y por ello contestatarios, pero no por ello menos fundados en lo esencial, la Ética universal, la que es de todos, la que funda los derechos humanos, la Ética que involucra todo y por ello nos concierne. 

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