El insólito viaje de la tierra beisbolera al futbol italiano de Johan Vásquez - LJA Aguascalientes
25/11/2021

 

APRO/Beatriz Pereyra

 

 

En Navojoa nadie creyó que un futbolista nacido en ese municipio sonorense llegaría a la Primera División, mucho menos que también sería medallista olímpico ni que jugaría en la Serie A de Italia. El defensa central navojoense Johan Vásquez, el más reciente fichaje del Genoa FC, encarna el sueño que ni siquiera tuvo su padre, el afamado entrenador Rigoberto Zito Vásquez, quien se aferró a que el futbol germinara en la tierra más beisbolera de México.

 

Este deporte en Navojoa ya no se entiende sin la familia Vásquez Ibarra. Zito quedó prendido del futbol desde que siendo un plebito tocó por primera vez un balón. Supo que sería el amor de su vida, aunque él no fuera una estrella en este deporte. Por eso no dudó cuando un amigo lo animó a dirigir las selecciones infantiles del municipio.

 

En 1996 fundó la escuela Zito’s Boys para que niños y jóvenes de esa región aprendieran algo más que beisbol. Tomó todos los cursos que pudo, leyó tanto sobre futbol que terminó por reconocer que haber sido jugador no iba a ser suficiente para destacar como director técnico profesional, sobre todo en la Tercera División, donde Navojoa ya pintaba para tener un equipo.

 


Ya casado con Esmeralda Ibarra y con sus dos niños chiquitos, Zito Vásquez se inscribió en 2001 en la Escuela Nacional de Directores Técnicos para obtener la certificación que expide la Federación Mexicana de Futbol. Johan tenía tres años y Rigoberto, su hermano, ocho. El principal sustento de la familia Vásquez provenía de una carreta en la que vendían mariscos.

 

Al ser su propio patrón, Zito le encargó el negocio a su esposa y durante dos años viajó todos los lunes entre Navojoa y Culiacán, adonde asistía a la escuela. El certificado de director técnico le abrió las puertas al futbol profesional. Tras haber dirigido a equipos de Hermosillo y Huatabampo en la Tercera División Profesional, actualmente es auxiliar técnico en el Club Deportivo Etchojoa, en la misma categoría.

 

“Desde chiquito –narra– Johan se subía a mi camioneta y vámonos a entrenar. Él entrenaba con los equipos que yo dirigía en la secundaria y la prepa del Tecnológico de Monterrey en Navojoa. Yo ya estaba en el proyecto de Tercera División y andaba ­desentendido de Zito’s Boys, ya no tenía equipos infantiles, puros juveniles. Johan ya no jugó ahí; jugaba con equipitos de mis amigos, pero al principio no le interesaba, estaba chico y se emocionaba más con los tazos que con el futbol.”

 

El camino de Zito Vásquez en el futbol marcó la vida de sus hijos. A fuerza de verlo tanto y de andar con su papá, los dos quisieron ser futbolistas profesionales. Como en su casa se tropezaban con los balones que estaban por todos lados, agarraban el espacio de la sala comedor como cancha y se ponían a pelotear. Rompieron focos y todo lo de vidrio a punta de balonazos.

 

“Cuando tenía como seis años ya pateaba con la gente grande, él agarraba su pelota y a pegarle a la pared, a pegarle al cerco; de repente se iba a correr con los de Tercera. Me lo llevaba a los campeonatos estatales y se fue empapando de eso. Llegó un momento en que me dijo: ‘Apá, yo quiero ser futbolista’. ‘Ta bueno, mi’jo’. Se le veían cualidades, pateaba el balón muy fuerte para su edad.”

 

Zito Vásquez aclara que ni él ni ningún entrenador le enseñó el futbol a Johan. Dice que solito aprendió a tocar la pelota, que nadie le dijo pégale con el empeine y que sus cualidades físicas y técnicas natas lo guiaron. Recuerda que era un niño de piernas y carácter muy fuertes.

 

“Yo le empecé a ver el futbol cuando le decía: ‘Mi’jo, tenías todo para haberte ido y anotar’. Y él me decía: ‘No, apá, es que aquel estaba solo’. Cuando era chico jugaba de medio y delantero. Y yo decía: ‘Este chamaco es más inteligente que uno, vio a aquel (al jugador desmarcado) y yo no lo vi’. Yo obviamente quería que metiera goles.

 

“Cuando salía a otras ciudades a jugar, el pánico escénico cambiaba a mis jugadores. Cuando se acababa el primer tiempo los regañaba. Johan me decía: ‘Apá, ¿por qué sienten miedo ellos? Si es jugar futbol como si nada’. Tiene 22 años y juega como si tuviera 30 o mucha experiencia. Siempre fue de sangre fría, con temple de hierro. Fue aguerrido desde chiquito, se barría en todas las jugadas. Yo le preguntaba: ‘Mi’jo, ¿por qué no quieres ser delantero?’. ‘Me enfado, apá. Me gusta más andar correteando la pelota’. Por eso cuando le dijeron en Pumas que iba a ser defensa no se enojó, era lo que le gustaba.”

 

En busca de oportunidades

 

El primer visor que detectó a Johan Vásquez cuando apenas tenía 10 años fue Ángel Coca González, el mismo que descubrió a ­Cuauhtémoc Blanco, al Chucky Lozano y a Edson Álvarez. Se lo llevó con el Pachuca, donde se quedó durante año y medio “hasta que le dio la mamitis” y se regresó. Ya con 14 años, en Navojoa se apersonaron unos visores de los Pumas y se lo volvieron a llevar. “Estuvo un año y el proceso se le cortó porque Pumas no tenía para pagar cantera y a todos los que eran de fuera les dieron las gracias”.

 

Así comenzó el periplo del navojoense entercado en ser futbolista profesional. Se rehusó a regresar a su casa y fue al Cruz Azul a pedir una oportunidad. Hizo las pruebas físicas y médicas y se quedó esperando a que lo llamaran. Su hermano Rigoberto sí fue aceptado y luego le contó a la familia que Johan no se quedó porque sus exámenes médicos no salieron bien.

 

“Después se fue a Tigres a la Sub 17 y a los seis meses regresó: ‘Apá, me corrieron’. ‘¿Y eso?’ ‘Pues no sé’, me dice. Ahí fue cuando dijo: ‘Ya estuvo, esto ya no; en el futbol hay mucha mafia. Ahí en Tigres yo la hacía mejor que otros’, decía él. Ya no quería seguir en el futbol.”

 

Zito Vásquez cuenta que él y su esposa sufrían por ver a Johan agüitado porque no cuajaba su carrera como futbolista. Lo recuerda triste, decepcionado, pero jamás llorando. Se salía al patio a endulzarse la vida con las yoyomos (ciruelas amarillas) que cortaba de los árboles y se ponía a regar las matas. También criaba gallos y pasaba horas con ellos acariciándolos. A Johan Vásquez siempre le ha gustado ser de rancho y ayudar en el negocio de mariscos de sus padres.

 

“Así estuvo seis meses hasta que lo convencimos o él solito se convenció de irse a jugar en la Tercera División con el equipo de los Cimarrones de Sonora, que dirigía Enrique Ferreira, un viejo conocido mío. Ahí despuntó todo.”

 

La idea de Zito Vásquez era que su hijo jugara seis meses en Cimarrones, luego lo iba a mandar a hacer otra visoría en las instalaciones del Cruz Azul. Cuando transcurrió ese tiempo, lo llamó el director deportivo del equipo, Alan Rivera, y le pidió que no se lo llevara. Le prometió subirlo a la Liga Premier (Segunda División) y que entrenara con el equipo en la Liga de Ascenso a ver si se podía quedar ahí. Le dijo que en ese equipo tendría todas las oportunidades y, sobre todo, minutos en cancha.

 

Johan tenía apenas 16 años, pero tomó la decisión de quedarse porque ahí lo habían tratado bien. Tras un año en la Liga Premier, el hoy entrenador del Atlante, Mario García, lo debutó en 2017 en la Liga de Ascenso. Rayados de Monterrey empezó a seguirlo y se interesó en él a principios de 2018.

 

De Cimarrones, el equipo regiomontano ya había adquirido al central César Montes, hoy un infaltable en la selección nacional de Gerardo Martino. Al final Vásquez salió a préstamo con Rayados por 400 mil dólares y después se concretó una promesa de compra por 2 millones de dólares.

 

Cuando Monterrey fichó a su hijo, Zito Vásquez por primera vez acarició la idea de que Johan se convertiría en el primer navojoense en debutar en la Primera División. El uruguayo Diego Alonso fue el artífice de eso. En un partido de la Copa MX contra Cruz Azul, César Montes se lesionó. De buenas a primeras Alonso llamó a Johan, que ya estaba calentando, y le dijo que entrara. Como no se lo esperaba, ni tiempo tuvo de avisarle a nadie. Por estar trabajando Zito se perdió el debut de su hijo en el Estadio Azteca ante uno de los equipos que lo rechazó.


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