La operación de perfeccionismo en la vacunación en Italia: Edificios icónicos, música… y castigos a los no inmunizados - LJA Aguascalientes
29/11/2022

APRO/Irene Savio

 

Los centros de vacunación masiva contra el coronavirus de Roma ofrecen en estos días una experiencia que probablemente los humanos del futuro leerán en los libros. 



 

 

La organización es una puntillosa cadena de montaje; el ritmo, olímpico. Aunque aquí no son ni atletas ni obreros de una fábrica los que pulverizan los récords. Su media: cuarenta personas en 15 minutos, 2 minutos y 66 segundos por cada uno. Ese es el tiempo que se emplea desde que uno llega al punto de vacunación del hospital Lazzaro Spallanzani y es admitido en el interior de la estructura en la que se recibe la anhelada inyección. 

“Números 50, 51, 52, 53, 54, 55, pasen. 56, 57, 58, 59, 60, también. A la primera sala”, dicen. Y, un minuto después, de nuevo: “Hasta el número 63, por aquí, por favor”. Dos minutos más: “Otras nueve personas, adelante”. “Hoy aquí vacunaremos a 2 mil 800”, explican. 

El ingreso en la primera sala del centro del Spallanzani —una serie de tiendas de campaña, adosadas a un pequeño edificio recién reestructurado— es el inicio de este viaje bucólico, que ocurre tras haber elegido día, hora, lugar y vacuna con la que uno ha decidido inocularse.

El guardia de seguridad sonríe, el médico sonríe, los enfermeros sonríen y también hacen preguntas como ¿Usted-cómo-está?, ¿Se-siente-bien?, o ¿Necesita-algo?, con una amabilidad tan extremadamente cortés que una, por un fragmento de segundo, se pregunta si ha llegado al lugar correcto. O si a alguno se le ha ocurrido aplicar alguna extraña técnica neurocientífica, para diluir cualquier sensación de fastidio asociada a la dichosa vacuna.

La estética también se ve cuidada. En un rincón hay un gran cartel y estampada la prímula rosa elegida por el arquitecto Stefano Boeri como símbolo de la campaña de vacunación, y que evidentemente ha sobrevivido incluso a las guerras de poder que cíclicamente asolan la política italiana (en este caso: la caída en enero de un gobierno, el del abogado Giuseppe Conte, quien había comisionado la tarea a Boeri). Abajo se lee: “Italia renace con una flor”.


La sensación de haber alunizado en otro mundo persiste también en la sala donde físicamente se suministran las vacunas. Allí, una música de fondo envuelve hileras de sillones colocados a una idéntica distancia y que, por su aspecto y textura se parecen a las súper cómodas que usan los apasionados de los videojuegos. En la parte de adelante, en cambio, una gigantesca pantalla dice la hora, la temperatura exterior, el día en el que estamos. Quién sabe, por si uno lo olvida. 

“Buenos días, ¿cómo se siente hoy? Hace calor afuera, eh…”, afirma entonces, super cómplice, el joven médico, quien también sonríe y bromea mientras se oye una canción de un rapero turinés con nombre anglófono, Willie Peyote. “La ‘playlist’ cambia, depende de quién se encarga”, se apresura a aclarar entonces la enfermera. La única nota fuera de tono es un chico que yace recostado en una camilla en el fondo, tal vez por un mareo o por una reacción a la inyección. Nadie pregunta.

La operación de perfeccionismo sanitario es tan increíble que la mayoría de los pacientes asisten a toda maniobra en silencio, cumpliendo con disciplina con las órdenes impartidas y sin quejarse, algo tan raro como inesperado para un pueblo tan rebelde como descreído como el romano. Las preguntas se dirimen esencialmente sobre cuestiones prácticas: “¿Adónde voy?”, “¿Cuándo me darán mi certificado?”, o “¿Puedo rellenar el formulario con lápiz?”. 

En enero, Anna Daria Portaleone, una psicóloga y psicoterapeuta independiente, me lo había explicado. Según ella, la aplicación de elementos de la psicología a la arquitectura y otros sectores, una práctica que distintos intelectuales han ido explorando desde el Renacimiento y que se ha desarrollado significativamente en Estados Unidos a partir del siglo XX, ha vuelto a florecer ahora con la pandemia.

Quizá no sea para tanto, pero sin dudas algunos otros puntos de vacunación en Roma tienen un no sé qué de bucólico, en muchos casos por los sitios en los que están localizados. Está la ‘nuvola’ de Fuksas (la nube de Fuksas), un gigantesco edificio modernista inaugurado en 2016 y que aparece flotar envuelto en nervios de acero, hoy reconvertido en el más grande centro de vacunación del país. Está el Auditorio de la Música. La ‘Vela’ de Santiago Calatrava. Los míticos estudios de cine de Cinecittá.

El objetivo, anunciado en las pasadas semanas, era alcanzar en agosto la cifra de 70% de la población con la pauta completada en todo el Lacio, cuya capital es Roma. Se ha logrado hace pocos días, convirtiendo a esta región en la primera de Italia en conseguir el resultado; esto, en un país que es actualmente el segundo en la UE (tras Francia) por velocidad de vacunación (diariamente se ponen unas 477 mil vacunas), según datos de Our World In Data de la Universidad de Oxford. Como país, Italia es el que mayor porcentaje de población ha vacunado después de España. De ese modo, según cifras del gobierno italiano, unos 34 millones de personas ya han completado la inmunización, o lo que es lo mismo, el 62% del total de los mayores de 12 años, la franja de edad a la que se está vacunando actualmente.

Las autoridades italianas han alcanzado estos resultados priorizando una estrategia, que también ha recibido críticas: el castigo a los no vacunados. Se empezó con la decisión de suspender a los sanitarios no vacunados, y se ha continuado con una medida similar para los profesores que en septiembre deberán reincorporarse, los cuales, si no se inmunizan, serán suspendidos sin goce de sueldo.

En paralelo, también fue adoptado un pasaporte Covid-19. A partir de este 6 de agosto, quien no posee este certificado no podrá acceder a espacios cerrados en bares y restaurantes –pero no en el exterior–, así como para participar en oposiciones públicas, presenciar espectáculos y manifestaciones deportivas al aire libre, acudir a museos, cines, gimnasios, piscinas, balnearios termales, fiestas populares, parques de diversiones y casinos, entre otras actividades masivas de ocio.

“Un llamamiento a no vacunarse es un llamamiento a morir. No te vacunas, enfermas, mueres. O haces morir. Es así”, dijo el primer ministro italiano, Mario Draghi.

Y eso que los datos de los contagiados, al menos de momento, reflejan un panorama más heterogéneo. Por una parte, en términos absolutos, son más que el año pasado en esta misma época del año. Por la otra, las últimas cifras de personas con un contagio grave son una nimiedad, comparados con los de los picos más altos de la propagación del virus en las tres principales olas que ha sufrido Italia desde el año pasado (casi 130 mil muertos y 4,3 millones de infectados). En concreto: unos 2 mil 400 hospitalizados con síntomas, de los cuales 270 ingresados en Unidades de Cuidados Intensivos, las UCIs, según los datos de esta semana. Preocupan, eso sí, cuatro regiones, entre ellas Sicilia y Cerdeña, donde la ocupación de camas UCI llegó al 10%.

Esta semana, además, arrancó con un nuevo, inesperado problema. El de un ciberataque masivo que afectó el sistema de reservas de la región del Lacio, presuntamente orquestado por criminales que han pedido dinero para rehabilitar los servidores. La ministra de Interior ya informó de ello a los servicios secretos, y la policía también pidió ayuda al FBI estadounidense. Esto último, al parecer, un desafío del futuro que ya se ha hecho presente. 


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