Vulnerabilidad/ El peso de las razones  - LJA Aguascalientes
25/02/2024

En 1999 entré a la licenciatura en Filosofía en una universidad en la Ciudad de México, y lo hice con nulo entusiasmo. Pensaba que ese episodio sería temporal. En el mejor de los casos, un semestre; en el peor, un año. Después iría a estudiar algo que en verdad me motivara. No entraré en detalles penosos, pero los primeros seis meses confirmaron mi diagnóstico inicial: no entendía por qué algunas personas creían que era una meta digna en la vida tratar de descifrar los textos en griego antiguo de un grupo de viejos barbones que escribieron hace veintitantos siglos. Pasé el semestre sin pena ni gloria y supe que tendría que esperar otro más para cambiar definitivamente de aires.

Algo cambió al inicio del segundo semestre: no fue una clase ni una tarea reflexiva bien diseñada. Fue una lectura que hice fuera de toda exigencia y por azar. Una tarde, como acostumbraba, entré en Gandhi de Quevedo (pienso ahora que quizá no existiera otra sucursal en el país de la ya famosa librería por esa época) y vi en la mesa de novedades La fragilidad del bien de Martha Nussbaum. El libro era gordo, pero la contraportada me hizo una promesa que cumplió. Nussbaum, a partir de su lectura de los clásicos griegos, buscaba iluminar un aspecto de la realidad que mis clases iniciales de filosofía opacaron: la vulnerabilidad humana. Harto de las especulaciones platónicas y de los santos filósofos del medioevo latino, me sumergí en una concepción del mundo que daba lógica y sentido a todo lo que me preocupaba.

La filosofía griega, esa fue y sigue siendo mi lectura décadas después, es una aceptación y una lucha en contra de lo que nos hace vulnerables: la suerte, el determinismo, nuestros peores impulsos, lo que no podemos cambiar… Recuerdo que después de la lectura del libro de Nussbaum todas mis clases brillaban con una luz distinta: me volví participativo y un escéptico redoblado e insoportable.

Aristóteles dejó de ser a mis ojos un metafísico incomprensible para convertirse en un agudo realista: no podemos ser felices sin dinero, sin amigos, sin algún atractivo físico, sin salud… La felicidad, así, no está al alcance de todas y todos: para Aristóteles esto no era un deseo, era una constatación. Años después conocería a un gran filósofo italiano, amigo querido que falleció hace ya bastantes años, que en una charla de sobremesa ratificó mi lectura y añadió un detalle clave para comprender el paso del paganismo aristotélico al cristianismo: los cristianos democratizaron la felicidad al construir una vida después de ésta en la que la que podremos ser felices si actuamos bajo ciertas reglas en este mundo.

La lectura de La fragilidad del bien de Nussbaum no sólo me convenció de terminar mi licenciatura en Filosofía, también me alejó de la religión y me motivó para trabajar desde esta óptica todos los problemas que me inquietan. Décadas han pasado desde mi primera lectura, y hoy veo ese libro admirado desde el escritorio en el que escribo estas líneas y vuelvo a pensar en la vulnerabilidad humana. Pienso en cómo la suerte determina nuestras vidas al hacernos incapaces de prever los resultados de nuestras acciones; en cómo las utopías no son más que reacciones inútiles ante la constatación de la fragilidad del bien; en cómo la ciencia, la mejor práctica de la que disponemos para obtener conocimiento, muchas veces trabaja en la oscuridad y nos ofrece simples conjeturas… Pienso en todo aquello que nos hace ser quienes somos: una especie animal más que habita un pequeño planeta en una galaxia que se ubica en una parte remota del cosmos. Pienso también en que ello es justamente lo que da belleza a todo: pienso que, para Aquiles, justo por eso, los dioses deberían envidiarnos. No habrá para mí otro día idéntico a hoy.

Pero también pienso en la otra cara de la moneda: en cómo esa vulnerabilidad humana se compensa con nuestros vínculos sociales. En cómo la cooperación humana nos hace dependientes a la vez que vulnerables. Y en cómo esa dependencia, cuando es fruto de la amistad, es el mayor regalo que la humanidad obtuvo de su pasado biológico.

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