La confianza en la ciencia en el contexto de una pandemia (II)/ El peso de las razones  - LJA Aguascalientes
01/12/2021

La semana pasada desarrollé en este espacio algunas características que pueden incentivar la desconfianza ante la comunidad científica en contextos democráticos. Decía, por ejemplo, que en una democracia la verdad siempre y hasta cierto punto se encuentra en disputa; que las medidas gubernamentales deben contar con algún respaldo popular, sobre todo cuando esto implica limitar las libertades de la ciudadanía (lo cual es relevante en el contexto de una pandemia); que muchas veces la técnica se peyoratiza como tecnocracia en gobiernos democráticos; y que los científicos suelen verse como meros actores políticos. Este clima de sospecha ante la ciencia se agudiza cuando la vida pública y los problemas públicos se hiperpolitizan: cuando se piensa que todos los ciudadanos de alguna manera juegan un papel en la lucha electoral por el poder.

Estas características de ciertos climas democráticos incentivan que desconfiemos de las elites, y en particular de las elites epistémicas: de grupos de personas que, como los miembros de la comunidad científica, poseen el conocimiento relevante para resolver los problemas que aquejan a la ciudadanía. Pero nada dije de la responsabilidad que tienen diversos actores sobre esta creciente desconfianza, y nada he dicho sobre algunas medidas posibles para fortalecer la confianza en la ciencia ni por qué es importante.

Existe, de manera evidente, responsabilidad por parte de la propia comunidad científica. La gente no confiará en la ciencia si existen amplias brechas epistémicas entre los expertos y los legos. Los segundos muchas veces no comprenden cómo la ciencia llega a sus conclusiones ni a sus recomendaciones, y ven como una debilidad el cambio científico. Para cerrar estas brechas la ciencia debería acercarse a la ciudadanía, pero no existe un buen diseño institucional para que la divulgación encuentre terreno fértil. Es cierto que los científicos suelen evadir sus responsabilidades de divulgación, siempre en favor de la propia investigación y la formación de recursos humanos. Pero, ¿acaso existen incentivos adecuados para que divulguen?

La responsabilidad estatal tiene que ver con reformar el diseño de instituciones de ciencia y tecnología, así como fomentar la independencia política de la comunidad científica. Este diseño debe promover de muchas maneras el cierre de brechas epistémicas entre expertos y legos. Debe también ponderar como parte sustantiva de las labores de la ciencia la tarea de la divulgación. Sin incentivos adecuados, los científicos favorecerán las tareas que de mejor manera pondera el diseño: la publicación y la formación de recursos humanos. De manera adicional, el gobierno, cuando se trate de problemas que requieren conocimiento técnico relevante, debe priorizar las recomendaciones de las instituciones científicas autónomas, que vía el diseño deben cumplir también labores sustantivas de asesoría. Por último, el diseño actual de muchas instituciones de ciencia y tecnología nacionales favorece la educación estratificada: las personas con mayor nivel académico realizan labores de docencia en los niveles más altos, y las de menor en los más bajos. Esto debe invertirse: las personas con mayor nivel deben dar en los niveles más bajos, y las de menor en los más altos. Esta estratificación inversa, que debe contemplarse en un buen diseño, contribuiría de manera importante en el cierre de brechas epistémicas.

Gran parte de la fuente de desconfianza en la ciencia se da por la relación de la comunidad científica con la iniciativa privada. El caso de las ciencias biomédicas es paradigmático: las farmacéuticas, seguro hemos escuchado la queja, financian investigaciones que favorezcan sus intereses económicos. Los científicos no son independientes y resulta natural que busquen adecuar las conclusiones de su investigación a los intereses de sus patrones. Los conflictos de interés hacen un flaco favor a la confianza en la ciencia. Es por ello que este tipo de posibles casos de mala práctica científica deben perseguirse de manera contundente, y vía diseño debe construirse una normativa que evite en su mayoría la mala ciencia.

Por último, actores relevantes para la confianza en la ciencia son los medios de comunicación. El problema que presentan en la actualidad se debe a un caso que ha sido estudiado con detalle: escudados en una pretendida neutralidad, los medios suelen dar tiempos de exposición similares tanto a la comunidad científica como a conspiranoicos y negacionistas. El problema con la equitativa distribución de espacios y tiempos es que deforman la realidad: muchas veces muestran como contencioso un tema que no lo es. Si otorgan el mismo espacio a una climatóloga que a una negacionista en una mesa de discusión sobre el cambio climático dan la impresión a su audiencia que aún se debate si el cambio climático antropogénico es real o no, cuando existe un fortísimo y casi unánime consenso al interior de la comunidad científica al respecto. Los medios que así proceden se equivocan: su labor no es la neutralidad, sino la difusión de información veraz y objetiva.

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