Lecciones de esta pandemia (III)/ El peso de las razones  - LJA Aguascalientes
18/10/2021

Durante la crisis. Frente a una pandemia se requieren liderazgos fuertes, aquellos que despierten un consenso mayoritario entre la población. Desde su contexto, Salvador Macip acierta en señalar que estos liderazgos están ausentes, y en países como España, Francia, Grecia o Reino Unido, sus primeros ministros han sido incapaces de conseguir apoyos amplios. Pero también se presenta un problema en países que sí tienen líderes fuertes -como es el caso de México-, pues el principal problema radica en que “no saben delegar en las personas adecuadas y no buscan la opinión de los expertos adecuados (o no los escuchan)” (p. 38). Así, los posibles errores son múltiples: no buscar consejo experto, no buscarlo en el lugar correcto, o no escuchar el consejo. Para Macip: “Un líder inteligente reconoce sus limitaciones, se rodea de expertos y, sobre todo, les hace caso. Hoy en día muchos gobernantes no tienen claras estas normas básicas. Y eso es un comportamiento temerario cuando hay que tomar decisiones de vida o muerte con celeridad” (p. 41).

Lo cierto es que se presenta otro problema mucho más agudo, que es fruto de la falta de claridad que tenemos del lugar que los expertos deben jugar en nuestras sociedades. Cuando la verdad se somete a disputa democrática, la lógica de la investigación científica deja de coincidir con la lógica política (que es fundamentalmente electoral). Así, a los científicos se les ve como meros actores políticos que, cuando se pronuncian sobre cuestiones de interés público, simplemente empujan hacia delante su ideología política. Esta premisa, cuya generalidad es muy imprecisa cuando no simplemente falsa, lleva a que la clase política se enfrente de manera directa con la comunidad científica. Macip lo resume así: “La ciencia, para ser válida, tiene que ser independiente políticamente, y esto, a veces, puede provocar un choque frontal con los intereses de ciertos líderes, que priorizan su futuro al futuro del pueblo” (p. 41). La hiperpolitización de la vida pública, de este modo, termina haciendo que los líderes políticos desestimen el consejo experto, no a partir de la evidencia, sino cuando dicho consejo no coincide con su agenda e intereses.

El punto anterior conecta con la forma en que debe darse la comunicación durante la crisis: qué información se proporciona y cómo se hace. La comunicación debe ser transparente, pero hay información que sólo es importante desde algún punto de vista: sea el de la ciudadanía o la del control sanitario. Es por ello por lo que la manera de comunicar se vuelve relevante para el manejo de la crisis: “Algo que deberían tener más en cuenta las autoridades es el poder de la estupidez humana, una respuesta habitual y natural que exhibimos prácticamente todos cuando nos dejamos llevar por la masa en momentos de crisis. Siempre habrá personas que creerán en los complots, pero tenemos que conseguir que este punto de vista se mantenga marginal. Por eso quizá tendría que haber una estrategia de comunicación coordinada y razonada, a poder ser con una sola fuente de información, secundada y amplificada por todas las autoridades y medios locales” (p. 45). Al final, la información es importante porque es la manera de establecer un vínculo necesario entre la población y quienes manejan la crisis: sin el involucramiento mínimo y necesario de la ciudadanía, la gestión de una crisis como a la que nos enfrentamos ahora resulta inviable. Por ello resulta esencial también tener presentes problemas como la confusión, la sobreinformación y el agotamiento. Además, la posible manipulación de la información para que ésta se adapte a las necesidades de quienes gobiernan.

Lo que parece quedarnos ahora claro es que la principal inversión que deben hacer los gobiernos durante una crisis es en vacunas y fármacos. Aquí surgen varios problemas: la percepción social de las vacunas, los problemas logísticos y éticos en su distribución y aplicación, y las posibles injerencias políticas en las metodologías científicas (por ejemplo, haciendo la carrera por las vacunas un asunto de Estado). Al final, durante una pandemia la gestión de la crisis debe estar también concentrada en las pruebas, los rastreos y el confinamiento. En resumen: “Todas estas herramientas se deben aplicar de manera razonada e inmediata, y hay que prepararlas entre ola y ola de una pandemia. Hay, por tanto, una parte de la respuesta a la crisis que depende de los gobiernos (test, rastreos, confinamientos y restricciones, capacidad de los sistemas sanitarios) y otra que depende de los ciudadanos (seguir las recomendaciones y actuar con sensatez, un comportamiento que se debe reforzar con la comunicación adecuada por parte de los gobiernos). Hay que trabajar para que las dos respuestas vayan coordinadas y no olvidar nunca el impacto económico que tienen estas medidas. No se pueden aplicar limitaciones sociales por motivos sanitarios sin, al mismo tiempo, aprobar paquetes de estímulo económico para compensar a los que sufrirán sus efectos de manera más directa” (pp. 68-69).

Después de la crisis. Debemos aprender lo vulnerables que somos a los microbios, aunque resulta difícil pensar que vayan a darse alteraciones radicales en nuestro tejido social o en nuestras rutinas cuando esta pandemia pase. Como señala Macip, “el capitalismo liberal tiene suficiente buena salud como para sobrevivir a este tipo de pandemias”, y “a pesar de que una de las lecciones que deberíamos extraer de la covid-19 es que no podemos basar la economía mundial en el movimiento, buscarle alternativas implicaría repensar demasiadas estructuras básicas (p. 73).

Habríamos también de tener cierta perspectiva y analizar de manera exhaustiva cómo se ha manejado la situación. Esto puede tener inconvenientes políticos, porque cualquier análisis científico que señale los errores en la gestión será visto como un ataque a los grupos políticos que gobiernan o gobernaron. Una de las principales herramientas para realizar el análisis depende de las cifras de infectados y muertos, cuya manera de obtenerlas ha variado de país en país, y de región en región, de manera alarmante. Para ello se requiere una normativa universal y clara, pues es un factor lo suficientemente relevante para que no haya la sistematicidad y cuidado que se requiere. El exceso de mortalidad es una buena medida, pero a la baja. “El análisis de la gestión, pues, debe empezar con una comparación de la mortalidad en exceso, para continuar con un estudio a fondo de los motivos por los que en unos países es mejor que en otros. Algunas de las razones no serán aplicables universalmente (…), pero habrá otras que deberían ser adaptables” (p. 83). Para finalizar, cualquier análisis exhaustivo debe partir de la autocrítica, a la cual no están acostumbrados los gobiernos. Por eso, para Macip, hay que fortalecer a la prensa y desligarla del poder, lo cual debería ser una prioridad en todas partes. Sólo así podremos aprender de esta crisis y prevenir y manejar mejor las futuras con el conocimiento actual.

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