Entretejiendo las múltiples capas del miedo - LJA Aguascalientes
19/01/2022

Entrevista Mónica Ojeda sobre La Voladoras

 

El amor nos hace ver nuestras propias crueldades, y ya está ahí la decisión de contenerla para no hacerle daño a las personas que queremos

Javier Moro Hernández

 

Las Voladoras es el más reciente libro de cuentos de la escritora ecuatoriana Mónica Ojeda (Guayaquil), publicado por la editorial española Páginas de Espuma. Las Voladoras es un libro poderoso, enmarcados en lo que la crítica ha llamado como terror andino. Un libro que indaga en el miedo, en la violencia, en el terror producido por los seres humanos, ejercido por los seres humanos hacia los otros, hacia los demás. En Las Voladoras cabría la posibilidad de tomar la máxima del escritor francés Jean Paul Sartre que nos dice que el infierno son los otros. Los otros que conviven de manera cercana, los otros que habitan en nuestras propias casas, en nuestras calles. Los otros que, en realidad son nuestros más cercanos. Porque en los cuentos contenidos en Las Voladoras el terror casi siempre proviene de los entornos más cercanos: la familia, la casa, las amigas. Porque en muchas ocasiones el miedo habita con nosotros.

Mónica Ojeda se ha consolidado como una de las voces más interesantes de la literatura latinoamericana contemporánea. Autora de las novelas La desfiguración Silva (publicada en 2014 y por la que se hizo acreedora del Premio Alba de Narrativa), Nefando (2016) y Mandíbula (2018) y de los libros de poesía El ciclo de las piedras (2015) e Historia de la leche (2019) es una autora que retoma los símbolos de los Andes ecuatorianos, para darle un contexto a estos cuentos que indagan profusamente en el lado oscuro de las relaciones humanas. Los cuentos de Ojeda no dan tregua al lector, son cuentos en donde el lector se siente interpelado por una violencia que surge, que nace en el entorno doméstico.  

Conversamos con la escritora que nos comentó que Las voladoras la escribió en poco tiempo: “El único cuento que ya estaba publicando antes es “Caninos”, que es un cuento que yo escribí en el 2017, que fue publicado en la Antología de Bogotá 39, y también se publicó en Ecuador, de manera separada.”

Javier Moro Hernández (JMH): Tu arco narrativo es muy diverso, ya que tenemos cuentos como Las Voladoras o el mismo Caninos, que podrían ser catalogados como cuentos de terror, pero también tienes cuentos de corte más realista. Por ejemplo, Slashes es un tema mucho más contemporáneo, aunque el tema siga siendo terror. Tus inquietudes, tus temas y sus contextos pueden ser muy amplios y no solo te concentras en los temas cercanos a lo andino.

Mónica Ojeda (MO): He comprendido que uno de mis temas a trabajar es el miedo y el horror a través de la violencia. Yo me siento más una escritora sobre la violencia, más del arte de la crueldad, que una escritora de género. Trabajo mucho sobre las violencias, tengo libros muy diversos que van sobre la violencia. Y en este libro sí que quería trabajar el horror y el miedo, pero vinculado a esa violencia que caracteriza un poco mi narrativa. Lo quería hacer, además, a través de símbolos y del mundo andino, y por eso el libro es un retrato del mundo de los Andes ecuatorianos, pero más a un nivel simbólico, más que costumbrista, es un libro con mucha carga metafórica y alegórica; aparecen cóndores, aparecen montañas, aparecen todas estas cosas desde una perspectiva representativa y alegórica. Desde esa perspectiva también tenía el objetivo de que cada cuento tuviera un estilo y una estructura distinta, para contar esto que te estoy diciendo. En ese sentido sabía que iba a tener cuentos colindantes con lo fantástico, cuentos que en cambio que iba a trabajar de una forma más realista, otros cuentos que iban a ser polifónicos, otros cuentos que iban a ser en primera persona. Tenía clarísimo que quería que cada cuento tuviera una estructura distinta, para que la lectura del libro no fuera lineal. Pero en todo caso, todos los cuentos, incluso aquellos que tienen rasgos fantásticos creo que son realistas, porque en realidad no terminan de ser cuentos fantásticos. Yo trabajo con temas bastante realistas, en el sentido, que tienen temas muy tangibles de la violencia cotidiana. El primer relato de Las Voladoras, que tiene este carácter de la narración oral de los pueblos de Ecuador, de todas maneras, está hablando de un deseo perturbador en una familia. Siempre la fuente termina siendo, de una u otra manera, las relaciones íntimas y familiares, que creo que están en todo el libro.

JMH: Quería abordar el tema de la figura femenina, ya que todos los cuentos tienen una protagonista, y también hay una relación íntima con la familia: En Las Voladoras es con la madre, con la familia, en Sangre Coagulada es con la madre, en Caninos es la familia en general. El escenario siempre es la familia, es el epicentro de esta violencia y de este horror.

MO: Vivimos una época en donde hemos desmitificado un poco la idea de la familia como un lugar de seguridad Sin duda creo que los feminismos han venido a desmitificar un poco la idea de esa seguridad. Ahora mismo vivimos una época muy convulsa, en donde las mujeres tenemos bastante claro que el lugar más peligroso es nuestra casa. Las estadísticas lo dicen, entonces, hay un correlato de realidad en donde el mito de la familia del lugar tranquilo, de amor, de seguridad, ha caído. Eso hace que ahora mismo la literatura de muchas escritoras esté trabajando sobre la paradoja que es que el lugar donde más cómodo estás, en donde más seguro estás, sea el lugar en donde vayan a hallar tu cadáver. Esas paradojas, esas tensiones, es algo que yo lo he inoculado en mi narrativa, en donde siempre está el mal de la familia como el monstruo debajo de la cama, la familia como un lugar que tiene una doble cara, como si fuera un monstruo que tiene una cara por delante y otra por detrás. Esa dualidad siniestra es el germen del espíritu de Las Voladoras.


JMH: Pensaba justo en Caninos, en donde lo que nos dice la voz de la protagonista en realidad oculta otra realidad, otra vivencia mucho más terrible, mucho más oscura. Podemos pensar también en el cuento de Las Voladoras, en donde el terror surge de lo más cotidiano, lo más cercano.

MO: Uno de los rasgos que siempre me han apasionado es ir entretejiendo capas de miedo, son bastante las capas que componen el miedo humano, porque el miedo no es sencillo, hay un montón de cosas en el miedo. Me interesaba mucho trabajar estos miedos de los que hemos hablado, de cómo uno no está seguro en el lugar en donde aparentemente más seguro debes estar, sino también como también no estás seguro ni en tu propio cuerpo. Es decir, no te sientes segura ni siquiera con tu propia cabeza. Porque la psicología, que es algo que me fascina, y literariamente he trabajado mucho con vínculos con el psicoanálisis, con perspectiva feminista, y por lo tanto me interesa mucho como la cabeza de mis personajes puede ser una trampa, para ellos mismos. No solo lo que ocurre afuera, y eso es algo que representa la casa, porque la casa significa intimidad, pero la intimidad última es tu propia cabeza. Hay un terror último, que es no sentirse seguro, contigo mismo, dentro de ti mismo. Las protagonistas de Caninos, pero no solamente de este cuento, sino de todos los cuentos, lo que les pasa o su miedo último, el que está por debajo de todos, la parte más grande del iceberg es no ser capaces de darle lenguaje o dar sentido a las experiencias hostiles que viven, y por lo tanto no sólo están siendo agredidas en el exterior sino también que su propio interior se convierte en un elemento de violencia. Es por eso por lo que para poder sobrevivir a la violencia replican la violencia. Son protagonistas que en algún momento ejercen la violencia contra otros, porque han recibido solamente eso toda su vida. ¿Qué otra salida les queda? Reproducir esta violencia.

JMH: Hay una preocupación por el cuerpo, hay una preocupación sobre cómo viven en sociedad, pero también hay una preocupación sobre la relación con otras mujeres, la relación con las amigas, por ejemplo, en “Soroche”, con las mujeres de la familia en “Sangre coagulada.” Son cuentos sobre los vínculos femeninos.

MO: Siempre he dicho que este no es un libro feminista, en el sentido de que no es un ensayo, no está tratando de defender ni de explicar de qué manera el patriarcado nos subyuga. En Las Voladoras estoy tratando de explicar de qué manera la violencia funciona dentro de los sujetos que recibimos violencia. En la mayoría de los cuentos son mujeres, porque yo soy mujer, quiero trabajar con ello. Estoy tratando de entender cómo funciona la violencia, y por eso, hay muchos matices de cómo funciona la violencia, que son incómodos en realidad, pero que son sumamente necesarios. Es interesante para mí que mis personajes no sean maniqueos, en mis cuentos no haya víctimas solo víctimas, hay por supuesto, victimarios y víctimas, pero también hay víctimas que se convierten en victimarias. Hay giros, porque la violencia funciona así, nada es inamovible, y por eso hay cuentos como “Soroche” en donde las mujeres que están protagonizando este relato son crueles las unas con las otras, y por supuesto se entiende que han sido educadas en un sistema patriarcal, que les hace reproducir esa violencia, pero el cuento no lo dice de forma explícita porque no tiene que decirlo. Pero si está la cuestión de trabajar con personajes de una forma no maniquea, y no estática. Y ese era mi objetivo principal. El último cuento, es el único que está protagonizado por un hombre, en donde también se ve la violencia, pero no la violencia de un cuerpo sobre otro, sino la violencia de la vida, que le hace perder a una hija.

JMH: Quería preguntarte sobre el tema de las capas de horror, del miedo. Porque me parece que justo la forma en la que entramos en los cuentos tiene que ver con estos vericuetos, estas capas que te van dando cuenta de un horror más profundo. Porque somos una sociedad basada en el uso de la razón, pero en la que prevalecen muchos miedos, muchos mitos.

MO: Lo que me interesa son las relaciones humanas y cómo las relaciones humanas generan tensiones emocionales, que pueden ser un poco perturbadoras, que tienen que ver con el miedo, con el deseo por el otro, con la manipulación, con la tensión que hay entre el miedo y el deseo, porque es algo complicado abordar, o la vinculación que hay entre la violencia y el amor. Porque vivimos un mundo en el que actualmente nos dicen que el amor no contiene violencia. Yo no creo eso, creo que el amor tiene violencia, y mientras más admitamos que dentro del amor hay violencia, somos capaces de aminorar esa violencia. Pero si seguimos cegándonos al hecho de que uno puede amar y ser tremendamente violento con la persona que uno quiere, no vamos a ser capaces de cambiar esa situación. El amor puede ser violento. Todos lo hemos vivido. Creo que la literatura es un espacio en donde estos matices se pueden trabajar, desde el miedo que nos produce reconocer que somos capaces de hacerle daño a las personas que queremos, eso da mucho miedo. Ese es el miedo que a mí me interesa, ese miedo íntimo, psicológico, que tiene que ver con la relación que establecemos con los demás, pero no con los demás que es distante a mí, sino con la persona que tengo al lado. Yo creo que ese es el punto central de toda mi literatura. Quizás lo mejor que puede hacer el amor por nosotros es forzarnos a hacernos menos crueles. Y quizás eso es lo maravilloso del amor, que nos obliga a ser menos crueles. Pero el amor también nos revela esa parte terrible que no queremos ver de nosotros mismos. Creo que el amor nos hace ver nuestras propias crueldades, y ya está ahí la decisión de contenerla para no hacerle daño a las personas que queremos.

JMH: Quería preguntarte sobre el cuento de Cabeza voladora, que tiene dos elementos que me parecen muy importantes: El descubrimiento de la cabeza de la chica asesinada y el encuentro con las otras mujeres que están buscando darle paz a ese cuerpo que no encuentran.

MO: Es un cuento que tiene la intención de ser leído desde distintos ángulos. Algo que yo quería trabajar es un tema que nos afecta a todos de muy de cerca, qué es el tema de los feminicidios. Eso lo quería trabajar, pero no lo quería hacer en clave de denuncia sino en clave de entendimiento de qué pasa con ese tipo de violencia con las personas que quedamos vivas. La protagonista es la persona que queda viva y se tiene que plantear muchísimas cosas. Es un cuento que va sobre el infierno psicológico que pasa la persona que vive al lado de esa casa. Es un infierno psicológico que no está exento de culpa, es un infierno psicológico formado por haber visto su propia maldad, su propia indiferencia, de ponerse a pensar porque ella nunca notó que hubiera algo malo con su vecina, y sobre cómo el mundo sigue a su alrededor, como si nada hubiera pasado, como si no hubieran asesinado a una chica de 17 años en su propia casa. Va sobre una autoobservación del personaje principal, que es muy duro y difícil para ella, y cuando aparecen estos personajes que se toman la casa de la víctima y empiezan a hacer unos rituales extraños, en donde están relatando la violencia, pero lo hacen desde otro lugar, también incorporan a esta mujer llena de culpa a ese ritual. Es una cosa de comunidad entre mujeres. Es un cuento que se puede leer desde muchos lugares; desde la empatía, pero también desde la paradoja que hay entre que te quiten la cabeza de una forma violenta, a que tú te la quites de forma voluntaria por un acto de magia, perder la cabeza como perder la razón, que podría ser una razón instrumental abyecta, porque la razón que poseen los otros vecinos es el de la indiferencia, que siguen con sus vidas sin sentirse tocados, sin perder la cordura, sin perder la cabeza, después de lo que ha pasado. Hay distintos modos de leerlo, que es justo lo que quería que fuera, y por eso no me gusta dar una respuesta que guíe, sino abordarlas todas.


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