Ardidos/Por mis ovarios, bohemias  - LJA Aguascalientes
07/12/2021

Mi vida está llena de gritos

bajo un ciego crepúsculo de fe.

Carlos Pellicer

 

Nunca he deseado mal a nadie, esta es mi primera vez.

Los Tres

 

 

Estoy triste porque no soy bueno es un verso de Carlos Pellicer que repetí con sentimiento a lo largo de mi vida como mantra y que desde hace tiempo deshecho por completo. El “buenismo”, como tuitea la escritora Malva Flores, en repetidas ocasiones me he hecho sentir culpable por la mala vibra que me cargo, culpable incluso [triste] hasta de mis más íntimos pensamientos como si el solo hecho de tenerlos me hicieran una persona despreciable al alejarme del canon de la buena ondita. 

Será que por eso siento que hay una especie de hostilidad en lo que vibra alto, en lo que siempre se muestra bueno, amable y sonriente todos los pinches días a todas horas y no me hace más que pensar que esta modalidad wannabe niega nuestra condición de humanos, niega lo oscuro que todos llevamos dentro como si se tratara de un nuevo tabú, porque no hablamos de sentimientos que no están socialmente aceptados.


Por eso me parece justa la reivindicación en nuestra alma de la mala copa o de ese coraje mal habido que todos hemos sentido alguna vez y que nos negamos a externar por un prurito falaz que nos impide mostrar en público lo que somos en muchas ocasiones de nuestra vida privada: unos malditos mezquinos. Porque lo somos en privado, pero en público, no. La exhibición de nuestra “buenitud” nos coloca en el lugar del bien porque la envidia, los celos, el despecho, parece que deben limitarse a nuestra intimidad.

Y maticemos, una cosa es reconocer que tenemos sentimientos considerados negativos y otra es dejar que estos nos gobiernen, está claro que llevar el odio al extremo nos conduce a la violencia que daña y asesina.

De lo que yo estoy hablando en este momento es de querer aparentar la buenitud cuando por dentro tenemos todos esos sentimientos que se buscan disimular: el odio, desprecio, rencor, envidia. Es feo decir que tenemos envidia, es peor decir que somos rencorosos. Eso sí, aunque nos pasa a todos, la construcción social del rencor y del despecho se configura en femenino, pienso fuertemente en la madre de Juan Preciado que hace de Pedro Páramo un rencor vivo… o será que como el monopolio de la violencia lo tienen el Estado y los hombres, en las mujeres se cuadruplica cualquier sentimiento negativo, mientras ellos sólo están enamorados o son apasionados, nosotras estamos locas e histéricas, dicen.

Sea pues, abundo en esta ocasión en la condición de ardido. Estar ardido o despechado implica la mayoría de las veces un despecho amoroso, ese resentimiento que nace cuando con quien compartíamos el amor se va para tener una vida mejor, lejos de nuestra compañía. Y aunque siempre se puede negar que estamos despechados, no se puede ocultar cuando alguien habla desde el ardor. Cómo no pensar que la frase que canta Maluma en Hawai “la foto que subiste con él diciendo que era tu cielo, bebé, yo te conozco tan bien, sé que fue pa’ darme celos” es el objeto de estudio perfecto de la ardidez en un mundo modernísimo en donde el despecho se ha vuelto otra forma de interacción social en redes sociales a través de indirectas y muy directas.

Sin embargo, en tiempos, también modernísimos, del coaching de vida, del empoderamiento virtual femenino, está mal ser un ardido, eso es no tener dignidad, es no quererse ni tantito como para engañarse a uno mismo y demostrar que no nos cala lo que sí nos cala, como que la otra esté feliz con una nueva pareja, como que esté mejor sin nosotros. 

Eso sí, sólo se vale hacer uso del ardor si es a través de una canción lo suficientemente sarcástica como para compensar con cierto grado de humor esa opresión en el pecho, quién no ha gesticulado al cantar “te vas porque yo quiero que te vayas, a la hora que yo quiera te detengo” o agarrado su entrepierna con el verso culmen del ardido en Juan Gabriel “porque a él le falta lo que yo tengo de más”.

Tampoco vamos a negar lo evidente, por ardor cometemos un sin fin de insensateces y de violencias: “estaba ardida y por eso me cogí a todos sus amigos”, o “estaba despechado y por eso le menté la madre a grito abierto afuera de su casa”, esa escena violenta e inaguantable no tiene cabida cuando lo sensato es desear la felicidad de los otros, es vibrar alto, es hablar de respeto de dientes para afuera, es negarnos incluso a nosotros mismos que estamos ardidos y que le estamos deseando la muerte al infeliz que nos abandonó, eso es volvernos la peor persona del continente, es no tener amor propio y sí mucho amor romántico. Y sin embargo, somos humanos, vibrar alto, ser siempre bueno y amable, wannabe, despide un tufo de hostilidad e hipocresía, más negativo incluso que la falsa forma de ocultar los sentimientos negativos que todos llevamos dentro, de esos que no podemos hablar porque no son socialmente aceptables, aunque existan dentro de todos nosotros. Por eso está bien para mí, sin lastimar a nadie, mandar al mundo a la mierda cuando nuestras emociones nos rebasan.

Estoy triste porque no soy bueno es un absurdo, Pellicer, quién dice lo qué es bueno, quién dice que no soy buena y por qué he de estar triste por eso. En un mundo que repudia los sentimientos negativos, salud por los ardidos. 

 

@negramagallanes

 


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Tania Magallanes

Jefa de Redacción de LJA. Arma su columna Tres guineas. Fervorosa de lo mundano. Feminista.

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