Testimonios que sacuden a un país: El terrorismo, en el banquillo de los acusados - LJA Aguascalientes
07/12/2021

APRO/Anne Marie Mergier

 

Walid Abdelerazzak You­ssef es egipcio. Atraviesa cojeando la sala del tribunal, pero testimonia de pie ante la corte penal especialmente constituida para juzgar los atentados perpetrados en París por tres comandos del Ejército Islámico la noche del 13 de noviembre de 2015.

“Vine de El Cairo para rendir mi testimonio porque confío en la justicia”, advierte. Calla unos segundos antes de retomar la palabra: “Llegué a París el 6 de noviembre de 2015. Viajaba con mi madre y mi hermano mayor, enfermo de cáncer. Teníamos cita con oncólogos que nos aconsejaron una hospitalización y no se mostraron muy optimistas. Esa primera semana en la Ciudad Luz fue ardua”.

Apasionado del futbol, el entonces joven estudiante de 25 años pensó que el partido amistoso entre Francia y Alemania, celebrado la noche del 13 de noviembre en el Estadio de Francia, lo podría “desestresar”.

El partido ya había comenzado cuando logró comprarle un boleto a un revendedor. Alcanzó corriendo la puerta H del estadio en el momento en que un terrorista, Bilal Hadfi, detonó su chaleco explosivo.

“Oí un ruido ensordecedor y la onda expansiva me levantó del suelo. Hoy todavía tengo zumbidos en los oídos y los tendré toda mi vida. Tuve la sensación de que todo mi cuerpo estaba perforado. Al caer en el asfalto me di cuenta de que un hueso estaba saliendo de mi pierna derecha. Perdía mucha sangre. Pensé: ‘Vivo mi último instante’ y me desmayé”.

Herido por 15 proyectiles, Walid pasó ocho días en coma y cien en cuidados intensivos. “Cada tres días me llevaban al quirófano para extraer balas, pero mi organismo estaba tan debilitado que no aguantaba la anestesia. Tuvieron que operarme en carne viva”.

El presidente del tribunal lo interroga sobre su salud. Walid elude sus preguntas y habla de otra herida. Una herida de honor: “En el caos de la explosión mi pasaporte cayó al lado del cuerpo del terrorista”, explica. “Las autoridades francesas tuvieron dudas. No sabían si yo era víctima o terrorista. No entiendo cómo salieron mi nombre y mi apellido en las redes sociales egipcias. En todo caso, pasé por un terrorista en mi país. Durante cuatro días mis compatriotas me insultaron en Facebook. No me di cuenta de nada porque estaba en coma, pero fue un suplicio más para mi familia. Las autoridades tuvieron que intervenir para confirmar mi inocencia”.

 


Relato colectivo

Walid es uno de los 300 sobrevivientes o familiares de víctimas fallecidas que rinden testimonio ante la Corte Penal Especial. Es un número de testigos sin precedente en la historia judicial francesa. Su audición empezó el pasado 28 de septiembre y teóricamente deberá terminar el 29 de octubre, pero unas 70 personas más pidieron ser oídas.

Día tras día, de lunes a viernes, de las 13:00 a las 19:00 horas, y a menudo hasta las 20:00 o 21:00, se suceden un mínimo de 15 testigos. Todos están profundamente marcados por los atentados. En su mayoría siguen siendo atendidos médicamente. Casi todos comparten con Walid inexplicables sentimientos de culpa.

Se sienten culpables por estar vivos mientras tantos otros fallecieron, por haber salido ilesos del horror mientras otros no, por hablar de su vida trastocada ante familiares de los difuntos, por no haber socorrido a los que los rodeaban o por haberlos ayudado sin haber podido salvarlos o por no haber podido auxiliar a más personas, por haber invitado a amigos hoy muertos a un concierto en el Bataclán o a tomar una copa en una terraza, por haber causado tanta angustia a sus familiares y por seguir necesitando su paciencia y sus cuidados, por no poder brindar paz anímica a sus hijos…

Lo que vivieron rebasa el entendimiento. Es la razón por la que se crearon asociaciones de víctimas del terrorismo. Los sobrevivientes no se reúnen para hablar de sus heridas, insisten, sino porque los alivia sentirse entre “pares” y los estimula para volver a emprender sus caminos.

Todos se expresan con palabras de una fuerza y una autenticidad vertiginosas que surgen de lo más hondo de su ser, con silencios bruscos, risas amargas o puntadas de humor negro, lágrimas, coraje, dolor, a veces con odio o desesperanza y más a menudo con gran sentido de lo humano.

 

Sentimientos de culpa

Todos los reporteros que cubren este juicio fuera de lo común enfrentan el mismo dilema. ¿Cuáles de todos estos testimonios elegir cuando cada uno merecería ser reseñado? ¿Y una vez elegidas, cómo sintetizar sin traicionarlas esas hazañas existenciales? Abrir este paréntesis es la única manera de pedir disculpas por tantas voces que no tendrán eco en Proceso y por las tan brevemente evocadas.

Le Carillon fue el primer café atacado por el comando de tres terroristas que circulaba en un coche negro en los barrios orientales de París, frecuentados los fines de semana por una multitud de jóvenes relajados, abiertos, capitalinos u oriundos de provincia…

BA, francesa de origen iraní, tenía siete meses de embarazo y acababa de cumplir 33 años. Tomaba una copa en la sala del café con amigas y su esposo fumaba en la terraza cuando sonaron los disparos.

“Alguien gritó: ‘Hay un kalash, tírense al piso’. Eran las 9 y 20 de la noche. Se oyeron los primeros gritos y gemidos de los heridos. Hubo más ráfagas, sobre todo en la terraza. Aterrada pensé en mi esposo y hablé con mi bebé. Le dije: ‘Quizá vamos a quedarnos solitas las dos…’”, recuerda.

“Estaba acurrucada debajo de una mesa intentando protegerme con una silla volcada. No sé cuánto duró la balacera ni cuándo cesó. Grité el nombre de mi esposo, que saltó encima de los cuerpos para alcanzarme. Recuerdo un caos absoluto, bomberos, gente despavorida o totalmente perdida, otras pegando alaridos y pidiendo auxilio”.

Tras quitarse la mascarilla que ahoga su voz, BA confía sentirse culpable por haber salido “sin un rasguño” del atentado, lo mismo que su esposo y sus amigas. Confesar esa culpabilidad es uno de los motivos que la llevó a rendir testimonio, pero la razón fundamental de su presencia ante la Corte está arraigada en su historia familiar.

Sus padres, militantes de izquierda, participaron en la revolución contra el sha de Irán en 1978 y luego, en la lucha contra el régimen de los ayatolas. Lograron huir a Francia mientras que la mayoría de sus compañeros acabaron torturados y ejecutados.

“Treinta y tres años después estos mismos enajenados islámicos casi me matan y sobre todo asesinan a personas sentadas tranquilamente a mi lado”, insiste antes de dirigirse personalmente a Jean-Louis Périès:

“Si me lo permite, señor presidente, quisiera agregar algo, porque este juicio suena como el eco de lo que pasa actualmente en países de Medio y Próximo Oriente. Cualquiera que sea su nombre: ayatolas en Irán, talibanes y Al Qaeda en Afganistán, Estado Islámico en Siria e Irak, todos son los mismos asesinos sanguinarios”.


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