Uno mismo no es el mismo/ A lomo de palabra  - LJA Aguascalientes
20/02/2024

… the innumerable brain changes

tally up what we call you.

David Eagleman, Livewire.

 

 

… quedamos, pues, que uno, uno mismo, no es uno. Quedamos que uno es un montón, un titipuchal. Corporalmente, uno no es uno, uno ni siquiera es muchos, uno es todo un ecosistema. Mentalmente, uno es alrededor de cien mil millones de neuronas individuales interactuando.

Ahora, eso de que a través del tiempo uno es en esencia el mismo, desde que naces y, por lo menos, hasta que mueres… es otro cuento. Una bonita ficción…, bastante útil, si me apuran, pero no es verdad. Uno, uno mismo, realmente nunca es el mismo: uno está siendo, está variando: uno va siendo varios. Uno mismo es, si acaso, una configuración provisional de un demonial de neuronas: un tramado veleidoso que muta constantemente, en interacción con el entorno, con el medio ambiente que percibimos. O, en palabras del fisiólogo José Manuel Rodríguez Delgado, “cada persona es una combinación transitoria de materiales que se toman prestados del ambiente”. Provisionales y transitorios.

El año pasado, David Eagleman publicó Livewired. The Inside Story of the Ever-Changing Brain (Vintage Books), en el que explica: “Las neuronas están densamente conectadas entre sí en intrincadas redes parecidas a un bosque, y el número total de conexiones entre las neuronas de tu cabeza es de cientos de miles de millones (alrededor de 0.2 billones). Para que puedas calibrarlo, piensa de esta manera: hay veinte veces más conexiones en un milímetro cúbico de tejido cortical [en la corteza cerebral] que seres humanos en todo el planeta” —si acaso, lector, no tienes en mente el dato, vale recordar que hoy la Tierra carga a cuestas prácticamente 7.9 mil millones de seres humanos, unos cien millones más que el 2020—. Y ese mundanal concierto de interconexiones es dinámico, incesable: no hay un solo instante de tu vida durante el cual en tu cerebro no estén ocurriendo reconfiguraciones. Considera además que cada neurona se dispara entre diez y algunos cientos de veces por segundo. “Estos vastos mares de conexiones cambian constantemente en intensidad, y se desconectan y se vuelven a conectar en otros lugares… El cerebro es un sistema dinámico que modifica constantemente sus propios circuitos para adaptarse a las demandas del entorno y las capacidades del cuerpo”. Para ilustrar la vorágine de cambalaches y disoluciones, de cambios de rutas y alteraciones de intensidad que están sucediendo en tu red neuronal ahora mismo mientras lees y anoche mientras dormías, pero también hace un rato que mirabas el techo, Eagleman bosqueja una alegoría: “Si tuvieras una cámara de video mágica para realizar un zoom al cosmos microscópico viviente dentro del cráneo, serías testigo de las extensiones en forma de tentáculo de las neuronas agarrándose, sintiendo, chocando entre sí, buscando determinadas formas o renunciando a otras, como ciudadanos de cualquier país en el mundo, pactando amistades, matrimonios, barrios, partidos políticos, vendettas y redes sociales. Piensa en el cerebro como una comunidad viva de billones de organismos entrelazados”. La imagen es harto sugerente: antoja a pensar que en un futuro sustituyamos la psicología, tan preocupada por el individuo, por el uno mismo, por una especie de sociología de las neuronas.

David Eagleman (1971), profesor de neurociencias en la Universidad de Stanford y CEO de NeoSensory —empresa dedicada al desarrollo de gadgets para ampliar el espectro perceptible de los humanos— ha escrito varios libros sobre el cerebro y la percepción: Wednesday is Indigo Blue: Discovering the Brain of Synesthesia; The Safety Net; Incognito: The Secret Lives of the Brain; el muy conocido The Brain: The Story of You; y Brain and Behavior. Además, es autor de Sum: Forty Tales from the Afterlives, un volumen de textos narrativos. En su obra más reciente, la palabra central del título, livewired, es un término que acuñó como alternativa al concepto de plasticidad, originalmente formulado por el psicólogo William James (The Principles of Psychology, 1890) —por cierto, William era hermano mayor del novelista Henry James—. Argumenta Eagleman que el vocablo plasticidad se remite al comportamiento del plástico, el cual efectivamente es moldeable, aunque una vez que toma una forma determinada, endurece. En cambio, las neuronas permanecen transformándose: “… resulta imposible pensar en el cerebro como divisible en capas de hardware y software. En cambio, necesitaremos el concepto de software en vivo para comprender este sistema dinámico y adaptable de búsqueda de información”.


El joven neurocientífico y tecnólogo esclarece: la clave para entender el infatigable jaleo en el que se mantiene nuestro cerebro se halla en el hecho de que los sapiens somos la especie que encarna “la máxima expresión de un truco que descubrió la madre Naturaleza”: en vez de programar completamente por anticipado el cerebro, configurarlo con los componentes básicos y enseguida echarlo al mundo. En efecto, los humanos nacemos con una extraordinaria maquinaria, pero sin que esté del todo programada: nuestro cerebro se configura a sí mismo al interactuar con el entorno. “A medida que crecemos, reescribimos constantemente los circuitos de nuestro cerebro para encarar desafíos, aprovechar oportunidades y comprender las estructuras sociales que nos rodean”. Y el acomodo neuronal jamás es el definitivo. Somos provisionales, transitorios e inacabados.

En una entrevista para Nautilus, Eagleman responde a Steve Paulson: “Cuando supiste que mi nombre es David, hubo un cambio físico en la estructura de tu cerebro. Eso es lo que significa recordar algo.” Tú mismo, al terminar de leer esto, eres ya una persona ligeramente diferente. Ya no eres el mismo que eras hace un rato.

 

@gcastroibarra


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